Pedagogía de la “projimidad”

La misión de la escuela (de la católica, sin duda) no es otra que la configuración samaritana del alumnado. La educación samaritana es educación en sentido estricto: articula conocimientos y saberes competenciales. ¿En qué consisten estas competencias samaritanas? ¿Cómo desarrollarlas?

Vengo manteniendo desde hace tiempo que una de las principales contribuciones del cristianismo a la construcción del bien común es la trasmisión, generación tras generación, del relato del buen samaritano (José Laguna Matute, Hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad. Hoja de ruta samaritana para otro mundo posible, Cristianismo y Justicia, Barcelona 2004). La misión evangelizadora de la Iglesia podría resumirse en la traducción a los distintos lenguajes de sus mediaciones eclesiales de aquella historia que cuenta cómo un samaritano hereje se acercó a vendar las heridas de un hombre medio muerto al borde del camino. Hospitales samaritanos, parroquias samaritanas, universidades samaritanas, ONG samaritanas, escuelas samaritanas, etc.: son las mejores aportaciones que la Iglesia puede poner al servicio de la sociedad.

No es casual que la parábola del buen samaritano ocupe un lugar central en la última encíclica Fratelli tutti del Papa. Francisco no duda en proponer el modelo del samaritano como fundamento de una nueva ciudadanía: “Miremos el modelo del buen samaritano. Es un texto que nos invita a que resurja nuestra vocación de ciudadanos del propio país y del mundo entero, constructores de un nuevo vínculo social. Es un llamado siempre nuevo, aunque está escrito como ley fundamental de nuestro ser: que la sociedad se encamine a la prosecución del bien común y, a partir de esta finalidad, reconstruya una y otra vez su orden político y social, su tejido de relaciones, su proyecto humano. Con sus gestos, el buen samaritano reflejó que «la existencia de cada uno de nosotros está ligada a la de los demás: la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro»” (Fratelli tutti 66).

Según el pontífice argentino, “la inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos” (Fratelli tutti 69) y también, añado yo, todo proyecto educativo. Afirmo con rotundidad que la misión de la escuela (de la católica, sin duda) no es otra que la configuración samaritana de su alumnado. Y con ello no quiero decir que la escuela además de impartir una formación académica deba añadir el plus de una sensibilidad compasiva; no se trata de que a una educación estándar compartida por todas la “escuela samaritana” agregue el barniz de una competencia emocional más acentuada. La educación samaritana a la que me refiero es educación en el sentido estricto del término: articula conocimientos académicos y saberes competenciales. La educación samaritana incide en todos y cada uno de los aspectos del proyecto educativo escolar: metodologías, currículos, claustros, docentes, equipos de titularidad, etc. Las competencias samaritanas condicionan tanto a los aspectos emocionales como al aprendizaje de las matemáticas, al conocimiento del medio o al uso de las TIC. En estas líneas, me detengo en la pedagogía “escolar” implícita en la parábola: la pedagogía de la “projimidad”.

Dos itinerarios pedagógicos: hacia los otros o contra ellos

De todos es sabido que el pedagogo es aquella persona que lleva de la mano al niño acompañándolo en el camino del aprendizaje. Igual que en las carreras de relevos, el acto cotidiano de despedir a nuestros hijos a la puerta del colegio supone la confianza de pasar el testigo, de saber que los dejamos en “buenas manos”; las manos expertas de maestros que los guiarán por los senderos escolares del conocimiento.

La parábola lucana del buen samaritano presenta dos itinerarios: el del sacerdote y levita que dan un rodeo y pasan de largo ignorando la presencia de un hombre medio muerto al borde del camino y el del samaritano que se compadece y se acerca a él para cuidarlo. Dos caminos que podemos interpretar desde una perspectiva moral buscando establecer la maldad o bondad intrínseca de los protagonistas, desde una óptica psicológica que intenta adivinar las patologías que afectan a unos personajes incapaces de empatizar con el dolor ajeno o, la que nos interesa ahora, desde una perspectiva pedagógica que se pregunta críticamente por los itinerarios educativos que han conformado las personalidades del sacerdote, del levita y del samaritano.

