Hacia una cultura de la veracidad

La palabra ha dejado de tener valor por sí misma, porque se ha usado abusiva como inadecuadamente. Restaurar esa confianza perdida lleva su tiempo e implica, necesariamente, una cultura de la veracidad.

La reivindicación de la cultura global de la veracidad no es, en ningún caso, una casualidad. Nace de la desconfianza y de la sospecha. La emergencia de este valor en el conjunto de la sociedad pone de manifiesto la crisis de credibilidad que experimentan las instituciones y las personas. Cuando la palabra dada tiene valor, cuando se confían en lo que el otro promete, en lo que el otro dice, no hay que conocer sus interioridades, pero, cuando se pierde la confianza, todo conocimiento es insuficiente. Entonces queremos saber más, porque no nos fiamos de lo que dice, de lo que promete.

La palabra ha dejado de tener valor por sí misma, se ha convertido en una moneda de cambio, porque se ha usado abusivamente, se ha usado inadecuadamente, se han hecho promesas que no se han cumplido, se ha utilizado para engañar y para tapar miserias, de tal forma que, cuando determinados agentes económicos, sociales y políticos utilizan la palabra, no generan ninguna confianza. Cuando toman la palabra determinados agentes políticos, económicos o sociales, sucede lo mismo. Nadie escucha, porque nadie da credibilidad a lo que dirán. La palabra se ha devaluado, secuestrado y vilipendiado, y para tratar de recuperarla se reivindica la trasparencia. Solo si el agente nos muestra lo que cobra, las propiedades que tiene, dónde veranea, qué hace con el dinero que tiene, dónde invierte, recuperará la credibilidad.

La misma veracidad que exigimos a los organismos públicos, a los representantes electos de las instituciones políticas y a los cargos de las administraciones, también es reclamada a los medios de comunicación. Queremos que sean neutros, imparciales, que expongan la realidad tal como es, que manifiesten con nitidez lo que pasa, sin maquillarlo, sin pulirlo, sin intoxicarlo ideológicamente. Sin embargo, los medios no tienen como finalidad mostrar lo que pasa en el mundo, sino dar a conocer noticias, y la noticia no es un diagnóstico de lo que acontece, sino algo que tiene, supuestamente, interés público, por su novedad, por las consecuencias que tendrá, por su exotismo, por la transcendencia del acontecimiento. La multiplicación de informaciones en todo momento y desde distintos medios no aclara, en lo más mínimo, lo que está pasando en el mundo. Más bien lo oscurece. Venimos de un tiempo faltado de información y viajamos hacia un tiempo caracterizado por el exceso informativo.

Antes no sabíamos lo que pasaba, porque no teníamos la más mínima información de lo que acontecía. Ahora no sabemos lo que pasa, porque hay un exceso de información, una desmedida que, además, obedece a intereses económicos diferentes y que vierte continuadamente, todos los días del año, cada hora, de forma ininterrumpida. Tenemos mucha información, pero no somos capaces de integrarla, de digerirla, de procesarla, de hacernos una imagen global del mundo mínimamente veraz. Tampoco somos capaces de entrever la trascendencia de algunos acontecimientos, porque todo se presenta como muy relevante, como histórico, como clásico, como definitivo.

Nadie escucha, porque nadie da credibilidad a lo que dirán.
La palabra se ha devaluado, secuestrado

Multiplicación informativa

La masa de información no engendra ninguna verdad si, por verdad, comprendemos al ser de las cosas, lo que son en sí mismas. Más bien al contrario: la multiplicación exponencial de informaciones engendra el caos, la perplejidad, la sensación de no saber qué ha pasado exactamente, porque al contrastar varias fuentes informativas, tomamos consciencia de que cada una de ellas es esclava de unos determinados intereses. La multiplicación informativa entretiene, distrae, da pie a todo tipo de comentarios y de análisis a contrarreloj, pero es imposible alzarse un palmo sobre este mosaico informativo y tener la mínima idea de hacia dónde va el mundo. Así, pues, la hiperinformación, lejos de hacer el mundo más trasparente, lo oscurece, lo enmascara con miles de titulares que envejecen a la velocidad de la luz.

Revista RyE   N.º 359   Abril 2022
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