Educar desde y para la cultura
Creemos frecuentemente que la cultura es un constructo social, extraño a la escuela que se alimenta y se mantiene sin ayuda de las instituciones u organismos sociales. Esta idea no puede ser más errónea. La cultura es la realidad que todos heredamos al nacer, habitamos y alimentamos durante la vida, y se transforma y amplía en nuestro cuerpo, nuestros saberes y nuestras costumbres. De esto podemos articular dos ideas. La primera, que la cultura somos nosotros mismos y por ello hay que conocerla y cuidarla. Como fenómeno social y como manifestación tangible de la riqueza del ser humano, requiere de la aportación de todos. La cultura solo se mantiene viva cuando se produce un intercambio consciente entre el legado histórico e identitario que la cultura transmite y los nuevos usos y significados de valor que las modernas sociedades (y las jóvenes generaciones) le atribuyen. Aquí es donde entra en juego la escuela. Si en la escuela no se conoce, cultiva y cuida la cultura, la que nos llega de la tradición y la que nos llega de otros lugares, la cultura se muere lentamente. Y con ella, nosotros también. La segunda idea es que la cultura se construye entre todos, porque al no ser estática necesita constantemente ser nutrida, ampliada y recreada. Este trabajo no lo hacen solo los artistas, sino la sociedad en general desde la capacidad creativa de cada sujeto y cada comunidad. De nuevo, aquí entra en juego la escuela, porque si la cultura se construye, tenemos la responsabilidad social de enseñar a las nuevas generaciones a amar lo heredado y a aprender a crear nuevas dimensiones de cultura, para mantenernos vivos. La pregunta que surge es de qué manera en las escuelas cuidamos la cultura y creamos nueva cultura. Nuestros planes de estudio tienen un déficit de aprendizaje y creación cultural que bien merece solventar. La cultura es vida, y la vida es sagrada.

