Liberalismo clásico, socialismo y comunismo

En esta entrada, se presentarán tres grandes ideologías que se diferenciarán no solo por su definición de la libertad y su postura frente al Estado, sino también por el papel que jugarán el poder y el Estado en la consecución de sus fines y, en última instancia, en el mantenimiento de la vida libre de las personas.

El liberalismo clásico surge como instrumento para poner límites al poder, anteponiendo y protegiendo la libertad individual. Con esta actitud frente al poder, se buscaba evitar su ejercicio arbitrario e ilegítimo y salvaguardar los derechos individuales. Surge, por tanto, desde sus orígenes una cierta tensión entre el Estado como máxima fuente de poder y la esfera privada de las personas. Llegados a este punto, nos podemos preguntar: ¿por qué este foco de atención sobre la esfera individual y privada?

El liberalismo clásico parte de una concepción según la cual todo ser humano nace libre y está dotado de unos derechos y una dignidad intrínsecos. Esta concepción iusnaturalista de los derechos puso, principalmente, al derecho a la vida, la libertad y la propiedad como los más altos derechos. Tal era su importancia que contractualistas como Hobbes, Locke y Rousseau sostendrán que la persona surge antes que cualquier gobierno o Estado y que el origen del poder, del gobierno legítimo, está en el consentimiento voluntario de los individuos. Thomas Hobbes dirá en Leviatán (1651): “El derecho de todo soberano se deriva originariamente del consentimiento de cada uno de los que tienen que ser gobernados”; y Jean-Jacques Rousseau, en El contrato social (1762), lo completará sosteniendo que “la asociación civil es el acto más voluntario del mundo. Si todo hombre nace libre y dueño de sí mismo, nadie puede someterlo bajo ningún pretexto sin su consentimiento”. Con esta metáfora del contrato ficticio o hipotético se pretende dar legitimidad social y política a la sociedad y al poder político. Desde una marcada inspiración individualista, el liberalismo presentará al ser humano, inspirado por la mayoría de edad de la Ilustración, como un ser libre y autónomo, creador de la sociedad. Sin embargo, si el ser humano nace libre y es soberano de sí mismo, ¿por qué busca y consiente un poder político, un Estado, que puede amenazar su libertad y sus derechos? Según estos autores, el ser humano vivía en un estado de naturaleza, totalmente libre y en continuo disfrute de sus derechos. Sin embargo, las disputas, los conflictos, las envidias o los desastres naturales ponían en peligro la convivencia pacífica y la indemnidad de sus derechos. He aquí la más importante función del Estado y su concepción mínima liberal clásica: garantizar la vida segura y pacífica en sociedad sin inmiscuirse en los asuntos privados, protegiendo sus derechos de amenazas internas o externas. Por eso los liberales siempre apostarán por la expresión mínima del Estado y en ningún caso intervencionista. Esta centralidad del individuo y su protección en la ideología liberal se traduce programáticamente en las declaraciones de derechos y en el constitucionalismo: el establecimiento de límites al poder político (separación de poderes y mecanismos de control político). En suma, mecanismos destinados a la protección de la libertad liberal: la libertad individual.

Socialismo

En contraste con estas reservas hacia el Estado y su reducción a la mínima expresión, encontramos el tratamiento inicial socialista. Aunque haya una multitud de corrientes socialistas (socialismo utópico, científico, ético, humanista, de mercado), la aproximación de esta entrada será la seguida por la tradición marxista. Este socialismo de inspiración marxista parte de la concepción materialista de la historia, según la cual ha habido siempre una lucha de clases por las relaciones de producción y la posesión de los medios de producción, esquema que se reflejaba en la superestructura integrada por las instituciones religiosas, políticas y jurídicas, donde el Estado jugaba un papel esencial para el mantenimiento de esta situación. Los pensadores socialistas presentarán al ser humano como sujeto carente de poder en la producción, que no posee su obra y que se presta a la explotación para sobrevivir. La respuesta socialista (y comunista) pasará por invertir la pirámide. Como escribió Friedrich Engels en Del socialismo utópico al socialismo científico (1880), “al posesionarse la sociedad de los medios de producción, cesa la producción de mercancías y, con ella, el imperio del producto sobre los productores”. Mediante esta revolución del proletariado frente al capitalismo, en contra de las desigualdades de clases y la explotación histórica de los obreros, se harán dueños de sí mismos, serán libres. Frente a la libertad con la que nacen las personas según los liberales y por la que crean el Estado, la libertad para el socialismo científico marxista llegará a través de la dictadura del proletariado, donde “los hombres, dueños por fin de su propia existencia social, se convierten en dueños de la naturaleza, en dueños de sí mismos, en hombres libres” (Del socialismo utópico al socialismo científico). Y es aquí donde entra en juego el Estado para los socialistas: será un instrumento temporal durante la dictadura del proletariado que permitirá, a través de sus poderes, eliminar las clases y las desigualdades. Una vez logrado este objetivo, los derechos serán universales, todas las personas libres y no hará falta ningún Estado.

Comunismo

A lo largo de la historia del pensamiento comunista, al igual que ocurre con el socialismo, ha habido diferentes corrientes y autores que imposibilitan hablar de un comunismo únicamente, así que nos centraremos en el comunismo científico, el defendido por Marx y Engels como el más notable. Explicaremos la nota esencial del comunismo científico a través de su crítica al comunismo igualitario premarxista, que tiene postulados bastante similares al socialismo. La versión utópica de la sociedad del comunismo igualitario abogará por la propiedad colectiva de los medios de producción y la igualdad total de todas las personas, no solo en términos políticos, económicos o de derechos, sino también en lo que a necesidades se refiere. Es precisamente esta última nota la que levantará la principal crítica de Karl Marx, quien denunciará que “este comunismo, que niega en todas partes la personalidad en el individuo, no es sino expresión consecuente de la propiedad privada, que es negación”. Las transformaciones sociales que querían alcanzar Marx y Engels no pasaban por la igualación o nivelación de las necesidades humanas, sino por la revolución del proletariado. Y, aunque sus postulados sean muy similares a los del socialismo marxista, en esta revolución surge el principal matiz distintivo: el uso de la fuerza para asegurar el triunfo de la revolución del proletariado. La lógica capitalista, el carácter material de la historia y la nueva fuerza social que surgirá como consecuencia de las dinámicas capitalistas de la sociedad burguesa serán las notas distintivas con respecto a comunistas utópicos o igualitarios. Esta fuerza social conducirá a la dictadura del proletariado y, con su éxito, a la extinción del Estado. ¿Qué diferencia hay, pues, entre el comunismo y el socialismo? Que la igualdad social comunista tras la dictadura del proletariado no pasa por una igualdad impuesta y artificial, sino por una igualdad que tenga en cuenta las diferencias reales de las personas. Como proclamará Marx en su Crítica del Programa de Gotha (1875): “¡De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades!”.

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