La educación es ante todo una cuestión de amor

Intervención de Giuseppe Versaldi, Prefecto de la Congregación para la Educación, en el acto de lanzamiento del Pacto Educativo GlobalCatólica,

Antes que nada, quisiera subrayar el marco histórico dentro del cual el Papa sitúa la celebración del pacto educativo global: la pandemia de la COVID-19, que, según él mismo afirma, ha retrasado la realización del pacto y ha sido como un factor precipitante de la crisis ya existente y de la cual partía la exigencia de la iniciativa promovida por él, aunque se ha convertido en la causa de un ulterior agravamiento, en especial en el campo educativo. Los remedios que las tecnologías de la comunicación han ofrecido para continuar la educación, aunque sea a distancia, han mostrado la agudización, en el seno la población escolar, de una disparidad de proporciones tales como para que se la pueda definir como una “catástrofe educativa”.

El Papa toma esta constatación como punto de partida para lanzar la exigencia de un “nuevo modelo cultural” para una transformación que debe conducir a un “cambio en el modelo de desarrollo” que ve en el “poder transformador de la educación”, uno de los ejes más importantes. En efecto, según el Papa, la educación tiene el poder de romper determinismos, fatalismos, conformismos e ideologías por las cuales el fuerte prevalece sobre el más débil, para dar así esperanza a aquellos que son sistemáticamente descartados por la sociedad. Cabe subrayar cómo, retomando plenamente la tradición cristiana, el Papa coloca en la base de la educación no ya fórmulas de índole técnica, sino el amor (“la educación es ante todo una cuestión de amor”) que conduce a la responsabilidad de transmitir la verdad integral de generación en generación.

Y así como “la crisis que atravesamos es una crisis global” a causa de la interdependencia mundial, es necesario que el compromiso educativo implique a todos los componentes de la sociedad, que deben escuchar “el grito de las nuevas generaciones” para superar las “graves injusticias sociales, violaciones de derechos, grandes pobrezas y exclusiones humanas”. De ahí la exigencia (que la pandemia ha acentuado) de un compromiso de envergadura histórica para la suscripción de un “pacto educativo global para y con las generaciones más jóvenes”, un pacto que debe “involucrar en la formación de personas maduras a familias, comunidades, escuelas y universidades, instituciones, religiones, gobernantes, a toda la humanidad”.

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