Déficit de vocación
Una reflexión acerca de la situación de la vocación en el profesorado a partir de algunos datos
En agosto del año pasado me topé con una noticia en El País que me llamó la atención: la educación se enfrenta a muchos y variados retos, pero uno de ellos tiene que ver con la vivencia personal que el profesorado está teniendo de su trabajo, con su nivel de experiencia vocacional. El titular de la noticia a la que me refiero me sorprendió: “La falta de vocación lleva a Comisiones Obreras a abrir un servicio de apoyo psicológico”. Mi sorpresa procedía en primer lugar del hecho de que una organización como el sindicato al que me refiero planteara el tema de la vocación. En mis años de trabajo en la escuela pública siempre se decía que plantear la vocación del profesorado correspondía a visiones muy de Iglesia. Pues no, ahora resulta que nuestro trabajo tiene un componente vocacional no solo incuestionable sino, al parecer, fundamental. Me alegro mucho de este cambio. Lo que no suscribo como intentaré explicar es que la solución sea un apoyo psicológico. El segundo dato procede de un estudio de la Fundación SM de 2023 sobre la situación del profesorado en España. En él se afirma que el profesorado más joven sitúa otras motivaciones por encima de la vocacional a la hora de explicar su experiencia como profesor. A este dato se añade otro no menos preocupante: entre 2007 y 2023 el porcentaje de profesores que dice vivir todo “con distancia y cierta indiferencia” ha pasado del dos al treinta y ocho por ciento.
Cuando comparto estos datos en encuentros con profesores, estos suelen situar como vías de solución mejoras de nuestro entorno laboral. Así, si disminuyera la burocracia, se redujeran las ratios, se aumentara la retribución económica, si hubiera más personal para la atención a la diversidad, nuestro estado anímico y vocacional aumentaría. Considero todas estas propuestas necesarias; sin embargo, me arriesgo a apuntar una tesis que he defendido siempre: ninguna motivación extrínseca será capaz de restaurar la ausencia de motivación intrínseca. De otra manera: además de luchar por los cambios externos más que necesarios, lo que realmente urge es recuperar, en el caso de alguna vez haya existido, el sentido de nuestro ser de educadores. Y esto nos introduce directamente en el ámbito de la experiencia vocacional de cada uno de nosotros.
Vocación y profesión, lejos de constituir realidades contradictorias, son, ambas, dos experiencias necesarias y que, por tanto, deben ser cuidadas y cultivadas a lo largo de toda nuestra biografía como educadores. La vocación, aquel profundo requerimiento que siente el buen educador de entregar a su educando esos tesoros de verdades, bondades y bellezas que para él constituyen el camino de la realización personal, necesita, como todo afecto, ser alimentada. Este principio universal de todo educador adquiere una mayor radicalidad si cabe en la experiencia del educador cristiano. Aquel requerimiento se convierte en urgencia. El educador cristiano no solo se siente requerido por el educando, sino más bien urgido a ser el transmisor de experiencias profundamente humanas y cristianas.
Por eso el camino para alimentar la vocación del educador cristiano pasa por visitar y contemplar una y otra vez al Maestro en su entrega a la urgencia de anunciar el camino de la auténtica liberación, especialmente de aquellos más oprimidos por la esclavitud sea del tipo que sea. Educar consiste en desencadenar, en liberar para abrir a nuevos horizontes, pero para eso hay que mirar con mucha misericordia la esclavitud o las esclavitudes en las que viven nuestros alumnos, que no son más que la prístina manifestación de la esclavitud y las esclavitudes que vive nuestro mundo. Sin esta mirada misericordiosa sobre el dolor del presente no habrá vivencia de la vocación, solo juicios sumarísimos sobre lo mal que están las cosas para luego convertirlos en lamento y quejas paralizantes. Alimentar la vocación es una responsabilidad que debe ser asumida en todos los niveles: en el ámbito personal en primer lugar, en nuestra responsabilidad como creadores de ambiente con los compañeros y, por supuesto, como una responsabilidad primordial de los que ejercen la función directiva.
Lo que realmente urge es recuperar el sentido de nuestro ser de educadores

