Reconstruir el pacto educativo global

Francisco, sin dar muchas pistas sobre el alcance de la convocatoria, nos invita a un pacto educativo global. Una llamada dirigida a todos los agentes educativos (sin distinción), para sanar y regenerar tejidos, superar fragmentaciones y construir un futuro

El papa Francisco nos ha convocado para un pacto educativo global en un acto que tiene fecha concreta: el catorce de mayo de este próximo año 2020. No sabemos muy bien todavía cuál es o cuál va a ser el contenido y el alcance de dicho pacto. Lo que sí sabemos es que vale la pena tomar en serio este llamamiento. De eso estamos seguros. Aunque ya se había referido con anterioridad en varias ocasiones a la necesidad de un pacto educativo, esta es la primera vez que el Papa, de una manera un tanto sorprendente, hace una convocatoria de esta naturaleza. En el mensaje de lanzamiento, apenas descubrimos algunas pistas que nos permitan intuir cómo se va a desarrollar y en qué va a consistir el encuentro del mes de mayo al que se nos convoca: “Una serie de seminarios temáticos, en diferentes instituciones, acompañarán la preparación del evento”.

En realidad, ¿qué se espera de esta jornada y de esos seminarios? ¿En qué van a consistir? ¿Cuál va a ser su contenido? ¿Qué pueden dar de sí? Se diría que, de una manera intencionada, no se ha querido desvelar el entramado del encuentro previsto para la próxima primavera. Confieso que este suspense premeditado me provoca algo de desconcierto y ciertas dosis de curiosidad. A la vez, suscita en mí y en quienes me rodean en los trabajos educativos muchas expectativas y esperanzas. Ya en una primera lectura del mensaje de convocatoria del pacto educativo, se pueden rastrear las grandes preocupaciones y líneas de pensamiento de Francisco: la ecología, entendida no solo como cuidado de la casa común sino también en su sentido integral, considerando en el centro de esa casa al ser humano en todas sus dimensiones; la paz y la cultura del diálogo; la solidaridad y la fraternidad universales; la justicia, con una atención particular a las personas que corren el riesgo de ser descartadas por nuestro modelo de desarrollo; la pasión por una educación incluyente; etc.

Pero, de momento, la convocatoria no parece estar perfilada en todos sus componentes y detalles, por lo que queda abierta a interpretaciones, aportaciones, sugerencias, posibles enriquecimientos. Y, por eso, nos podemos permitir imaginar y soñar acerca de lo que puede dar de sí este proyecto y hacer nuestras propias divagaciones sobre algunos de sus aspectos más  significativos.

En el centro: la persona

Normalmente, cuando hablamos de pacto educativo (y en nuestro país venimos haciéndolo desde hace tiempo), pensamos en acuerdos sociales y políticos, unos terrenos en donde parecen residir las dificultades para alcanzarlo. Pero el papa Francisco propone un pacto que pretende ser global: una alianza que tiene que ver con la ecología, la política, las ciencias, las artes, el deporte, la economía, las creencias religiosas. Y, en el centro de todo, la persona, por lo que también la antropología, con la llamada a un nuevo humanismo, está llamada a intervenir.

Se pone de manifiesto, una vez más, que cuando queremos hablar de educación hay que hacer referencia a todas estas disciplinas o, mejor, a todas las dimensiones de la persona. Es como si la educación fuera capaz de concitar la reflexión sobre todas ellas, en una especie de requerimiento necesario y de provocación estimulante al mismo tiempo. La educación requiere de las mejores energías del pensamiento y del quehacer humano, porque se trata del progreso de cada persona, no solo en sus primeros años sino también a lo largo de toda su vida, y del progreso de los pueblos, porque no hay mejor arma que la educación para hacer avanzar a las comunidades humanas en todas sus dimensiones.

Regenerar tejidos

Pero también el pacto al que se nos llama pretende ser global porque es una alianza que trata de reconstruir la relación, rota o dañada, entre diferentes componentes: el estudio y la vida; las distintas generaciones; los agentes directos del acto educativo: profesores, estudiantes, familias, el conjunto de la sociedad; las actividades y manifestaciones culturales y sociales en todos los campos; la tierra, como casa común, y todos sus habitantes; las diferentes religiones.

Pero ¿por qué se habla de reconstruir una alianza? ¿Es que las relaciones educativas en estos momentos están dañadas? Lo cierto es que no hay que tener una mirada demasiado pesimista para constatar que la consistencia de esas relaciones necesita en muchos casos ser restaurada. Se trata de sanar el tejido de las relaciones entre todos los que participan de la labor educativa, para superar fragmentaciones y contraposiciones.  El objetivo no es uniformizar, sino compartir desde la diversidad el compromiso por generar una red de relaciones positivas y fecundas.

