Necesidad de un currículo digital

Donde se aborda el enorme reto que está suponiendo el mundo digital en toda su extensión y profundidad al sistema educativo.

La escuela del siglo XXI no puede eludir su responsabilidad de educar a sus alumnos en el mundo digital. No es posible que una realidad tan absolutamente determinante y configuradora de nuestra vida en el presente y, sobre todo, en el futuro se quede fuera de nuestras intenciones educativas.

No tengo la menor duda de que el mundo digital trae buenas noticias para la escuela gracias a sus cuatro grandes aportaciones. El mundo digital aumenta las posibilidades de interacción y de comunicación. Esta ya no queda limitada al encuentro en el aula, sino que se abren otros muchos canales que permiten romper la rigidez y la limitación del encuentro en la hora/clase. En segundo lugar, se aumenta el nivel de protagonismo y autonomía de los mismos alumnos. Ya no están todos obligados a seguir un mismo itinerario a partir de, tercera aportación, una mayor diversidad de información, toda ella más accesible. Y, por último, y esta sí que es una aportación bien significativa: el seguimiento del alumno se libera de la servidumbre de la recogida de cuadernos. El profesor puede permanecer mucho más al tanto del trabajo de sus alumnos.

Esta visión de la aportación del mundo digital a la educación debe articularse siempre desde la perspectiva de su radical ambivalencia. Esto significa que necesitamos de un “marco humanizador” que le dé el auténtico sentido para nuestros alumnos y para todo el entorno de la escuela. Algunos ya están señalando desde hace algunos años cuáles son las posibles consecuencias negativas de esta invasión (véase, por ejemplo, la interesante aportación de Sousa en su libro Implicar al cerebro reconectado o el ya casi clásico de Carr: Atrapados).

Educación cristiana y digital

¿Cuál es el sentido que nosotros, como educadores cristianos, creemos que tiene el mundo digital? El problema, me temo, reside en que no disponemos de demasiadas propuestas al respecto, porque, a menudo, los diálogos sobre este tema en el ámbito educativo se reducen a discutir intensa y acaloradamente cuál es la mejor opción tecnológica: si Windows, Apple o Google, cada uno de los cuales tiene fervientes seguidores.

¿Cuál es el sentido que nosotros, como educadores,
creemos que tiene el mundo digital?

La construcción de ese sentido deberá comenzar por el principio y fundamento de la antropología cristiana: la dignidad, centralidad y superioridad de la persona, en este caso, sobre la tecnología. Una persona que se construye y se constituye por medio de la relación y que debe en todo momento ser capaz de definir su verdad, su proyecto de vida y comprometerse con él. Así pues, verdad y relación serían los dos valores positivos eje sobre los que elaborar el sentido del mundo digital. La búsqueda de la verdad nunca ha sido una tarea fácil, pero, en el mundo de la tecnología y de las redes, se nos antoja todavía más arduo. La pretendida democratización que puede suponer internet se está manifestando también como el lugar de la impunidad. Quizá, no se mienta más que antes, pero sí con mayores posibilidades de que la mentira llegue a más personas y sea más difícil contrarestarla con la verdad. La escuela del siglo XXI deberá renovar su compromiso de orientar en la búsqueda de la verdad entre tanta información disponible.

El segundo valor eje no es menos importante. Sabemos que la educación es básicamente relación, encuentro personal, rostro que se mira en otro rostro. Es el momento no solo de mantenerlo, sino, quizá, de potenciarlo todavía más. De ahí la sana decisión de reducir en el interior de la vida de la escuela la utilización de la tecnología a aquellos momentos en los que su aportación es realmente relevante y significativa, al tiempo que se apuesta por los foros, las ágoras, la comunicación y el debate directo. La escuela no debe nunca convertirse en una realidad virtual, más bien articularse sobre encuentros reales que despierten lo mejor de cada uno de nuestros alumnos.

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