Competencias para el futuro

No me refiero solo a la competencia global. Crecen otras propuestas de competencias que la escuela debería tener en cuenta para preparar a las nuevas generaciones para la sociedad del futuro, no del pasado.

En algún artículo anterior, hemos descrito aquí la competencia global y hemos valorado su llamada a fortalecer la formación ética en los procesos educativos, tanto a nivel personal como social. Hemos estimado su propuesta de conocimiento y respeto de las diversas identidades y culturas, el reconocimiento de los derechos humanos y, por tanto, de los valores derivados de la dignidad humana. También hemos apreciado su referencia explícita a comprender el impacto de la religión en la vida de las personas y de las sociedades.

Un valor de esta propuesta es que reconoce abiertamente que la escuela no estaba acertando con sus prioridades de la competencia matemática y en ciencias, tampoco con la competencia lectora. Pues bien, en este sentido, ahondamos en la pregunta de si estamos acertando con las prioridades de la educación. Solo a modo de ejemplo, sin mayor pretensión, citamos a un visionario estadounidense, Stowe Boyd, que denunciaba que “las escuelas están educando a los niños para un mundo que ya no existe”.

Haciendo crítica de la escuela de su país, Boyd denunciaba que los conocimientos y habilidades de los estudiantes se han debilitado. Nuestros hijos, reprochaba, están menos alfabetizados que los de otros muchos países. Al final, concluía, lo que nos está pasando es que la escuela educa para una sociedad que ya no existe. Recuerda de alguna manera a aquellos pesimistas que no dejan de repetir que nuestra escuela es del siglo xix y tiene profesores del xx, pero que los estudiantes viven en el siglo xxi.

Habilidades para la sociedad que viene

Como alternativa, este ingeniero y emprendedor propone un elenco de nuevas competencias o habilidades que son completamente necesarias para la sociedad que viene. Nosotros comentamos aquí algunas con el propósito de ayudarnos a pensar, no tanto porque sean una solución. Si nos ayudaran a repensar lo esencial de la escuela y, en nuestro caso, de la enseñanza de la religión, habrá merecido la pena.

  • Se propone estimular la curiosidad sin límites con el argumento de que los mayores creativos lo son por esa curiosidad insaciable de interpelar sobre los porqués de todo. Es verdad que una tendencia natural humana es ser curioso y, quizá, debamos cultivarla en mayor medida.
  • Se plantea desarrollar la capacidad de liderazgo en las situaciones habituales, es decir, saber resolver problemas de manera adecuada. Es necesario trabajar la toma de decisiones y aprender a valorar el alcance de sus consecuencias. Se educa así la iniciativa y responsabilidad en experiencias cotidianas desarrollando un emergente liderazgo natural que poseen todos los alumnos.
  • Se entiende como necesario comprender que nuestras perspectivas sobre la vida están enraizadas en un sistema ético, en nuestras convicciones y creencias. El hecho de la pluralidad y la tolerancia no debe diluir la necesidad de opciones personales que son éticas y que acaban por definir la personalidad.
  • Se muestra como decisivo el cultivo de la creatividad. Se trata de una competencia esencial para las sociedades del futuro, porque la innovación y la creatividad son necesarias, más allá del despliegue de la propia identidad personal o cultural, para el pragmático desarrollo sostenible del mundo completo.
  • Se piensa que es necesario aprender de la historia, pero también aprender a construir el futuro. La posteridad implica la continuidad de la sociedad y algunas obligaciones de aquellos que viven ahora para con sus futuros herederos. Se invita a trabajar los vínculos con nuestro pasado, y también con los que llegarán después.

No se trataba de completar una propuesta de nuevas competencias, solo poner de manifiesto algunas preocupaciones que pueden inspirar una mejor gestión de lo que realmente necesitan las nuevas generaciones que ahora pasan por la escuela y que serán protagonistas del futuro.

Al final, concluía, lo que nos está pasando
es que la escuela educa para una sociedad que ya no existe

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