Confiar en la invitación

Por eso, la llamada es a todos los que trabajan (trabajamos) en el campo de la educación, sin distinción de credos, orientación política, disciplinas académicas, niveles educativos. Como no podía ser de otra manera, los jóvenes, a quienes se llama a sentir la responsabilidad de construir un mundo mejor, están especialmente invitados. Se trata de construir entre todos la aldea global que educa.

Y aquí nos surge una duda: ¿cómo van a percibir y acoger esta invitación las personalidades públicas a las que se convoca? ¿Con qué disposiciones? “Confío en que aceptarán mi invitación”, dice el Papa. Y, con él, confiemos también nosotros en la respuesta de buena voluntad y la participación activa de una amplia y variada representación de todo el mundo educativo, político y cultural.

Transformación sin miedo y con esperanza

Cuando el Papa detalla los pasos que hay que dar para alcanzar los grandes objetivos, llama la atención que todos ellos empiezan por una llamada a ser valientes: la valentía de colocar a la persona en el centro; la valentía de invertir las mejores energías con creatividad y responsabilidad; la valentía de formar personas disponibles que se pongan al servicio de la comunidad.

¿Por qué, más allá del contenido de esos pasos concretos, la insistencia en presentarlos bajo el signo de la valentía? ¿Es que la centralidad de la persona, en la educación y en todos los demás ámbitos de la vida, no se puede dar por descontada y hace falta cierto coraje para reivindicarla? ¿Es que las mejores energías no se dedican de manera responsable y creativa al progreso de las personas y de los pueblos, y, por ello, se requieren ciertas dosis de valor para recordarlo? ¿Es que, en general, las personas no están dispuestas a ponerse al servicio de la comunidad y, por tanto, llamar la atención sobre algo que parecería elemental es cosa de valientes? ¿Es que hace falta valentía para proclamar y reclamar todos estos valores y estas disposiciones? Lamentablemente, la respuesta parece ser afirmativa: hace falta valor para hacerlo hoy día en muchos sectores de la sociedad y del mundo. Podríamos preguntarnos: ¿también entre nosotros? La convocatoria de un pacto educativo global se convierte, así, en un toque de atención a nuestras conciencias para que examinemos nuestras  actitudes y comportamientos. La llamada a dar estos pasos exige valor,  convicción, salir de nuestras perezas y egoísmos, de nuestra ingenuidad y conformismo. “Busquemos juntos las soluciones, iniciemos procesos de transformación sin miedo y miremos el futuro con esperanza”: así comienza el último párrafo de la convocatoria del pacto educativo global. La persistencia en  la llamada de los Papas de los últimos tiempos a actuar con valentía y confianza, a perder el miedo, es significativa a la vez que estimulante.

¿Cuál será nuestra respuesta?

“Todas las instituciones deben interpelarse sobre la finalidad y los métodos con que desarrollan la propia misión formativa”. Es otra de las advertencias del Papa en su mensaje. Y, si esto es así, la escuela católica debe sentirse concernida a título muy especial. Las llamadas que hemos destacado y a las que hace referencia el mensaje del papa Francisco deben resonar de una manera  particular y mucho más intensa en quienes trabajamos en este ámbito.

¿Cómo responder desde las escuelas católicas a esta convocatoria? Nos toca pensar de nuevo sobre lo que estamos haciendo y examinar cómo lo hacemos, sin alarmismos exagerados, pero también sin miedo a la verdad. Debemos actuar en coherencia con nuestra identidad: ser auténticas escuelas  evangelizadoras, abiertas a todos y que hacen presente el Evangelio (que lo “encarnan”, sin poner por delante las pretensiones proselitistas); que crean espacios para la creación y la transmisión de la cultura y de la fe, sin imposiciones de ningún tipo.

Hemos de ser conscientes de todo lo bueno que existe en nuestros centros e instituciones, ponerlo de relieve y dar gracias por ello. Pero también debemos preguntarnos con sinceridad acerca de lo que debemos mejorar, lo que nos falta para favorecer los acuerdos, las alianzas, los pactos con todo y con todos en los contextos donde nos movemos. De esa manera, podremos recrear caminos para fomentar la cultura del encuentro y generar una red nueva de relaciones humanas. Empezábamos preguntándonos por el contenido del pacto educativo global al que nos llama el papa Francisco y reconociendo que no sabemos todavía el alcance que va a tener.

Pero lo que sí parece claro es que, en gran medida, va a depender de nosotros, de la respuesta que demos a las múltiples llamadas que suscita esta gran alianza, tanto en la preparación del acontecimiento previsto para el catorce de mayo próximo como en nuestra capacidad de respuesta a lo que se derive de él.

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