Hacia un nuevo currículo de Religión (2)

La necesidad de un nuevo currículo de Religión Católica, en el marco pedagógico de la LOMLOE, despierta interrogantes sobre cuáles deben ser sus claves antropológicas y teológicas, también sobre su arquitectura de aprendizaje. Aquí planteamos algunas propuestas que deberemos contrastar y madurar en los próximos meses.

Las preguntas por el nuevo currículo de Religión Católica deben plantearse necesariamente en el marco curricular de la Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación (LOMLOE). Esta es la razón por la que antes de abordar aquí las cuestiones referidas a Religión presentamos, en el anterior artículo, las opciones de política educativa, los objetivos y las claves competenciales que la ley ha definido hasta ahora.

El Ministerio de Educación y Formación Profesional celebró en noviembre y diciembre de 2020 un foro de debate con cuatro sesiones en el que se analizaron los cambios y las novedades que necesita el nuevo currículo. Las conclusiones apuntaban hacia un enfoque competencial como elemento básico de las enseñanzas mínimas que se desarrollarán a lo largo de 2021. De aquellas aportaciones tomamos las referencias de que el nuevo currículo de la LOMLOE apostará por las competencias teniendo en cuenta su evolución desde que, en los años noventa, se inició el proyecto DeSeCo en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, posteriormente se definió el Marco Europeo de las competencias clave en 2006 y, recientemente, se haya actualizado su planteamiento en 2018.

Este planteamiento se traducirá en el diseño de perfiles competenciales que serán decisivos para fijar los aprendizajes básicos que, lógicamente, tendrán en cuenta conocimientos, destrezas y actitudes. Otro elemento que ayudará significativamente a los centros educativos es que los descriptores de este perfil de salida de los estudiantes, en la enseñanza básica, puedan secuenciarse en las etapas de Primaria, teniendo en cuenta incluso sus ciclos, y de Secundaria Obligatoria. Desde estos descriptores y perfiles se podrán concretar los aprendizajes básicos, bien por áreas, bien por ámbitos, y también las evaluaciones de diagnóstico de cada etapa.

Tanto las aportaciones de este foro como el preámbulo de la LOMLOE confirman que, además de estas opciones pedagógicas, se tendrán en cuenta otras referencias internacionales entre las cuales destacamos: los marcos teóricos sobre la educación en la Unión Europea; la Agenda 2030 y el marco de acción de los objetivos de desarrollo sostenible aprobados en el Foro Mundial de Incheon en 2015; el marco de competencias interculturales y de ciudadanía mundial de la Unesco.

También se propone una revisión de las fuentes del currículo que, en el caso de Religión, incluye un análisis teológico como fuente epistemológica

El marco eclesial del nuevo currículo

Además de este marco de la LOMLOE, para responder a otras preguntas sobre el nuevo currículo de Religión Católica será necesario tener en cuenta el foro planteado por la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura para los meses de febrero y marzo de 2021 y que también se articula en torno a otras cuatro sesiones de debate. En alguna medida, este foro asume las conclusiones del anterior, organizado por el Ministerio, y las pone en diálogo con los cambios y novedades que necesita el currículo de Religión Católica.

Con las aportaciones de estos foros, las propuestas de ponentes y panelistas, también la participación abierta de todo el profesorado, se dispondrá de numerosos indicadores y dominios que podrán ayudar a diseñar un nuevo currículo de Religión Católica. Los pasos que propone el programa de estos foros invitan a tener en cuenta varias cuestiones que nos parece relevante mencionar: por una parte, se quiere tener en cuenta el marco internacional de la educación y sus preocupaciones más recientes; por otra parte, se quiere tener en cuenta el marco eclesial de nuestro tiempo y sus llamadas que bien podrían resumirse en el pacto global por la educación. También se propone una revisión de las fuentes del currículo que, en el caso de Religión, incluye un análisis teológico como fuente epistemológica; una mirada a los desafíos actuales de las sociedades actuales como fuente sociológica; y un estudio de las aportaciones psicopedagógicas sobre la dimensión espiritual y religiosa de la formación integral, entre otras.

