La sombra y la noche transparentes

“La noche es nuestra iluminación. Nos hace ver otras luces y otros mundos, siempre viejos y siempre nuevos, que hablan en el gran silencio sideral desde el misterio de la más remota lejanía”.

Gracias a dos psicólogos, uno de la escuela junguiana, Erich Neumann, en su libro Psicología profunda y nueva ética, donde trata del problema del mal, y otro que escribía sobre los Ejercicios espirituales ignacianos, Jaume Filella, descubrí este texto de Carl G. Jung: “Tuve un sueño, […] tuve la impresión de que algo avanzaba detrás de mí. […] Al despertarme, me di cuenta de que la forma monstruosa era mi sombra, formada por la pequeña llama que tenía encendida en medio de la tormenta”. Jung explica que en el sueño lo rodeaba la bruma y que solo una pequeña luz que portaban sus manos temblorosas le hacía compañía, aunque a cada momento amenazase con apagarse. En el camino, percibió una sombra que avanzaba detrás, percibió “la forma gigantesca de un ser que me seguía” y protegió aún más su pequeña luz vacilante. Al despertar, identificó la luz con la conciencia, “la única luz que poseía”. La sombra relaciona la monstruosidad del gigante y la fragilidad de la luz, la conciencia. El día en el que escribo estas líneas, el presidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden, habla de la fragilidad de la democracia en su país: en el atardecer y la noche del día de la Epifanía, apareció la sombra monstruosa a la que nadie había convocado, y solo la sombra mostró la luz, la resiliencia de la democracia nordamericana. La tradición judeocristiana ha hablado de la “nox tenebrans”. En Éxodo, se dice que la nube protegía al pueblo liberado e iluminaba la oscuridad, aunque era de noche, la noche oscura de la que habla Juan de la Cruz.
De otra forma lo escribió el canónigo barcelonés Carles Cardó en el prólogo a su libro La nit transparent, que recogía artículos publicados en la Paraula cristiana antes de la guerra incivil y que pudo ver publicados de nuevo en 1957 tras regresar del exilio. He aquí un extracto: “Al retirarse la cortina de la luz solar, se produce en nosotros una gran liberación: los colores de la tierra se desvanecen, toda la gama cromática se apaga, incluso los susurros de los vivientes se extinguen en el silencio: la realidad recula hasta medio desvanecerse y provoca en la persona de vida interior la gran presencia a sí misma que solo la soledad hace posible. La tierra pierde toda su seductora pujanza y la persona, si en esos momentos no se aferra a otras luminosas seducciones de lámparas fugaces, puede recibir la alta revelación de la tiniebla trasparente. Por una divina paradoja, la tiniebla es trasparente y la luz opaca. De día, el manto de luz con el que el sol envuelve el hemisferio es un muro impenetrable para las finas punzadas de las estrellas; el manto ha de replegarse remolcado por el sol en su caída, para que la transparencia de la tiniebla deje pasar los rayos delicados de las estrellas. La noche es nuestra iluminación. Nos hace ver otras luces y otros mundos, siempre viejos y siempre nuevos, que hablan en el gran silencio sideral desde el misterio de la más remota lejanía, reservándonos más maravillas, más honduras y más mundos entrevistos. Sin la gran revelación de la noche, creeríamos que la tierra es todo el mundo, que no hay más universo que este terroso, que en definitiva es el sepulcro de todos los vivientes”.

El potencial salvífico germina en la fragilidad.
Cuando eres débil, entonces eres fuerte

Fusión de horizontes

Martin Buber narraba una historia hasídica. Pidieron a uno que contase la historia de su abuelo y aquel explicó cómo este saltaba y bailaba mientras rezaba. “Mi abuelo se levantó y siguió contando la historia y el relato lo entusiasmó tanto que tuvo necesidad de contar saltando y bailando” la historia de su maestro. De esta forma, se curó de su cojera. Así “hay que contar las historias”, añade Buber. Hans G. Gadamer ha hablado de “fusión de horizontes” (horitzonsverschmelzung), de aquel punto secante en que “mi/nuestra” historia se interpreta y se comprende desde la intelección de la historia primordial narrada y, a su vez, esta se entiende desde la propia historia personal o comunitaria. El potencial salvífico germina en la fragilidad. Cuando eres débil, entonces eres fuerte.

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