Autoridad sin autoritarismo

Se ha escrito mucho sobre la crisis de autoridad que sufren los maestros, aunque la recuperación de la autoridad perdida no debe confundirse con la justificación del autoritarismo y de la violencia en las aulas.

Uno de los dramas más acusados de la educación actual es la crisis de autoridad. En los últimos años, se ha escrito cho sobre la crisis de autoridad que sufren los maestros en las aulas, pero también los padres en casa. Existen distintas hipótesis de trabajo, pero no se acaban de identificar las posibles terapéuticas. Muchos maestros de la antigua usanza viven en sus propias carnes el cambio de situación. Décadas atrás, entraban en el aula, todo el mundo se callaba, los alumnos se ponían de pie y, hasta que el maestro no saludaba, nadie se movía.

Buenos maestros los hubo en el pasado y también los hay en el presente, pero la crisis de autoridad que padece en la época actual el maestro no es fenómeno puntual, ni fruto de la incompetencia de los maestros noveles. Es un hecho que tiene una dimensión global y sus consecuencias son muy graves, no solo para el maestro, sino, especialmente, para el alumno. Más allá de la mirada nostálgica, lo que debemos hacer es reflexionar sobre las razones del fenómeno y tratar de pensar cómo subsanarlo.

La crisis de autoridad es un fenómeno de gran calado que tiene expresiones de distinta intensidad y gravedad según entornos educativos y áreas sociales, pero es un fenómeno común que exige una reflexión a fondo, pues esta crisis hace imposible el acto educativo. Para aportar algo de luz en este debate, resulta fundamental distinguir entre autoridad y autoritarismo. La crisis de autoridad no se puede identificar, sin más, con la crisis de autoritarismo. La recuperación de la autoridad perdida no debe confundirse, tampoco, con la justificación del autoritarismo en las aulas. No defiendo el autoritarismo, pero sí la autoridad; no creo que se deba recuperar la autoridad mediante el uso de la violencia, de la coacción, del chantaje o de la humillación, pues estos medios no justifican el fin.

El autoritarismo es una forma velada de violencia. Es el uso del miedo como estrategia pedagógica. El maestro autoritario da miedo y, por consiguiente, los alumnos se callan, no fluye el diálogo ni la participación. El aula se transforma en una unidad de control, en un sistema de vigilancia. El miedo no es una virtud, ni una emoción adecuada para articular la tarea educativa, pero garantiza el silencio y, en muchos casos, esto es lo que principalmente se busca.

Si existe miedo, no existe confianza; no hay interrogación, tampoco hay ensayo de nuevas propuestas, porque se teme la equivocación. Un maestro debe dar confianza a sus alumnos, ofrecer posibilidades, pues solo así el alumno tendrá valor para empezar. Si el maestro es intolerante con el error, si no acepta el fallo, si no tolera el disenso en el aula, se paraliza por temor, pues, al fin y al cabo, el maestro juzga y evalúa.

Recuperar la autoridad perdida

El autoritarismo no es una virtud; es una debilidad; es ejercicio del poder, de la amenaza y del terror. Muchos que sienten añoranza de los tiempos pretéritos anhelan ese autoritarismo, ese maestro que entraba en el aula y generaba temor y temblor con su sola presencia, pero esto no se debe confundir con la autoridad, pues la autoridad se gana con el ejemplo, la competencia y la entrega.

No existen atajos para merecer tal reconocimiento, para gozar de autoridad moral frente a los alumnos. En la crisis de autoridad del maestro confluyen, cuanto menos, cuatro elementos: el factor tecnológico, el factor familia, el escaso reconocimiento social y económico que merece la figura del maestro y, finalmente, la misma competencia del maestro. Estos cuatro factores convergen en un mismo punto y la consecuencia final es la crisis de autoridad del maestro. No son factores excluyentes. En ocasiones, forman parte de un mismo sumatorio. Recuperar esta autoridad perdida resulta imprescindible para garantizar el orden en el proceso formativo y los vínculos de reconocimiento y confianza que tiene que definir el acto educativo.

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