Nostalgia de antropología

De cómo la ausencia de una antropología asumida y compartida nos está impidiendo ser verdaderamente educadores del desarrollo personal de nuestros alumnos

Afirma José Antonio Marina en su libro El bosque pedagógico que “una de las razones de la perplejidad pedagógica es que la filosofía, la psicología y la misma pedagogía nos ofrecen visiones fragmentadas del sujeto humano. El pensamiento del siglo xx ha dejado a la educación con un déficit de herramientas conceptuales”. Otra autora del momento, Marina Garcés, se lamenta en su libro Escuela de aprendices de que la pedagogía ha desaparecido en aras de unas pretendidas “ciencias de la educación”, parcelando así el acercamiento al acto educativo y descomponiéndolo en sucesivos ámbitos, cada uno de ellos con pretensiones de decir la última palabra sobre qué sea la educación.

Asistimos desde hace décadas a una profunda crisis de cualquier narración sobre la experiencia humana que tenga pretensiones de verdad global sobre la misma y que, por tanto, incluya en su discurso los diferentes elementos parciales que la componen. Todo es tentativo y parcial. Pareciera que cualquier intento de visión más global no fuera más que una pretensión casi casi de prepotencia injustificada. Esta tendencia claramente posmoderna tiene sin ninguna duda su correlato en el mundo educativo. Constantemente llegan propuestas de intervención en determinados ámbitos de la actividad educativa: la inteligencia emocional, la interioridad, la educación en valores, las competencias, la educación medioambiental, la educación sexual, la educación para una ciudadanía global, el voluntariado, etc. Todas estas iniciativas hay que amalgamarlas con la propia dinámica del currículo y, en el caso de la escuela católica, además, con los planes de pastoral. Creo que todos los que vivimos en el mundo educativo constatamos con inquietud una sensación de generalizada de agobio por tantas solicitaciones. El resultado suele ser la resignación escéptica. Desgraciadamente, no pocos educadores llevan instalados en esta creencia muchos años y así van engullendo una a una las sucesivas oleadas de pretendida innovación que van llegando.

Siempre he defendido que “de los laberintos se sale por arriba”. Este movimiento hacia arriba significa mirar el conjunto en busca de un mapa que permita el viaje desde donde estamos a un lugar mejor. No me cabe la menor duda de que la única fuente posible es una buena antropología o, si se quiere minimizar el impacto de semejante palabra, una visión integrada de la persona. Si este análisis responde a la realidad, lo que tenemos delante es una grandísima oportunidad para las tradiciones educativas de inspiración cristiana. Muy probablemente, no haya muchos más agentes educativos en la actualidad que tengan la capacidad de responder a este enorme reto. El problema es que las inquietudes de la escuela de inspiración cristiana van por otros lados. Mi experiencia en este sentido no es alentadora. Los intentos de llevar a estos niveles de reflexión a directivos de las diferentes tradiciones educativas cristianas tienen poco recorrido. Hay otras urgencias, cuando no se da, y esto es todavía más preocupante, una cierta incapacidad para situarse en estos ámbitos de reflexión más profunda y radical. En esos ya famosos “dafos” que elaboramos una y otra vez raramente aparece nuestra antropología como una fortaleza estratégica, quizá porque en algunos casos no somos capaces ni siquiera de formularla.

Esta situación contrasta claramente con el pasado de las diferentes tradiciones educativas cristianas. En todas ellas encontramos una visión de la persona, inspirada en la tradición aristotélico-tomista, que les permitía orientar los procesos educativos encaminados al crecimiento personal. Simplificando mucho: la verdad descubierta por la razón orientaba a la voluntad y a ella sometía el dominio de las pasiones. Había un guion. La fragmentación de la realidad personal en la que estamos instalados no nos permite hoy educar en una comprensión global, armónica y, por tanto, jerarquizada de la experiencia personal de nuestros alumnos. Y así difícilmente los podremos acompañar en la construcción de su proyecto personal de vida.

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