Gredos

“El silencio sazona la esperanza. Callaba en su espera, con la ilusión de que su venida a estas cumbres sería para ambos una ascensión espiritual”, recordaba Alfonso Querejazu a propósito de Gredos.

En 1951, comenzaron en Gredos, en el parador que allí se había construido en tiempos de Alfonso XIII, las conocidas como conversaciones católicas de Gredos. Su alma fue un profesor boliviano que, siendo mayor, había recibido la vocación al sacerdocio. Tenía cuarenta y dos años cuando decidió dejar su plaza como profesor de Derecho Penal en el viejo caserón de la calle san Bernardo de Madrid, la entonces llamada Universidad Central, y entró en el seminario de Ávila. Alfonso Querejazu Urriolagoitia (1900-1973) había nacido en Sucre, la antigua capital constitucional de Bolivia donde su padre ejercía como cónsul de España. Pertenecía a una de esas viejas familias coloniales, en su caso de origen vasco, de cuando la palabra tan solo pretendía describir. Entre 1917 y 1921, estudió en Deusto y solicitó ser admitido en la Compañía de Jesús, pero su salud no le permitió seguir en el empeño. Después, amplió estudios en Oxford, Hamburgo, Bonn y Berlín, fue académico de jurisprudencia y legislación.

Siguiendo la estela abierta por las conversaciones católicas internacionales de San Sebastián que habían comenzado en 1947, cuya alma fue el matemático Carlos Santamaría, las conversaciones de intelectuales católicos, junto al pueblecito abulense de Navarredonda de la Sierra, acompañaron una germinación de diálogos que algunos llamaron el “espíritu de Gredos”. Eran los tiempos de revistas como Escorial en Madrid (1940-1950), Laye en Barcelona (1950-1954), el periódico sacerdotal Incunable en Salamanca (1948-1973) y, poco más tarde, el mensual católico que aún aparece, El Ciervo en Barcelona (desde 1951). Cuando con tanta facilidad se usa la palabra fascista, quizá cueste entender que las dos primeras fueron promovidas desde el “falangismo de izquierdas” y que, en la segunda de ellas, comenzó su andadura intelectual Manuel Sacristán Luzón, el más destacado filósofo marxista que haya habido en España. A muchos les costará entenderlo, pero la sociedad española entre 1940 y 1960 también fue así. Un joven historiador de la literatura, Jordi Gracia, ha llamado a ese período: “La resistencia silenciosa”.

Alfonso cuidaba todos los detalles en las conversaciones y, de modo especial, la calidad litúrgica que acompañaba los tiempos de diálogo sereno con la contemplación lejana de la sierra de Gredos. Conocida es la frase de Miguel de Unamuno cuando en su exilio en París le preguntaron qué deseaba hacer cuando pensaba en España: “Ver Gredos”. Un libro ya antiguo, editado en 1978 por Antonio Garrigues Walker, y otro más reciente, editado en 2000 por el teólogo Olegario González de Cardedal, “un hombre de Gredos”, con una amplia correspondencia entre Querejazu y Joaquín Garrigues Díaz-Cañabate (1899-1983), nos permiten acercarnos a Gredos. Miguel Delibes, que fuera profesor de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid, decía que había descubierto la fascinación por la escritura leyendo el Manual de derecho mercantil de Garrigues.

El “espíritu de Gredos”

En una de las cartas de Alfonso Querejazu a Joaquín Garrigues de julio de 1960, leemos: “El silencio sazona la esperanza. Callaba en su espera, con la ilusión de que su venida a estas cumbres sería para ambos una ascensión espiritual. […] El cristiano vive con un cantar siempre nuevo en el alma, envuelto en alegría y en amor, […] el amor no nos arrastra solos hacia Dios, va todo lo demás con nosotros” y, al final, “amemos al mundo, amemos nuestro tiempo, y santificándolo podremos salvarlo”. En 1968, las conversaciones fueron acabándose. Hacía cuatro años que Alfonso vivía en la abulense ciudad ducal de Las Navas del Marqués, muy cercana a la provincia de Madrid. Cinco años después murió en Ávila. El “espíritu de Gredos” de silencio contemplativo y diálogo con los diferentes siguió vivo durante unos años, quizá más de los que pensamos y aún se puedan reavivar sus rescoldos.

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