¿Orgulloso de ti mismo?  

En un curso reciente, al que asistimos como padres en la Escuela Infantil, la ponente insistía en la importancia de cambiar nuestro lenguaje para tratar más educativamente a nuestros hijos. En lugar de decirles que estamos orgullosos de ellos teníamos que incentivar su propio orgullo: “Tienes que estar orgulloso de lo que has hecho.”

Los días posteriores, por los pasillos y en los parques, las familias que habían asistido al curso llevaban a la práctica su aprendizaje. Por todos lados se escuchaba: “¡Tienes que estar orgulloso!” O, en su defecto: “¿Estás orgulloso de ti mismo?” Si alguien se salía del guion marcado, alguien recordaba lo que dijo la profesora de familias.

Efectivamente, muchas palabras en nuestro tiempo han perdido su significado histórico. De modo que, al adquirir un nuevo significado, el significante se desconecta con una larga tradición europea de raíz judeocristiana. ¿Es esta, también, una dificultad para la transmisión de la cultura y la fe? ¿No dificulta este giro la comprensión del ser humano en su hondón?

Entiendo lo que la ponente del curso sobre “Educación respetuosa” quería decir. No convertir a hijos en dependientes de sus padres, en busca de aprobación continua, y propiciar así su independencia emocional, la escucha y valoración de lo que están viviendo, incluso la satisfacción con sus éxitos y logros. Pero ¿es la palabra orgullo la que mejor transmite eso? ¿Qué supone este cambio?

La palabra “orgullo” señala algo más profundo. No es la satisfacción del ser humano consigo mismo, sino la desconexión respecto del otro. Cultiva más el individualismo que una singular comprensión de sí en relación con los demás. Niega la aportación de las relaciones y deja encerrada a la persona consigo misma. No es vivida como soledad, tampoco como egoísmo, sino como negación del otro. Por eso, al leer en el mundo griego, en la cultura bíblica o su despliegue medieval y moderno, hablar de “orgullo” es citar algo parecido a la comprensión de uno mismo como un ser único, demasiado único.

Desde el principio me sonó mal la expresión, por el simple uso de la palabra orgullo. Pero al darle vueltas, porque creo que es una responsabilidad para con nuestros hijos, me di cuenta de que tampoco quería que mis hijos estuvieran satisfechos de sí mismos sin más. Una cosa es que tengan buen concepto de sí mismos, que reconozcan sus cualidades y capacidades junto con los límites propios de todo ser humano, que se alegren con sus éxitos y celebren su superación y esfuerzo, pero ¿estar orgullosos de sí mismos? ¿Dónde les conduciría algo así?

Por si fuera poco, la lectura este verano del texto de Steinbock sobre Emociones morales me parecía mucho más acertado. El orgullo es una posición de uno ante otros, devuelve a la persona una identidad en la que los demás no tienen tanta cabida y, lejos de agradecer y verse en relación, se apropia indebidamente de dones, capacidades, guías para su aprendizaje, colaboración con sus compañeros, tanto para ayudar como para ser ayudado. De la misma manera podemos leer innumerables testimonios en los que las emociones, vistas en el horizonte de una antropología relacional, sitúan el orgullo en otro plano.

Considero que es educativa la diferencia y que, al transmitir qué es el “orgullo”, construimos persona y comunidad, singularidad y sociedad. Dejar de hablar del “orgullo” con cierto aborrecimiento es contribuir a un mundo más roto, más separado, más individualista, más fragmentado. Por el contrario, vivir el éxito desde el agradecimiento, incluso el asombro por las propias capacidades se sitúa en un orden absolutamente distinto. A mi modo de ver, infinitamente más humano, más valiente, más abierto y dispuesto a abordar los grandes retos del siglo XXI. Porque todo, en cierto modo, comienza ahí donde la persona se da de bruces consigo misma ante una realidad que exige algo de su parte. ¿Cómo nos comprenderemos entonces a nosotros mismos?

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