Educar al diálogo intercultural

La educación se encuentra hoy ante un desafío central: hacer posible la convivencia pacífica entre distintas expresiones culturales. En este sentido, ¿cuál es el aporte que puede hacer la educación católica y, en particular, la ERE?

En estos últimos meses, hemos asistido en América Latina a una serie de conflictos sociales que, con diverso grado de intensidad, han generado un clima de enfrentamiento entre los ciudadanos. Estas crisis políticas que se presentaron en Perú, Ecuador, Chile y, recientemente, Bolivia generaron un ambiente de incertidumbre y, en muchos casos, de temor frente a la violencia, que trajo, lamentablemente como consecuencia, la muerte de decenas de personas y la destrucción de propiedades privadas y bienes públicos.

No es el sentido de esta columna analizar el origen de estos estallidos, cuestión compleja que nos excede y sobre la que hay infinidad de líneas escritas acentuando distintas causales según desde la óptica que se la mire. Pero sí creo que lo que nos puede mover a la reflexión es pensar cuál es el aporte que puede hacer la educación católica y, especialmente, la ERE para que en las sociedades democráticas de nuestro continente puedan encontrarse otras maneras de resolver los conflictos.

Hay un texto de la Congregación para la Educación Católica del año 2013 que creo no fue debidamente profundizado (por lo menos, lo percibo así en mi país) y aporta una reflexión muy importante para la escuela católica de estos tiempos y puede darnos algunas pistas en este contexto. Es el documento Educar al diálogo intercultural en la escuela católica. Vivir juntos para una civilización del amor, que, en sus primeras líneas, plantea que la educación se encuentra hoy ante un desafío que es central para el futuro: hacer posible la convivencia entre las distintas expresiones culturales y promover un diálogo que favorezca una sociedad pacífica. Mirando estas tensiones sociales mencionadas, pero también las dificultades que se presentan para la construcción de sociedades en las que la diversidad se asuma como un valor y no como fuente de enfrentamientos, este desafío se hace urgente.

¿Cuál es el papel de la ERE?

Es interesante considerar, en este sentido, el rol que juega la ERE para favorecer este diálogo que se hace tan necesario. La apertura a lo diverso desde una perspectiva intercultural debería ser una guía para la enseñanza de la religión en la escuela. El documento citado plantea que, “a través de la religión, pues, puede pasar el testimonio-mensaje de un humanismo integral, alimentado por la propia identidad y por la valorización de sus grandes tradiciones, como la fe, el respeto de la vida humana desde la concepción hasta su fin natural, de la familia, de la comunidad, de la educación y del trabajo: ocasiones e instrumentos que no son de clausura sino de apertura y diálogo con todos y con todo lo que conduce hacia el bien y la verdad. El diálogo sigue siendo la única solución posible, incluso frente a la negación de lo religioso, al ateísmo, al agnosticismo”.

Estos principios son aplicables más allá del modo que sea asumida la ERE, ya sea confesional o no confesional. Se podría pensar que esta perspectiva es propia de las propuestas no confesionales, pero, hoy día, no podemos concebir el modelo de ERE confesional sin este enfoque. Si la ERE como enseñanza escolar no reconoce el contexto de pluralidad religiosa del entorno y favorece el diálogo con lo diverso, no estará cumpliendo su finalidad.

Una enseñanza religiosa que genere una reflexión acerca de la justicia social y económica, sobre el cuidado medioambiente, el fortalecimiento de los derechos humanos y que eduque para un humanismo solidario estará realizando un aporte invalorable para que, en nuestras sociedades latinoamericanas y de todo el mundo, podamos alcanzar acuerdos que fortalezcan nuestras democracias que, frente a estos sucesos, parecen verse vacías de sentido. Como educadores, hombres y mujeres de fe, no podemos dejar pasar esta oportunidad de aportar desde nuestro lugar, para construir la utopía de la civilización del amor, aunque esto nos exija, una vez más, ir hacia las periferias.

La apertura a lo diverso desde una perspectiva intercultural
debería ser una guía para la enseñanza

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