La suma de los resultados de este proceso abierto de debate podrá alumbrar el diseño de un nuevo currículo de Religión Católica que, además de responder al marco curricular de la LOMLOE, actualice sus contribuciones educativas en línea con las finalidades propias de la escuela y con la identidad académica del saber religioso. Ojalá se consiga hacerlo de manera que esta aportación a la formación integral sea tan evidente y visible que en sí misma constituya un argumento de legitimidad de la enseñanza de la religión en el sistema educativo.

Los aprendizajes esenciales de Religión

Con esta doble aportación de los foros del Ministerio y de la Conferencia Episcopal Española, la pregunta clave que se suscita en torno al nuevo currículo de Religión es cómo debería ser su propuesta de aprendizajes. Nuestra respuesta, a la luz de los marcos ya citados, no será resultado de buscar “fuera o lejos” de la propia enseñanza de la religión, más bien derivarán de repensar lo más nuclear de su propia identidad y naturaleza, de actualizar su esencia y expresar lo que denominamos sus contribuciones educativas, es decir, sus aportaciones a la educación integral.
Pues bien, la enseñanza de la religión que proponemos está configurada en torno a tres aportaciones propias claramente alineadas con las finalidades propias de la escuela: aprendizajes culturales, aprendizajes sociales y éticos y aprendizajes vitales y de sentido. Para nosotros, estos son los tres aprendizajes esenciales de la enseñanza de la religión en la escuela que la conforman como formación humana y como un bien común para todos. Veamos brevemente cómo en estos tres territorios, cultural, social y vital, se pueden articular las contribuciones de la enseñanza de la religión en la escuela como servicio a la educación integral.

La enseñanza de la religión debe contribuir
al proceso de maduración personal socializando en contextos y tradiciones culturales

Aprendizajes culturales

La enseñanza de la religión, en línea con la función de la escuela de transmitir la cultura, debe contribuir a que los alumnos comprendan y se sitúen lúcidamente en las culturas. Además del conocimiento y aprecio de nuestro patrimonio cultural en sus diversos lenguajes, proponemos explicaciones sobre su significado recordando las experiencias vitales que se expresaron social y artísticamente. Este aprendizaje conlleva el desarrollo de la dimensión estética, la belleza y la admiración hacia el legado material e inmaterial, también puede despertar una sensibilidad y cuidado hacia todo aquello que conforma la identidad de los pueblos y que nos ha traído hasta aquí.

Así, la enseñanza de la religión debe contribuir al proceso de maduración personal socializando en contextos y tradiciones culturales promoviendo que la interacción sea crítica y pueda apreciar o distanciar las culturas para, si fuera necesario, hacerlas evolucionar. Se pretende un equilibrio libremente conformado entre el pensamiento crítico y la participación responsable en la construcción cultural.

Y otra aportación propia será el cuidado del diálogo intercultural e interreligioso que necesariamente debe ser respetuoso con la diversidad de identidades personales y colectivas. También será esencial que todas las culturas progresen hacia el pleno reconocimiento de la dignidad humana. En sentido ayudará un planteamiento interdisciplinar y de diálogo desde la religión con las otras materias y disciplinas.

Aprendizajes sociales y éticos

La enseñanza de la religión, en línea con la función social de la escuela, debe contribuir a que los alumnos socialicen y se inserten críticamente en la sociedad. Además de la comprensión de los entornos locales, será necesario comprender la dimensión global de nuestra ciudadanía. Esta formación esencial conecta con el pilar de la educación en el siglo XXI: aprender a vivir juntos. Hace referencia a la educación de la dimensión social de la persona. Proponemos educar el pensamiento crítico que empodera la libertad personal y la responsabilidad social.

Así, la enseñanza de la religión debe contribuir a la formación personal de los alumnos despertando su dignidad humana como valor esencial. Sobre la base de esta dignidad, que es radicalmente igual y valiosa en todos los seres humanos, estamos llamados a construir la dimensión social con valores de respeto, cooperación y convivencia. Tanto la dimensión personal como la relacional reclaman un cuidado ético que se nutre de los valores y de las creencias, de los ideales y las convicciones. Por tanto, la enseñanza de la religión propone el conocimiento, la comprensión y el aprecio de valores e ideales que son necesarios para la realización personal y la construcción social. Sin estos valores de solidaridad y bien común, no se podrá avanzar en el civismo y la cultura democrática.

