Meditar y reflexionar

En múltiples entornos no religiosos, la práctica de la meditación se ha convertido en una tendencia emergente, casi en una moda de tipo espiritual que se articula desde distintas perspectivas y parámetros.

Por lo general, el uso de esta actividad y práctica espiritual es puramente instrumental. Dicho de otro modo, se utiliza para neutralizar la angustia, la desazón o el estrés, pero raramente se articula con la finalidad que tiene en un contexto religioso. En este sentido, conviene reflexionar a fondo sobre lo que es meditar y sobre las distintas formas de llevar a cabo esta práctica espiritual tan presente en el mundo oriental, pero también, aunque, en menor grado, en la tradición occidental.

“Meditar” es un vocablo que admite múltiples significados. La meditación, como actividad espiritual, está experimentando un gran crecimiento en nuestro universo cultural. Para algunos, es un simple antídoto al ruido ambiental, a la hiperaceleración y al continuo torbellino de la vida postmoderna. Para otros, es un método para alcanzar la plena presencia, la pura receptividad, para hacerse contemporáneo de uno mismo y de todo lo que acaece a su alrededor.

No se trata de una disyuntiva excluyente. Algunos
se acercaron a la meditación para albergar un poco de paz y para gozar de los beneficios emocionales, mentales y físicos de esta práctica espiritual. Sin embargo, a medida que se ejercitaron en ella, alcanzaron frutos que no habían sospechado a priori, como la plena presencia, el sentido de unidad con todo lo real, una profunda compasión y fraternidad cósmica que alteró significativamente su escala de valores y su sistema de creencias.

Muchas personas experimentan la necesidad de meditar y participan de los beneficios de esta actividad espiritual. Existen distintas metodologías y escuelas de meditación, tanto en el mundo oriental como en el occidental. La meditación no requiere de un texto, pero se puede meditar a partir de un texto. Tampoco exige, como condición de posibilidad, un sistema de creencias religiosas. No es patrimonio exclusivo de los hombres religiosos, pues se trata de una actividad espiritual de carácter transversal que todo ser humano, debidamente entrenado, puede desarrollar por sí mismo.

Reflexionar es un movimiento circular, como dar vueltas a algo una y otra vez. Este ejercicio mental no significa dibujar el mismo círculo o la misma órbita una y otra vez, con la misma frecuencia, ritmo y cadencia. Dar vueltas es un modo indirecto de penetrar en el significado de un texto, porque cada vuelta representa una ocasión para ir más a fondo. Por eso, meditar un texto se trata de un proceso y no de un acto, de un movimiento helicoidal y no de un círculo vicioso. Al meditar, se dibuja otra vuelta al mismo objeto, pero no se llega al mismo lugar, porque se ha ahondado más en el significado, con lo cual se ha descendido un eslabón. La segunda vuelta recorre un diámetro menor, porque focaliza la atención en un aspecto del texto, en una parte de la frase que había sido olvidada. De ese modo, el lector se va adentrando en la estructura del texto.

Meditar, pues, es un ejercicio de focalización
que requiere autocontrol y concentración

Autocontrol y concentración

Meditar, pues, es un ejercicio de focalización que requiere, necesariamente, autocontrol y concentración. Exige un autodominio de la voluntad y una clara lucha contra la dispersión. La dispersión es una forma de movimiento alocado. La mente dispersa se desplaza de un ámbito a otro por causa de algún estímulo que llama la atención. Como un chimpancé que salta de rama en rama, sin posarse en ningún lugar.

La unidad o, dicho de otro modo, la superación de la dualidad, es, en cualquier caso, el fin de la meditación. La unidad entre el ser humano y el cosmos, entre el ser humano y Dios, entre el lector y el texto. Cuando uno medita, a fondo, un texto no está frente al texto como un espectador. Se abandona totalmente a él, se funde con él, se deshace en él, con lo cual se produce una absorción tal que desaparece, en el plano espiritual, la dualidad sujeto-objeto.

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