El hermoso signo del pesebre

El Antiguo Testamento es muy claro sobre el uso de imágenes para el culto religioso (cf. Ex 20,4). Es un mandato divino que tiene sentido en una época donde el uso de imágenes estaba asociada a la idolatría y la magia.

Esta perspectiva comenzó a cambiar con la encarnación: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria” (Jn 1,14). Jesús es la imagen de Dios invisible: “Quien me ve a mí, ve al que me ha enviado” (Jn 12,45), “lo que hacéis con un hermano de estos más pequeños, a mí me lo hacéis” (Mt 25,40). Con Jesús, Dios adquiere un rostro visible y accesible a la comprensión humana: “Se volvió según mi naturaleza para que yo pudiera aprender de él, y tomó una forma semejante a la mía con tal de que no me alejara de él” (oda séptima de Salomón). Por tanto, queda claro desde el origen de la Iglesia que la visibilidad del misterio de Dios es esencial a nuestra fe cristiana.

A medida que la fe cristiana se iba extendiendo, crecía también la necesidad de representar simbólicamente el misterio de Dios. Se tenía claro que en la figura no residía la divinidad, pero era una ventana abierta a la trascendencia. La cultura cristiana está llena de bellos ejemplos en la pintura, la escultura, la arquitectura y el teatro, donde se representa la rica historia de la salvación. Cuando el pueblo sencillo perdió su vínculo con la palabra escrita, fueron las imágenes una poderosa herramienta de transmisión de la fe y la cultura cristiana. Así lo entendió san Francisco de Asís, que en la Nochebuena de 1223, decidió representar en una cueva de Grecio el nacimiento de Jesús. Tan intensa fue esta experiencia espiritual que los franciscanos continuaron con la tradición de montar belenes con figuras de barro cada Navidad para recordar con sencillez el misterio de la encarnación.

La tradición de armar el belén por Navidad pertenece a nuestra cultura cristiana occidental. Durante siglos, se han puesto figuras en los hogares, en parroquias, escuelas, empresas, negocios y en espacios públicos. En muchos lugares, sigue la tradición de hacer pesebres vivientes, donde participa todo un pueblo como expresión de fe y cultura popular. Con la secularización de la sociedad, se han ido banalizando e incluso perdiendo muchos de los símbolos y relatos que nos recuerdan el pasado de nuestra civilización cristiana occidental. Aunque el belén se resiste a morir, va siendo sustituido por otros relatos y personajes ficticios vacíos de significado y que nada tienen que ver con el sentido más genuino de la Navidad.

Un dirigente político muy conocido decía que la Navidad es la “fiesta del afecto”, expresión muy cursi para esquivar su auténtico significado. Hasta los chinos celebran la Navidad si ello les genera más ingresos en sus tiendas. Es evidente que hay un claro movimiento laicista que pretende borrar del espacio público todo símbolo que recuerde la tradición cristiana. Alegan que solo representan a una parte de la población y puede herir las sensibilidades de otros grupos religiosos. Sin embargo, no hay pudor en imponer otros símbolos y relatos que pretenden sustituir a los más auténticos, como la vieja tradición de montar el belén.

Educar en el belén

Recientemente, el papa Francisco escribió una bella carta titulada El hermoso signo del pesebre, sobre el significado y el valor del belén. En sus líneas, nos ofrece una rica enseñanza sobre cada una de las figuras del belén que “nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad”. El armado del belén es una poderosa herramienta educativa para que la escuela, la iglesia, la familia se conecten con la tradición más auténtica de nuestra cultura cristiana. Construyendo el belén, se educa en el gusto y sentido estético, se favorecen las relaciones en familia y los mayores transmiten con suavidad el relato del nacimiento de Jesús y su significado. El belén es un hermoso signo que nos recuerda que la familia es el santuario de la vida que tiene su origen en Dios y una cátedra que nos enseña que la plenitud no consiste en la posesión de bienes, sino en el desprendimiento y la entrega a los demás.

Construyendo el belén, se educa en el gusto y sentido estético
y se favorecen las relaciones en familia

Revista RyE   N.º 355   Diciembre 2021
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