El profesor iniciador

Como un modelo de relación educador-alumno que supera el intercambio académico y que se sumerge en la auténtica relación maestro-discípulo

Mucho se escribe y se habla sobre el necesario cambio de la figura del profesor. Adjetivos como facilitador o mediador para describir este nuevo perfil se han introducido en la jerga innovadora. Resulta un tópico constatar que la figura del profesor como trasmisor de información resulta inadecuada en la actual sociedad de la información. No puedo estar más de acuerdo. Creo, y lo experimento día a día con mis alumnos, que la enorme accesibilidad a la información nos ha liberado de tareas que llevábamos a cabo antes y que nos impedían quizá profundizar en aquellas aportaciones que resultan de mucho más valor añadido.

En este tema, lejos de pensar que la evolución del mundo digital va a producir una merma considerable de la importancia de la escuela y del profesor, mi visión es completamente contraria. Creo que este aumento del acceso a la información nos libera. En efecto, nuestro rol ha cambiado. La pregunta que resuena insistentemente es: ¿Qué le queda al profesor en esta nueva era? Muy sencillo, que no simple. Al profesor y a la escuela del siglo XXI les quedan los elementos nucleares en torno a los cuales ha girado la buena educación desde siempre: la relación y el sentido. Es más, un buen uso del mundo digital nos abre la posibilidad de que nos dediquemos con mayor ímpetu e ilusión a las tareas que van asociadas a estos ejes vertebradores de la misión educativa.

Ahora que la pandemia nos ha obligado a echarnos en brazos de las diversas plataformas digitales, creo que estamos experimentando las grandes posibilidades que estos modelos nos abren para una mayor y mejor relación con nuestros alumnos. Mayor, mejor y, sobre todo, más personalizada. Un buen modelo digital nos permite trascender el espacio/tiempo de la clase. Las diferentes plataformas nos permiten, además, un mejor seguimiento de nuestros alumnos. Así pues, esta tecnología que nos rodea no supone ningún impedimento para que escuela y profesor sigan desarrollando este primer pilar básico de la misión educativa.

En el caso del segundo eje vertebrador, el sentido, no parece que el aumento exponencial de la accesibilidad a los datos suponga, per se, ningún impedimento especial que nos impida llevarlo a cabo. Siempre he pensado que la gran aportación del profesor está en su capacidad de seducir a sus alumnos para conseguir que se abran al inmenso mar de sabiduría que se esconde en el área de conocimiento que le corresponde. Estoy seguro de que los buenos profesores de Ética no buscan solo que sus alumnos conozcan el vocabulario propio de este saber o sus distintas corrientes, sino que intentan iniciarlos en el mundo de la reflexión sobre el bien y el mal. Del mismo modo, el buen profesor de Lengua no pondrá su foco en que sus alumnos sepan las diferentes escuelas de la poesía española, sino que intentará por todos los medios iniciarlos en el mundo de la poesía. Podríamos seguir con ejemplos relativos a cualquiera de los saberes con los que trabajamos los profesores. Siempre he creído que el modo en el que nos auto comprendemos (qué nos decimos a nosotros mismos sobre lo que somos) determina radicalmente nuestro modo de hacer. El profesor que va cada día a clase soñando que su objetivo consiste en iniciar a sus alumnos en la música, el arte, la literatura, la ciencia o cualquier otra disciplina actuará de una manera radicalmente distinta. Pero para eso es necesario que ese profesor viva con pasión gozosa el área en la que se mueve, una pasión que se puede convertir en llamada seductora para atraer a los alumnos. Y, junto con la pasión, mucha sabiduría. Pasión, saber y capacidad de establecer relaciones poderosas con los alumnos, constituyen los ejes de los procesos de iniciación.

Reivindico la iniciación como el modo de expresar la relación maestro-discípulo y como instrumento privilegiado para aportar el sentido a todo eso que enseñamos. En este maravilloso objetivo de la educación, ni internet ni la sociedad del conocimiento nos arrebatarán nunca nuestro lugar. Es más, lo hacen todavía más urgente.

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