¿Qué escuela ha hecho insensibles a los primeros ante el sufrimiento ajeno? ¿Qué asignaturas han estudiado? ¿Qué profesores no han sabido llevarlos de la mano hasta situarlos compasivamente en los umbrales del dolor del mundo? O, al contrario, ¿cuál ha sido la escuela en la que el samaritano ha educado su mirada, su intelecto y su sensibilidad? ¿Quiénes lo han ayudado a ser compasivo? No se trata solo de interrogantes éticos, psicológicos, religiosos o afectivos, son cuestiones rigurosamente educativas; porque, si el fin de la educación es que los alumnos se relacionen con eficacia y sentido en el mundo que les ha tocado vivir, importa determinar si ese “sentido” se ha construido de espaldas o encarando el sufrimiento.

Según la tradición cristiana, todos los mandamientos se resumen en dos: el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo; de igual manera, podemos afirmar que todos los itinerarios pedagógicos remiten en última instancia a dos únicos caminos: a favor o en contra de los demás. “Por muy variada que nos parezca la oferta de las agencias de viaje y por muy abigarrados y coloridos que se nos ofrezcan los mapas [escribirá Santiago Alba Rico], en este mundo solo se puede viajar en dos direcciones: o contra los otros o hacia ellos. […] Viajar hacia los otros o contra ellos es una decisión de la que no dependen solo la vida de miles de africanos, asiáticos y latinoamericanos: de ella depende también nuestra propia dignidad de humanos civilizados; es decir, la supervivencia misma del planeta: de sus rosas, sus pájaros, sus leyes y sus hombres” (Gabriele del Grande, Mamadou va a morir. El exterminio de inmigrantes en el Mediterráneo, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid 2009, “Prólogo”).

En esa misma disyuntiva se sitúa el papa Francisco cuando en la Fratelli tutti afirma de forma contundente que, ante el dolor masivo del mundo, solo se puede estar a favor o en contra del samaritano, cualquier otra opción (incluida la educativa) se sitúa en una equidistancia culpable: “Esta parábola es un icono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen samaritano. Toda otra opción termina o bien al lado de los salteadores o bien al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del hombre herido en el camino. […] Ya no hay distinción entre habitante de Judea y habitante de Samaría, no hay sacerdote ni comerciante; simplemente hay dos tipos de personas: las que se hacen cargo del dolor y las que pasan de largo; las que se inclinan reconociendo al caído y las que distraen su mirada y aceleran el paso. En efecto, nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y nuestros disfraces se caen: es la hora de la verdad. ¿Nos inclinaremos para tocar y curar las heridas de los otros? ¿Nos inclinaremos para cargarnos al hombro unos a otros? Este es el desafío presente, al que no hemos de tenerle miedo. En los momentos de crisis, la opción se vuelve acuciante: podríamos decir que, en este momento, todo el que no es salteador o todo el que no pasa de largo, o bien está herido, o bien está poniendo sobre sus hombros a algún herido” (Fratelli tutti 67, 70).

Hacerse prójimo

El pacto educativo global que el Papa lanzó el cuatro de mayo de 2020 invitaba a formar personas disponibles al servicio de la comunidad, situando así a la educación en el conjunto de las mediaciones sociales que contribuyen a la construcción de “una nueva solidaridad universal y una sociedad más acogedora”. En aquel llamamiento, Francisco recurría al lavatorio de pies del Evangelio de Juan como modelo de servicio. En la Fratelli tutti, es el samaritano del Evangelio de Lucas el que se propone como guía de comportamiento social. En ambos casos, el itinerario pedagógico es el mismo: Jesús se “inclina” para lavar los pies, el samaritano se “acerca” para curar heridas. Inclinarse y acercarse comparten la misma dinámica de “projimidad”.

