Currículo prioritario en ERE

La suspensión de clases presenciales en 2020 y la continuidad de la situación este año han llevado a los Estados a tener que tomar diferentes decisiones de índole organizativas, y también pedagógicas.

En mi país, desde los distintos estamentos públicos de gestión de la educación, se comenzó a hablar de la necesidad de llevar adelante en este contexto un “currículo prioritario”. En la provincia de Buenos Aires, la Dirección General de Cultura y Educación definió a este currículo como “los propósitos, los saberes y las acciones que no deberían faltar en la escolaridad de los estudiantes. Esto incluye saberes disciplinares y sociales, especialmente aquellos que se consideran significativos y que quizá no se incluyen en áreas de conocimiento, pero sí en rutinas y rituales. Implica diseñar, proponer y sostener una arquitectura que permita ver cómo se piensa aquello que no puede faltar en la enseñanza, en las clases; lo recomendable para la presencialidad y lo que se puede pensar en la no presencialidad”. Este concepto está pensado para todas las áreas del conocimiento, por lo que tendría que ser aplicado también a la ERE, aunque, en el caso del distrito que emanó esta disposición, no forme parte del plan de estudios oficial. Por eso considero que esta situación forzada se puede convertir en una oportunidad para revisar la propuesta curricular de religión, tanto desde sus contenidos como desde su enfoque.

La definición presentada de “currículo prioritario” no hace otra cosa que adaptar a la situación de emergencia educativa las preguntas clásicas que se formulan para pensar la organización de los aprendizajes: ¿qué, a quién, cuándo, cómo y para qué enseñar? De estas me quiero detener en la referida al “qué”. Cuando se realiza esta pregunta, se piensa por un lado en la necesaria priorización de los contenidos a transmitir debido a que la menor cantidad de tiempo que los alumnos están en las escuelas hace necesario enfocar en aquellas cuestiones que se consideran fundamentales. Pero también hace referencia a la necesaria reflexión que se tiene que hacer del contexto que viven tanto los docentes como los alumnos y sus familias, y cómo esta realidad no puede estar ausente de las clases como si no sucediera nada.

¿Qué asignatura de Religión queremos?

Pensando en la enseñanza religiosa, como nos decía Antonio Roura en su ponencia marco de los foros que organizó la Conferencia Episcopal Española para dialogar sobre el camino hacia un nuevo currículo de ERE, esta es una ocasión extraordinaria para hacer resonar la pregunta: “Qué asignatura de Religión queremos, no solo para nosotros, sino para construir una sociedad en la que, desde el reconocimiento de la pluralidad de cosmovisiones (religiosas y no religiosas) seamos capaces, como se nos urge en el pacto educativo global, de reconstruir los vínculos del ser humano con la trascendencia, con la naturaleza, con los demás y consigo mismo”. En ese sentido, Antonio nos invitaba a reflexionar sobre “qué núcleos teológicos fundamentales del cristianismo (escritura, tradición eclesial, magisterio, signos de los tiempos) es imprescindible seleccionar para ponerlos en diálogo cultural, en el marco escolar, con las demás disciplinas y contribuir juntos a la construcción de un mundo mejor”. Si bien esta invitación sería deseable que pudiera ser asumida a nivel de las conferencias episcopales, como lo hace España, o desde las diócesis o familias religiosas, cada centro educativo tiene la posibilidad con sus equipos docentes de asumir el reto.

El segundo sentido del “qué enseñar” de este momento, concerniente a hacer presente la situación que vivimos, no puede encontrar un mejor lugar para la reflexión que las clases de Religión. Se hace necesario poder hallar los modos para hacer una lectura creyente de la realidad, para poder leer los signos de los tiempos y favorecer el compromiso para la construcción de la nueva sociedad que debe surgir después de la pandemia. La invitación que nos hizo desde el principio de su pontificado el papa Francisco de ir a las periferias, y que en este tiempo vuelve hacernos con más fuerza, debería motivarnos a traer a nuestras clases la dura realidad que atraviesan los excluidos de hoy y los de siempre. Sin duda que es prioritario un currículo de ERE de este tipo.

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