Por: Junkal Guevara
Obviamente, muchas son las devociones marianas alrededor del mundo, muchas y muy ricas en contenido religioso, pero, posiblemente, la devoción a María en Guadalupe es la que convoca a un mayor número de personas, sobre todo, latinoamericanos, porque no hay comunidad, parroquia, capilla en el sur de América y el Caribe donde no esté la Virgen de Guadalupe presente, y no hay mexicano en cualquier parte del mundo que no se confíe a ella. Todavía recuerdo cómo se llenaba la parroquia de la Custodia de Tierra Santa en Jerusalén los días doce de diciembre que me tocó vivir allí.
Y tengo que decir que el relato de la aparición de la Virgen a Juan Diego me inspira, y el modo alegre y festivo de celebrarlo, también. Más allá de lo que esta devoción tiene de identidad nacional y continental, dos cosas me llaman la atención. La primera, incontestable, el mensaje de esperanza que contiene. La Virgen, una y otra vez, en cantos, oraciones, mañanitas, levanta y convoca la esperanza de los fieles, y sostiene su camino a través de tantas penas, injusticias y dificultades que, todavía hoy, imprimen la vida de los latinoamericanos. La segunda es esa imagen de los ojos de la Virgen con la cara del indio impresos en ellos. Y es que le daba yo vueltas estos días de Adviento en La Habana, María está delante de nosotros con una mirada en la que han quedado impresos los gozos y las esperanzas, las alegrías y tristezas de los seres humanos de cada tiempo. No se trata de que María, con el amor de una madre, mire a sus hijos; se trata de que en sus ojos están impresas las vidas de sus hijos. Y en ese punto se me desvela una suerte de “salto cualitativo”, y es que mirar y que se queden en tu retina impresas las imágenes de lo que ves es “muy fuerte”. Cuando las personas hacen cola para lo imprescindible; cuando se ven a merced, sí o sí, de la climatología adversa; cuando no acaban de ver cómo cambiar el orden de las cosas; cuando no pueden moverse por el mundo con libertad; cuando no pueden celebrar su fe públicamente… ¡Tantos cuándos insospechables para quienes vivimos en el confort del primer mundo! Estrenamos año, llegan los chicos y chicas con la mochila de las vacaciones navideñas, ¿por qué no hacemos una revisión médica oftalmológica? La LOMLOE nos exhorta a formar ciudadanos libres y críticos capaces de construir sociedades más inclusivas. ¿Por qué no pensar este año en hablarles de los ojos de Guadalupe?
Las vidas de otros, en sus ojos
Aprovechemos nuestro espacio docente, y si podemos hacer proyectos con otras áreas, mejor, para hacerles viajar por el mundo, no como turistas (que algunos pudientes ya lo harán habitualmente), sino como “guadalupanos”, es decir, para impregnar en sus ojos las vidas de otros, para hacerlos suyos, para “cargar” con sus desesperanzas y carencias. La universal catolicidad de nuestra fe nos hace “guadalupanos”, porque seguimos a Alguien que, cuando pasaba la mirada por lo que le tocaba vivir, siempre descubría la viejita invisible de la moneda, el recaudador avergonzado subido a un sicomoro, la mujer acusada de adulterio, etc. La Virgen en la advocación de Guadalupe nos permite pensar devotamente que su forma de educar a Jesús “graduó su mirada”; le enseñó a imprimir en sus ojos la vida de los otros. Año nuevo, gafas nuevas; o mejor, ojos nuevos, ojos donde se vayan imprimiendo los pulsos de la vida de nuestros contemporáneos. Eso sí, no necesitan los maestros que yo les recuerde que la mirada de nuestros chicos y chicas, por haber sido educada por las pantallas, es rápida, fugaz, devora imágenes sin filtro y sin cuento. María educó a Jesús en un ritmo lento y contemplativo; si no, es difícil que se te queden cosas que, de verdad, te cambien y cambien. De modo que estamos hablando, una vez más, de no rendirnos ante una educación de la interioridad, de aquella competencia espiritual, de la experiencia de la lentitud. ¡Tremendo! Pero sois educadores y, como tales, lleváis la esperanza en el ADN; ahí, también, os encontráis con la devoción a Guadalupe. De manera que, para todos, ¡felices ojos nuevos!
Año nuevo, gafas nuevas; o mejor, ojos nuevos, ojos donde se vayan imprimiendo los pulsos de la vida

