Jarros de agua fría para despertar de la anestesia.

En los últimos días del año he visto dos de esas películas que te dejan con la mirada perdida por distintas razones. Me refiero a Beginning, la película georgiana dirigida por Dea Kulumbegashvili que arrasó en el festival de San Sebastián, y a Corpus Christi, la película polaca de Jan Komasa de 2019 que ha llegado a nuestras salas a finales de 2020. Me han resultado retadoras, diferentes y profundas. Me han recordado que la historia no es una, que hay muchos caminos, destinos y lecturas del mundo que coexisten en esta realidad aparentemente homogénea.

Son dos historias en las que la religión tiene un papel protagonista porque significa algo profundo en la vida de personas. No siempre en un sentido constructivo e integrador. Las dos buscan ir al tuétano, rasgar la piel de las buenas costumbres y la corrección para ver lo que queda de los discursos que repetimos de memoria cuando se abren las heridas. Ponen claramente sobre la mesa que está en nuestra mano decidir qué hacemos con eso que sabemos y cómo nos compromete aquello en lo que creemos. Son dos oportunidades para, como profesores de religión, dejarse enseñar por sociedades que viven otros miedos y otras heridas. Dejarse despertar de nuevo por alguien que nos lance de nuevo el jarro de agua fría de las viejas preguntas. Como siempre, las historias, cuanto más locales, más universales.

El profesor de religión de guardia que me habita se siente interpelado por esos niños que repiten mensajes religiosos incomprensibles y desconectados de su dura vida que aparecen en Beginning. Está claro, los mensajes que no se encarnan en personas que les den vida se transforman en losas pesadas a disposición de quien quiera atarlos a los pies de aquellos a quien quiere controlar. Sin embargo, cuando se hacen verdad y carne, aunque sea en una vida llena de contradicciones como ocurre con Daniel, ese joven falso sacerdote de la película polaca, pueden llegar a ser semilla de salvación, perdón y transformación. Este personaje, que se une a esa larga estela cinematográfica de curas que no lo son, nos trae de nuevo una de esas presencias que llevan a Dios a los lugares inhóspitos donde les llevan sus vidas.

Al escuchar las voces de este cine del otro lado del, aparentemente caído, telón de acero, vuelvo a tomar conciencia de que su historia política, social y religiosa les lleva a afrontar preguntas y cuestiones que nosotros quizá hemos cerrado en falso, anestesiados por el deslizamiento del arte hacia el puro entretenimiento. Nos viene bien que nos recuerden que el arte es un lujo imprescindible. Algo que necesitamos para poner el dedo en la llaga. Sus personajes se salen del cine con nosotros y nos acompañan como una presencia incómoda cuando vuelves a pasear por tu ciudad. Llevan a cuestas vidas de esas que caminan callejones sin salida y gritan la necesidad de la verdad que tenemos cada persona. Y no una verdad sencilla sino compleja y dura.

Así, tras el jarro de agua fría, quedan las preguntas. ¿Cómo enseño religión? Los chicos y chicas con los que convivo, ¿guardan en la papelera de reciclaje de su cabeza mensajes inconexos y sin sentido para ellos o llevan en su corazón experiencias que les den claves para no perderse en las curvas duras del camino que les toca vivir?

Está claro que es necesaria la clase de religión y el profesor de religión, pero no cualquier clase ni cualquier profesor. Seguiremos caminando y buscando para estar a la altura y no ser ciegos que guían a otros ciegos.

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