Hablaba cantando

La historia, más que la teología, era su vocación, quizá porque los datos son redondos y agotables. Leerle es un placer; su sentido del humor superior: lo más inesperado y grato la forma de su piedad.

Apenas diecinueve citas en Dialnet para un período de casi cuarenta años de búsqueda histórica. Pocas publicaciones, aparentemente desligadas de la oportunidad presentista y de poco relumbrón. Desde su “Utopía y reforma de la Inquisición” en 1980, colaboración en La Inquisición española: Nueva visión, nuevos horizontes, coordinada por Joaquín Pérez Villanueva; hasta la breve reseña bibliográfica de Aportaciones a la cultura asturiana del siglo XVII, de Justo García Sánchez (2016), publicada un año después. Recomendable y accesible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes su Crisis de los predicadores y de los sermones: y otros escritos (1725-29), José Francisco de Isla (1703-1781), publicada en 1994 al filo de su jubilación.
Sin embargo, con noventa y seis años, José Martínez de la Escalera llega a Salamanca donde, hasta unos pocos días antes de su muerte, a primeros de mayo pasado, siguió trabajado en la continuación de la Biblioteca de escritores de la antigua asistencia de España. Una vida dedicada a las aulas, las bibliotecas y la investigación, desde la Universidad Pontificia Comillas entre los años 1969 y 2016. Por supuesto que el común de los mortales no tuvo conocimiento de su muerte ni, en consecuencia, de su vida. Las necrológicas de los medios de comunicación social están en otros caladeros y la memoria pública (publicada) queda privada del elenco de personalidades potentes, profesionales comprometidos y “científicos” silenciosos que nos reconciliarían con nosotros mismos y con los demás.

Su compañero jesuita Antonio Pérez comienza la bella, sentida y profunda necrológica que le dedica a José Martínez de la Escalera, diciendo que la generosidad era un rasgo de su carácter. Añade que, “si llegaba a sus oídos el interés de alguien por cualquier tema, no era raro que, al poco tiempo, este [se] encontrara un macito de papeletas con bibliografía e información pertinente. Recibí muchos. Uno o varios por cada curso que programaba. Cuando se lo agradecía, respondía con un pequeño ruido gutural («¡Hum!») y se marchaba. Era extrañamente silencioso. Quitando las respuestas a los saludos («¡Hum!»), creo que conmigo habló una vez”. Tuve mas suerte; también conté con su opinión e independencia de juicio.

Silencios fructíferos

Puede ignorarse el motivo de aquel silencio, para mí que la generosidad era su elocuencia. Doy fe de que la generosidad era un rasgo de su carácter. Pero muy pocos silencios recuerdo mas fructíferos que el suyo. Cuando tuve el atrevimiento de sucederle, no de sustituirle, en las clases de medieval, la generosidad afloró de nuevo. Sobre su instalación en el silencio, yo también creo adivinar en él “una especie de pereza ante el desagrado de tener que puntualizarle las deficiencias de información al interlocutor. Creo que, por educación, evitaba el peligro de ser el Contreras que dialoga corrigiendo. De información él estaba sobrecargado y no cesaba de buscar más; tenía un aire como de sabueso. Perfeccionismo se llama este dolor”, también pudor.

Timidez no era porque, cuando se presentaba la ocasión, o cuando era necesario hablar, era encantador. He sido testigo guiado por el depósito de la biblioteca de la Universidad Pontificia Comillas, como a visitantes y alumnos; en mí caso, también en la Biblioteca Nacional de España. Sus alumnos de especialidad lo llamábamos “papaíto” entre nosotros. “Era hombre de datos, de la verdad propia de los datos, segura, formulable en su totalidad”, critica. Al igual que a su compañero jesuita, “la imagen que me queda de él es la de un religioso serio, austerísimo, maduro, generoso de su tiempo y de su saber, ya que no de sus palabras, un caballero en la conducta y en el porte, un hombre silencioso que, con el Señor y a la Santísima Virgen, hablaba cantando”.

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