Globalizar el alma

Vivimos en un mundo interdependiente en el que crece la conciencia global. En este contexto, las religiones pueden tener un papel decisivo en la construcción de un mundo nuevo, de una civilización de amor.

Somos ciudadanos del mundo. Siempre lo hemos sabido, pero, en la actualidad, esta conciencia crece y se desarrolla con profundidad, porque el mundo ha empequeñecido y nos damos cuenta de que todo está interconectado, que todo lo que sucede acaba teniendo efectos planetarios, que, en definitiva, vivimos en un mundo interdependiente. Los cristianos tenemos el deber de pensar qué podemos aportar en el concierto mundial para iluminar las situaciones de presente y de futuro. Tenemos que superar y trascender las batallas tribales, las obsesiones particularistas y singulares y contribuir con los hombres y mujeres de buena voluntad, sea cual sea su tradición, procedencia intelectual y adscripción religiosa, en la construcción de un mundo nuevo, de una civilización del amor.

La religión o, más bien dicho, las religiones aportan el código social a través del cual los grupos humanos, en el contexto global, son capaces de obtener una identidad o de perderla. Lo más relevante que pueden aportar las religiones en esta conciencia global es la claridad en la distinción entre lo que es correcto y lo que es incorrecto y esta claridad permite a los seres humanos adquirir una seguridad en su vida.

Según la expresión de Thomas Luckmann, las trascendencias se encogen, mientras que la religión se expande. Mientras la trascendencia fuerte, es decir, la que hace referencia a una salvación absoluta del ser humano más allá de este mundo, tiende a disminuir, las trascendencias menores aumentan su influencia, aprovechando el proceso de individualización posmoderna. Estas trascendencias menores tienen un valor meramente instrumental. Las religiones compiten en un mercado desmonopolizado en el que cada una ofrece su producto al consumidor de trascendencia.

En esta conciencia global, la religión puede aportar dos perspectivas muy iluminadoras. Por un lado, el mito del éxodo y, por el otro, el ritual de la comunión. El mito del éxodo nos concede una hermenéutica liberadora del orden de este mundo que desvela la verdad tras la injusticia e incita a su superación, poniendo la misericordia y el amor como instrumentos de la humanidad. El ritual de la comunión permite vivir la hermenéutica liberadora en comunión, compartiendo vida, bienes, el sentido y la lucha por un mundo de amor y de justicia.

Reforestación de la globalización

En este contexto de creciente conciencia global, el cristianismo puede tener un papel decisivo al crear unas estructuras de gracia, en las que el ser humano pueda ser responsable del amor y de la felicidad de los demás. El cristianismo tiene un papel fundamental a jugar, ya que, en tanto que religión profética puede desvelar el camino de salida hacia el mundo de la verdad, la justicia y el amor. Esta conciencia tiene que incluir a todos los hombres y mujeres del planeta y tiene que hacer posible la reforestación de la globalización, la creación de un mundo de amor y de pobreza en oposición a un mundo de riqueza injusta, insolidaridad y egoísmo.

La globalización tiene que ser dirigida de tal manera que se oriente al bien de las personas y no a la explotación de los recursos y de las fuerzas laborales. El ser humano y sus condiciones de vida material y espiritual son el fin de la economía; de aquí que sea necesario integrar la política y la economía en el plan planetario. Para conseguir que la globalización sea un proceso positivo para la humanidad, tenemos que barrer los obstáculos para la verdadera humanidad. La solidaridad, la justicia y la misericordia tienen que ser los pilares de un modelo de sociedad que permita al ser humano la superación del tener para poder ser realmente. Por ello, tiene que romper la lógica del individualismo consumista y destructor del planeta y asumir la corresponsabilidad, en la línea de Hans Jonas, y los nuevos imperativos categóricos. Este filósofo ha reformulado el imperativo categórico kantiano para un mundo tecnificado y global.

La globalización tiene que ser dirigida de tal manera que se oriente al bien de las personas

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