Iglesia, también
A más de un veterano del lugar, el título le habrá recordado el cacareado eslogan, viral no hace tanto tiempo: “Jesús, sí; Iglesia, no”. Breve y contundente para que el golpe resulte eficaz. Primero un “sí” que deslumbre, cobijado en el prestigio del que dice invocar, para camuflar en realidad en el “no” posterior la decapitación de Jesús, al separarlo del cuerpo. Desde que el eslogan quiso enseñorearse del imaginario cristiano, era clara la artimaña del que anda siempre merodeando, disfrazado de luz, seduciendo a incautos cátaros redivivos para devorarlos. Cuando jugamos a puros, no se puede aceptar formar parte de una Iglesia pecadora. Y sorprende, aunque no tanto, que se invoque el nombre de quien escandalizaba por sentarse a comer con pecadores. Maravilla que se invoque precisamente el nombre de quien eligió hacerse materia. Nacer en una iglesia-doméstica, vinculada a una iglesia-sinagoga, en cuyo culto bebieron espiritualmente, en el marco más amplio de la iglesia-pueblo de Dios, nacida de la Palabra, recogida en la ley y los profetas, que no ha venido a abolir. Esta suerte de espiritualidad gnóstica nunca ve cizaña en sus campos. Ella está en el secreto solo a ella revelado. Pero lo que se revela finalmente es que no se aguanta a sí misma. No asume su materia, por eso termina en fariseísmo. No soporta a quien pone por delante a las prostitutas. Estaría bien indagar en el porqué alguien, que sabía un rato de neoplatonismo pasado por las aguas del bautismo, se atrevió a calificar a la Iglesia de “casta meretrix”. No hay como convivir entre alumnos para comprobar el poder vivificador de la iglesia-clase de Religión en la fascinante aventura de redescubrir en medio mismo de las limitaciones de todos aquel “y vio Dios que era bueno, muy bueno”. Él todo lo hace nuevo. Conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. Somos polvo, pero un polvo del que él se ha enamorado.