No deberíamos perder de vista que el desencadenante de la parábola samaritana es la pregunta por el prójimo: “El jurista, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?»” (Lc 14,29). Una cuestión a la que Jesús responde lanzando otro interrogante sobre los trayectos que recorren los personajes del relato: “¿Cuál de estos tres «se hizo» prójimo del que cayó en manos de los bandidos?»” (Lc 10,36). Lo relevante no es tanto el “prójimo” como la “projimidad”; esto es, el itinerario de “aproximación”, la acción de “hacerse prójimo”.

Como afirma nuevamente el Papa en su encíclica: “El samaritano fue quien se hizo prójimo del judío herido. […] Entonces ya no digo tengo «prójimos» a quienes debo ayudar, sino que me siento llamado a volverme yo un prójimo de los otros” (Fratelli tutti 81). El desafío samaritano que se lanza a la escuela no es solo si esta responde reactivamente al sufrimiento que tiene delante, sino si se desplaza proactivamente hacia él, si su itinerario pedagógico incorpora la “dinámica de projimidad” que sale a la búsqueda del sufrimiento.

Lo que enseñan los márgenes

El mundo educativo solo debería aventurarse a implantar nuevas dinámicas pedagógicas, incluida la de la “projimidad”, si tiene el convencimiento cierto de que estos itinerarios ayudan a la formación integral de sus alumnos. Por tanto, la pregunta pertinente en este momento es: ¿qué tienen que enseñar los hombres y mujeres apaleados que han sido arrojados a las cunetas de la historia? Ignacio Ellacuría solía hablar del “lugar que da verdad”; según él, los márgenes de la sociedad son atalayas epistemológicas privilegiadas desde las que se aprecia la verdad o la falsedad de la realidad (siempre histórica). La perspectiva periférica que ve el mundo desde sus márgenes proporciona un saber no aprehensible desde otros lugares.

Todo pensar y todo aprendizaje están siempre situados. Por más que los currículos oficiales presenten listados de conocimientos universales homologables, esos contenidos se aprenderán indefectiblemente desde un lugar determinado. Todas las escuelas enseñarán que en el año 2020 el mundo se detuvo por la infección de un virus planetario, en las clases de Biología se estudiarán las diferencias existentes entre virus y coronavirus, en Matemáticas se operará con las estadísticas exponenciales de las infecciones respiratorias, en Lengua se discutirá si COVID-19 debe concordar como masculino o femenino, etc., pero, además, algunas escuelas incluirán una perspectiva samaritana y se preguntarán por qué en Brasil, Perú, Yemen o Zambia el virus fue muchísimo más mortal que en Alemania. Hay preguntas y aprendizajes que solo surgen desde y en los márgenes.

En un mundo global que homogeniza culturas y desubica aprendizajes, resulta vital contar con una perspectiva propia que dote de sentido a un mundo que se presenta fragmentado. El conocimiento samaritano fomenta un pensamiento complejo capaz de entender analítica y emocionalmente las interconexiones que existen entre contenidos académicos, realidad sociopolítica, condicionantes epistemológicos e intereses ideológicos ocultos, un conocimiento que se preguntará por la sorprendente relación entre el producto interior bruto de una nación y la carga viral de sus conciudadanos.

La “perspectiva periférica” que lee la realidad desde sus fronteras contiene también los saberes de sus moradores. El hombre apaleado tiene algo que enseñarnos más allá de su fragilidad y su desnudez. La pedagogía samaritana afirma la capacidad epistemológica de generar saber a aquellos y aquellas que el sistema considera insignificantes (insignificantes porque se les invisibiliza e insignificantes porque no se les reconoce valía para construir significados relevantes). Los débiles, los descartados, aquellos y aquellas que “no existen” para la sociedad son portadores de un saber al que solo se accede “aprojimándose”. El papa Francisco se inserta en una tradición teológica que no duda en afirmar categóricamente que, en los márgenes, encontramos salvación y también conocimiento, que los descartados tienen algo que enseñarnos y que, además, se trata de una enseñanza determinante.

