Cosechar

Sería interesante hacer un estudio de cómo está diseñada la publicadad de los colegios católicos destinada a captar nuevos alumnos. Los expertos en márquetin se preguntan qué buscan las familias para elegir un colegio.

En general, las familias consideran que un buen colegio es el que consigue de sus alumnos un excelente rendimiento académico que le favorezcan el acceso fácil a la universidad. Existe la convicción de que cuanto más preparados estén los jóvenes, tendrán mejores condiciones de acceder al sistema productivo. Hay que felicitar a los colegios que consiguen buenos rendimientos académicos en sus alumnos, pero también deberían plantearse con la misma seriedad otras competencias necesarias para su crecimiento integral: trabajo en equipo, diálogo, empatía y solidaridad, sentido crítico, participación social, compromiso con los demás y con la naturaleza, interioridad, mirada de fe, etc. Al final del proceso escolar obligatorio, debería recogerse todo lo que en diez años muchos educadores han sembrado y cultivado con esfuerzo. Si los alumnos han adquirido el hábito y gusto por la lectura, son capaces de aplicar el método científico y pueden comunicarse en otro idioma, es porque el colegio ha empleado sus mejores recursos materiales y humanos en hacerlo posible.

El éxito de la cosecha depende de la estrategia, esfuerzo y tiempo que se pone en la siembra y en el período de cultivo. Cualquier proceso educativo busca dar frutos visibles. De lo contrario, sería un fracaso. Hablando de la pastoral, un compañero me decía que, si desde muy pequeños, se siembra la fe en los niños y se cuida durante todo su proceso escolar, seguramente tendremos jóvenes dispuestos a vivirla con responsabilidad. Este principio sería aplicable a otros ámbitos como la integridad moral, el compromiso con los demás, la conciencia ecológica, el trabajo por la paz, la lucha por la justicia, la sensibilidad artística, el amor por la propia cultura, entre otros. Así pues, el éxito de la cosecha depende de la buena siembra y de la calidad de la tierra donde cae la semilla, tal como Jesús lo cuenta en la parábola del sembrador: “El que fue sembrado en buena tierra, este es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno” (Mt 13,23). Pero no solo basta plantar la semilla, hay que cultivarla con paciencia sabiendo que los frutos tienen su momento, pues la cosecha llega en el momento oportuno: “Piensen en los agricultores que con paciencia esperan la lluvia en el otoño y la primavera. Con ansias esperan a que maduren los preciosos cultivos” (Sant 5,7).

¿Qué frutos recogemos?

Como gran educador que era, san Pablo es consciente de cómo funciona el proceso de formación de un cristiano y la importancia que tiene el trabajo educativo de sembrar: “El que siembra escasamente, también cosechará escasamente, y el que siembra generosamente, generosamente cosechará” (2 Cor 9,6). Una de las mayores alegrías que puede tener un educador es recoger frutos después de años de trabajo, pero no siempre es así, porque los frutos llegan mucho tiempo después. El educador ha de ser consciente que solo es un instrumento de Dios: “Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” (1 Cor, 3-7-9). En el momento que los alumnos se gradúan de bachiller, nos da la impresión de que aún les falta mucho camino por recorrer, de que hay competencias que no han adquirido todavía, etc. En el ámbito de la pastoral es decepcionante comprobar los escasos frutos cosechados y que se perderán con el paso a la universidad.

La escuela debe plantearse qué frutos da al final de todo el ciclo obligatorio, y no solo si los alumnos tienen buen rendimiento académico. Hay otras dimensiones que se deben desarrollar: la integridad moral, la conciencia social, el compromiso comunitario y, por supuesto, el sentido religioso. De la buena siembra depende una gran y fructífera cosecha; así que pensemos qué enseñamos en nuestras aulas y si los frutos conseguidos son los que proponemos en nuestro ideario católico.

El éxito de la cosecha depende de la estrategia,
esfuerzo y tiempo que se pone en la siembra

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