Nuestra manera de celebrar

Entre tantos aspectos que se vieron trastocados por la pandemia, está la limitación para asistir a lugares de culto. A lo largo de 2020, hemos visto proliferar distintas formas para que cada creyente pudiera celebrar la fe en la distancia.

Se ha escrito bastante acerca del carácter insustituible de la participación presencial en la liturgia, como así también sobre cómo han ayudado estos recursos tecnológicos para que pudiéramos acercarnos a la celebración del misterio cristiano compartiendo la palabra de Dios y sintiéndonos parte de la comunidad. Como en tantos otros asuntos, habrá que realizar una evaluación de lo que se ha vivido y rescatar aquellas cuestiones que podrían hacer mejorar nuestras celebraciones. En ese sentido, considero que es importante aprovechar esta situación para revisar el modo en el que celebramos la fe en las comunidades educativas católicas. Seguramente en cada centro se habrán planteado distintas estrategias para celebrar la fe en este contexto de distanciamiento y habrán podido realizar un balance sobre los resultados obtenidos. Si todavía no lo han hecho (o, si lo hicieron, podrán tenerlo en cuenta para otras veces), me animo a sugerir un itinerario que nos permita evaluar nuestras celebraciones.

El Catecismo de la Iglesia católica, en su segunda parte, cuando explica la celebración sacramental del misterio pascual, lo hace buscando responder a las siguientes preguntas: ¿Qué celebramos? ¿Quiénes celebramos? ¿Dónde celebramos? ¿Cuándo celebramos? ¿Cómo celebramos? Estas preguntas nos marcan un camino a seguir a la hora de planificar nuestras celebraciones y también de evaluarlas. Habitualmente, tenemos la tentación de comenzar por el cómo y es lógico que, en este tiempo inédito, tuviéramos que ponernos a pensar en esta pregunta, ya que la manera habitual de celebrar había cambiado. Pero, a pesar de estas nuevas condiciones, si no tenemos en claro qué, quiénes, dónde, y cuándo, no tiene mucho sentido pensar el cómo. En realidad, habiendo respondido a las primeras preguntas, la respuesta a la pregunta del cómo debería salir sola.

Una partitura musical

Cuando hablamos del cómo, no estamos diciendo que en cada celebración haya que inventar un rito nuevo. Está claro que en la liturgia hay un cómo que nos viene dado por la Iglesia que establece los rituales para cada celebración litúrgica. Tomando una analogía con la música que hacía un importante estudioso sobre la liturgia, el rito es como la partitura de una pieza musical. Si queremos tocar esa determinada composición, tenemos que seguir esa partitura, porque, si no, estaríamos tocando otra obra. Pero, aun siguiendo nota por nota esa partitura, no cabe duda de que sonará distinto según quién la ejecute, con qué instrumentos, en qué lugar se lo haga.

Es por eso que el reto sigue siendo cómo hacer sonar esa partitura que nos viene dada en los libros litúrgicos de manera que cada uno de los que celebra pueda sentirse parte de esa experiencia, especialmente si lo hacemos con niños y jóvenes. Hace poco, tuve en la mano una encuesta que se había hecho a alumnos, familias y docentes de unas instituciones educativas de la Iglesia acerca de qué elementos consideraban que definían la identidad católica de su escuela y qué experiencias positivas y negativas habían tenido en relación a estas notas de identidad. Para mi sorpresa, en el caso de los chicos de once años de edad que respondieron, la principal experiencia positiva que habían tenido era su primera comunión, y también una misa en la que habían participado con alrededor de tres mil alumnos de otras escuelas y que había presidido el obispo. Al mismo tiempo, aparecían respuestas en las experiencias negativas acerca de lo “aburridas” o “largas” que eran las misas. Estas respuestas me dejaron pensando que, en las celebraciones que estos niños valoraron positivamente, ellos vivieron realmente una experiencia de fe que estuvo conectada con una experiencia vital. Quizá, en las otras celebraciones no lo pudieron experimentar así.

Es por eso que el llamado del Concilio Vaticano II de procurar una participación en la liturgia “activa, consciente, plena, fructuosa” nos sigue desafiando y, en nuestras comunidades educativas, nos deberá mover a seguir pensando los “cómo” que nos ayuden a lograr este objetivo.

El reto sigue siendo cómo hacer sonar esa partitura
que nos viene dada en los libros litúrgicos

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