Con motivo del congreso mundial “Educar hoy y mañana. Una pasión que se renueva” (noviembre 2015) promovido por la Congregación para la Educación Católica, se expresaba en estos términos: “Aquí está el primer desafío que les digo: dejen los puestos donde hay muchos educadores y vayan a la periferia. Busquen allí. O, al menos, ¡dejen la mitad! Busquen allí a los necesitados, a los pobres. Ellos tienen algo que no tienen los jóvenes de los barrios más ricos (no es su culpa, pero es una realidad sociológica): tienen la experiencia de la supervivencia, incluso de la crueldad, del hambre, de la injusticia. Tienen una humanidad herida. Y creo que nuestra salvación viene de las heridas de un hombre herido en la cruz. Ellos, desde esas heridas, son capaces de dibujar sabiduría si hay un buen educador que los lleve adelante. No se trata de ir allí para hacer beneficencia, para enseñar a leer, para dar de comer, ¡no! Esto es necesario, pero es temporal. […] En una congregación de monjas que tienen una vocación especial en Argentina, al sur de Argentina, en la Patagonia, les dije: «Por favor, cierren la mitad de los colegios de la capital de Buenos Aires y envían a las hermanas allá, a aquella periferia de la Patria»; porque de allí vendrán las nuevas contribuciones, los nuevos valores, y la gente también será capaz de renovar el mundo” (Herminio Otero –coordinador–, Queridos educadores. Protagonistas de una nueva educación. Discursos y mensajes del papa Francisco en sus encuentros con los educadores y sus claves sobre la educación, PPC, Madrid 2018, páginas 82-83).

La pedagogía de la “projimidad” invita a la escuela a aproximarse al mundo sufriente; en primer lugar, porque este forma parte masiva de la realidad (y nadie debería vivir ni educarse de espaldas a ella), porque además reclama imperativamente nuestro cuidado y, por último, porque tiene mucho que enseñarnos. Ignorar o despreciar los saberes que solo germinan en las periferias es condenarnos a un analfabetismo funcional que nos incapacita para movernos con eficacia y sentido en el mundo real.

Testigos y pedagogos

Termino esta aproximación a la pedagogía de la “projimidad” volviendo la vista de nuevo hacia los maestros. La escuela que decida adentrar a sus alumnos en itinerarios hacia los márgenes tendrá que valorar previamente la capacidad de aquellos que les servirán de guía. Sería una temeridad imperdonable soltar de la mano a los alumnos y dejarlos solos ante realidades de injusticia que son incapaces de asimilar. La aproximación educativa a los márgenes requiere de pedagogos expertos que hayan recorrido con anterioridad los caminos del sufrimiento y que, por ello, ofrezcan a sus alumnos los mapas y las brújulas que permiten transitar educativamente por esos itinerarios. Pedagogos-testigos que les enseñen a detectar y beber en los manantiales de conocimiento que se esconden las periferias. “La transmisión testimonial [dirá Joan-Carles Mèlich] no consiste en imponer un modelo a seguir o imitar, sino en mostrar el dolor del otro, un dolor que no es ni del testigo ni del receptor del testimonio, sino el de la víctima” (Joan-Carles Mèlich, Ética de la compasión, Herder, Barcelona 2010, página 286). El testimonio es una mediación pedagógica insustituible de la “projimidad”.

Termino con una experiencia personal. Con motivo de un cambio de domicilio, en segundo de Primaria mi hijo tuvo que cambiar de colegio. Aún recuerdo el día en el que lo dejé a las puertas de un edificio desconocido viendo cómo se alejaba ahogado en un mar de lágrimas. Cuando lo recogí por la tarde, me recibió con una sonrisa enorme: “Papá, una niña que se llama Natalia me ha visto llorando y me ha dicho que no me preocupara que ella iba estar conmigo, me ha cogido de la mano me ha enseñado la clase, me ha presentado a sus amigas y hemos jugado en el recreo”. Me alegré mucho de todo lo que me hijo iba a aprender en aquel colegio.

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