No así vosotros

Mi vida universitaria se ha focalizado en la presencia de Cristo en la comunidad. “El mirador” me ha facilitado situarme en esta historia del cristianismo y reflexionar sobre su desarrollo e impacto religioso cultural.

Para ello, he tenido siempre presente tanto el Concilio Vaticano II, espejo de la situación eclesial contemporánea, como el “signo de los tiempos”, es decir, las preocupaciones de los ciudadanos de toda condición, “sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias”, junto con las inspiraciones y apoyos que utiliza la fe para que seamos testigos concretos y veraces de Cristo. Los que amamos a la Iglesia somos conscientes de sus dificultades y errores, y las señalamos con dolor y para mejorar nuestro compromiso. Un cuerpo compuesto por mil doscientos millones de miembros no puede ser ni santo ni inmaculado, porque acarrea nuestras debilidades, incoherencias y contradicciones; pero tampoco es aceptable el eslogan tan aireado de que la Iglesia es más velo que revelación de Cristo, ya que olvidaríamos el inmenso caudal de amor y fraternidad de centenares de millones de creyentes presentes en nuestras comunidades. Frente a cuanto airean no pocos, no existe un pueblo en el tiempo que haya ofrecido tanta honestidad y generosidad en favor del bien común siglo tras siglo.

En la basílica de Asís, se sitúa el espléndido fresco de Giotto, con la Iglesia descansando en los hombros de Francisco. En realidad, nos resulta imposible distinguir si es Francisco quien sostiene o es la Iglesia quien lo sostiene. Tal vez, Francisco impidió el desmoronamiento de la Iglesia, pero, hoy, nos resulta evidente que, sin la Iglesia, Francisco hubiera quedado en un hombre interesante, pero sin mayor relieve. El sentido comunitario de la fe en Jesús nos lleva a vivirla como fe compartida, apoyo en la debilidad, testimonio de fortaleza.

Sin tantísimos testimonios personales, sin esa experiencia comunitaria siempre enriquecedora, el perfil de la Iglesia podría haberse reducido a una instancia institucional, clerical y burocrática, pero, al mismo tiempo, esos cristianos que han respaldado y respaldan con su vida la parábola de la sal y la luz podrían haber quedado, a su vez, en pura luminaria errante si no se hubieran sentido cobijados en la gran Iglesia.

Hoy, la Iglesia se presenta mucho más frágil, desmadejada, atacada y dividida, y nos toca afinar mucho más el modo de acercarnos a ella y de interpretarla. Para ello, debemos tener muy presente la recomendación de Cristo: “No así vosotros”. Ninguna tentación en la historia ha resultado y resulta más dañina e insidiosa ni más constante y repetida que la de asimilar la Iglesia a las instituciones del mundo, en su vanagloria, en su prepotencia, en su búsqueda de poder, en sus relaciones interesadas, en su aceptación de rangos entre hermanos, en su búsqueda de privilegios, en su ofuscación por el dinero, en su manipulación interesada de la palabra evangélica. El “no así vosotros” tiene una aplicación igualmente valiosa para aquellos enamorados de la modernidad que, probablemente, sin darse cuenta, se mundanizan estrepitosamente aceptando como convenientes para la evangelización modos de interpretar y de actuar que, en realidad, solo sirven para desfigurar el Evangelio.

Urgencia de fraternidad

Frente a tantas desviaciones, la vida y la historia de los cristianos solo puede comprenderse y expresarse si está centrada en su capacidad de amar a Dios, amarse entre sí y amar a los demás seres humanos como a sí mismos. El “mirad cómo se aman” es nuestro caudal y nuestro déficit, porque, probablemente, la única identidad de los cristianos consiste en la caridad. Construir es siempre obra de amor. La Iglesia y, en realidad, toda sociedad humana, se conforma, se extiende y favorece a la humanidad cuando genera y desparrama amor, solidaridad y fraternidad. Por ello, la caridad es el alma de la Iglesia, el termómetro de su coherencia y su salud espiritual. No olvidemos que la comunión entre las personas y entre las Iglesias fue y ha sido su signo distintivo. Esta realidad explica mi preocupación y la de los cristianos conscientes ante una comunidad demasiado dividida en sectas y grupos y poco consciente de la urgencia de fraternidad.

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