¿Dónde están?

Algunas reflexiones a propósito del informe Jóvenes españoles 2021. Ser joven en tiempos de pandemia, publicado recientemente por la Fundación SM

En general, todas las instituciones educativas han llevado a cabo loables esfuerzos para definir cuáles son sus intenciones educativas y cuáles son los ideales que les gustaría alcanzar con su actividad. En algunos casos se habla incluso de “perfil de salida”, expresión que me parece cuando menos un poco equívoca. Aspirar a conseguir que nuestros alumnos hayan asimilado en el momento de abandonar la escuela todo aquello que está en nuestra intención educativa significa ignorar que la educación es una inversión a larguísimo plazo. En cualquier caso, bienvenidas sean estas descripciones de nuestras pretensiones educativas.

La reflexión que me suscita el último informe de la Fundación SM no se refiere al objetivo que contemplamos sino al camino para llegar a él. Si ya sabemos a dónde queremos llevar a nuestros alumnos, la segunda pregunta que se impone es saber dónde están. No se trata solo de tener claro hacia dónde queremos llevarlos, sino de conocer desde dónde. Hay una constatación que no debemos olvidar: todos los educadores poseemos una idea de dónde creemos que están, y de esa imagen proceden nuestras orientaciones para el acto educativo. La imaginación es libre y corremos el peligro de ocultar individualidades dentro de un genérico: “Es que los jóvenes de hoy”. Creo sinceramente que no “perdemos” el suficiente tiempo en escuchar los latidos de su vida. Seguimos demasiado aferrados a una visión vertical de la educación: yo tengo algo que ellos no tienen y, por tanto, es mi responsabilidad hacer el esfuerzo de entregárselo. Para eso necesito ir al grano; si no, no llego. Cuando oigo esta expresión a algunos profesores, me brota una pregunta: ¿qué pasa? ¿Qué no llegas a tus alumnos? En general se refieren al temario: llegar a dar todo lo que tengo que dar.

Si este escenario lo aplicamos a la acción pastoral en la que no hay temario “al que llegar”, esperemos, las consecuencias son más graves. Cuando nos afanamos en la preparación de nuestras propuestas pastorales, mejor que ofertas, lo hacemos teniendo en la cabeza una serie de características que suponemos en nuestros destinatarios. Mi pregunta es: ¿de verdad sabemos fehacientemente dónde están? Me ha surgido esta inquietud al leer el sumario del artículo de Juan María González Anleo del número anterior de esta revista: “El proceso de absorción de nuevas espiritualidades, su hibridación y su personalización es ya una realidad en ellos”. Me alegra que este estudio haya ampliado por fin su perspectiva a la hora de analizar la religiosidad de los jóvenes. Creo que hace mucho tiempo que el modelo heredero de una situación de cristiandad, católico, católico practicante, etc., ya no sirve. De ahí el enorme valor del cuadro 3, en el que se muestra la evolución histórica de las creencias de los jóvenes. Nótese cómo la primera creencia que se señala (Dios es Padre todopoderoso que nos cuida y nos ama) cae y es sustituida por ascenso de otras creencias, como son karma, predicción del futuro o reencarnación.

Este cuadro viene a corroborar algo que venimos señalando desde hace muchos años: la caída de los referentes espirituales y religiosos ligados a la tradición cristiana y su sustitución por creencias de otros orígenes. La ausencia de creencias típicamente cristianas no se ha convertido en la ausencia de creencias. Me atrevería a afirmar lo contrario. La desaparición de las creencias cristianas del horizonte de nuestros jóvenes ha supuesto un aumento de creencias. Como decía Chesterton, “cuando se deja de creer en Dios, se empieza a creer en cualquier cosa”. Creo sinceramente que nuestros alumnos están ahí y lo corrobora mi tarea diaria como profesor de Religión. Si esto es cierto, creo que urge revisar nuestras programaciones pastorales porque no están cayendo sobre una tabula rasa, sino sobre un universo vital plagado de creencias. Será imprescindible escucharlas y darles instrumentos para que las verbalicen y más tarde las analicen para poder acompañarlos en el descubrimiento de la fuerza de las creencias cristianas. Si esto no se hace, nuestra pastoral será epidérmica.

Será imprescindible escucharlas y darles instrumentos para que las verbalicen

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