La fe entre la duda y la convicción
Solo permanece estático lo que está muerto, lo que le falta vida. No sabemos qué tumbos dará la vida, ante los cuales la fe experimenta todo tipo de cambios y transformaciones.
La fe no es un todo fijo y estático que permanece idéntico a lo largo del tiempo. Experimenta todo tipo de cambios y transformaciones como toda relación interpersonal. Si la fe es, esencialmente, un vínculo de confianza en Dios, una relación íntima con Dios que nace de las profundidades del corazón, esta relación, en la medida en que está viva, cambia, se modifica, muta, adopta momentos difíciles y también instantes de plenitud. Solo permanece estático lo que está muerto, lo que le falta vida. En este sentido, pues, es lógico pensar que, mientras uno vive, su vida espiritual fluye, con lo cual no está escrita la última palabra de la vida espiritual. Hay personas que dejan de creer en lo que creían. Algunos empiezan a creer en lo que nunca habían creído. No sabemos qué tumbos dará la vida, qué hallazgos hará uno, qué libros leerá que le golpearán y harán surco en su alma, ni qué experiencias pueden modificar lo que uno ahora siente y percibe.
La incertidumbre es la nota más característica de esa vida que estamos viviendo, también de nuestras aventuras afectivas, profesionales y, por supuesto, de nuestras cavilaciones espirituales. Solo tenemos una certeza, aunque rodeada de muchas incertidumbres, que dejaremos de estar, que algún día moriremos. Todo lo demás está abierto. En este sentido, pues, aconsejo (si se me permite) estar atento al cambio, que no se dé por muerto el propio itinerario espiritual.
No es lo mismo ser crédulo que creyente. El primero lo traga todo, no pone en duda nada, no cuestiona ningún mensaje si viene de alguien a quien atribuye autoridad, sea la madre, el padre o la maestra. El segundo, en cambio, trata de comprender lo que cree, trata de hablarlo, de estudiar los motivos de su adhesión. Hacerse mayor a nivel espiritual es dejar de ser crédulo, pero no significa tirar por la borda todas las creencias que teníamos de pequeños.
Mi forma de comprender a Dios se ha transformado significativamente desde entonces. Desde la adolescencia hasta la madurez, he tenido que desembarazarme una y otra vez de imágenes de Dios infantiles, increíbles y ridículas que me resultan insostenibles intelectualmente. En mi itinerario espiritual, he experimentado en propia piel muchas muertes de Dios y este proceso ha sido complejo, difícil, incluso agónico.
He tenido que enterrar muchas imágenes mentales de Dios, hasta comprender que es el misterio inefable. El misterio es lo oculto, escondido, lo que no podemos transformar en un problema, en un tema de estudio y, menos aún, en un objeto intelectual. De Dios sabemos más bien lo que no es que lo que es. No sabemos cómo representarlo. Es un enigma. Pero el ateo niega Dios, ¿qué niega cuando niega Dios? El agnóstico se limita a afirmar que lo desconoce. El cristiano no puede caer en la petulancia de decir que lo conoce. Se pone en sus manos y se sumerge en un misterio que trasciende las fronteras de la razón.
Un ejercicio de humildad, de audacia
Creo que ser cristiano es tener el coraje de abandonarse en esa incomprensible y original Totalidad de la realidad. Este abandono no es una dimisión del intelecto, tampoco una renuncia a pensar, sino todo lo contrario. Es un ejercicio de humildad, pero, a la vez, de audacia: una ínfima partícula del inmenso universo quiere relacionarse con la Totalidad que fundamenta toda la realidad. Es un ejercicio temerario. ¿Cómo es posible que una partícula tan pequeña de la realidad pueda conocer y comprender algo del misterio infinito que sostiene el universo?
La duda y la fe están muy cerca. Quien tiene fe, no sabe cómo es Dios, ni conoce sus particularidades. Se abandona a él con la esperanza de comprender algo. Vivir con dudas, tolerar las preguntas incómodas y, sin embargo, no caer en la tentación de negar lo que desconocemos nos une tanto a los agnósticos como a los cristianos.
Se pone en sus manos y se sumerge en un misterio que trasciende las fronteras de la razón