La enseñanza de la religión propone estos valores e ideales desde los principios del pensamiento social cristiano, que precisamente se centran en la dignidad humana, los derechos humanos, el bien común, la participación de todos en la construcción social y política y las instituciones sociales como medio de solidaridad y cooperación. Las categorías teológicas de la cultura del encuentro, la fraternidad universal, la ecología integral y la casa común nutren las raíces esta aportación educativa propia de la enseñanza de la religión.

Aprendizajes vitales y de sentido

La enseñanza de la religión, en línea con la función de la escuela de enseñar a vivir, debe contribuir a que los alumnos puedan madurar como personas autónomas, empoderadas de su dignidad, con capacidad crítica y con los valores necesarios para su plena realización no como autómatas, sino como personas. Esta plena realización humana es la que reclama experiencias de sentido que se nutren de creencias y convicciones, de valores e ideales, de sentimientos y emociones.

Así, la enseñanza de la religión debe contribuir que los alumnos, en su proceso de construcción personal, puedan encontrar respuestas a las preguntas existenciales y los interrogantes que acompañan a la humanidad desde sus inicios. Esta es una de las contribuciones esenciales de la enseñanza de las religiones y no es habitual que otras materias escolares lo puedan hacer. Cuando emergen estas preguntas últimas y los anhelos de sentido, la espiritualidad y la trascendencia, las religiones ofrecen posibles respuestas que hay que conocer para poder ser libre a la hora de elegir personalmente y que no sean otros los que eligen. Las respuestas también se ofrecen desde otras cosmovisiones y antropologías con las que hay que dialogar con actitudes de respeto e inclusión. Todas ellas pueden proponer sus ideales y son las personas las que eligen a lo largo de su proceso educativo.

Los valores y creencias son completamente necesarios en el proceso educativo porque nutren las raíces de la personalidad humana y germinan en hábitos y conductas que no alienan, sino que realizan. Porque la ética surge como realización de la propia experiencia de valor y sentido. Esa experiencia de sentido convierte a las personas en sujetos y no en autómatas. Solo así se posibilitan proyectos vitales sobre todas las potencialidades personales, también los límites y la vulnerabilidad propios de la vida humana.

En definitiva, formación humana

La enseñanza de la religión, en línea con la finalidad principal de la escuela de educar integralmente, debe contribuir a completar el desarrollo personal con una visión holística del ser humano, de la humanidad y del planeta que habitamos. La enseñanza de la religión es formación humana y educación integral porque en cuanto área curricular ha asumido las finalidades propias de la escuela. Así, la enseñanza de la religión propone el valor central de la identidad personal formada en todas sus dimensiones; contribuye al desarrollo de la autonomía y la pertenencia; despierta preguntas y busca respuestas; y ayuda al descubrimiento y maduración de la intimidad y la interioridad. Son experiencias de aprendizaje esencial porque derivan en un proyecto vital libremente soñado y elegido.

Tanto la dimensión personal como la relacional reclaman
un cuidado ético que se nutre de los valores y de las creencias

En definitiva, la enseñanza de la religión se nutre de las creencias y valores de la tradición cristiana y se articula como proyecto educativo que propone aprendizajes invisibles en los procesos de construcción personal y social. Aunque su identidad es inconfundible, su finalidad no es para sí misma; su peculiaridad confesional nutre los aprendizajes que se proponen, pero emergen desde dentro hacia fuera y se comprometen en el cuidado de las personas y de la casa común.

Un nuevo atrio de los gentiles

La enseñanza de la religión que proponemos, dada la peculiaridad confesional y escolar, dada su vinculación con la teología y la pedagogía, podría comprenderse como un nuevo atrio de los gentiles, en acertada expresión de Francesc Riu: un lugar de encuentro. Él toma la expresión de Benedicto XVI: “Hoy la Iglesia debería abrir una especie de atrio de los gentiles en el que las personas pudiesen establecer contacto con Dios aún sin conocerlo, antes de haber tenido acceso a su misterio. La vida de la Iglesia también está al servicio de esas personas. Es necesario el diálogo con aquellos para los cuales la religión es algo extraño, con aquellos que no saben nada de Dios, pero no quieren vivir sin él, sino acercarse un poco a él, aunque para ellos siga siendo el Dios desconocido”.

Para nosotros, esta expresión del atrio de los gentiles nos ayuda a proponer un nuevo currículo de Religión Católica así, en salida.

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