Cuídate mucho

En los meses de pandemia, se ha hecho habitual despedirse con un “cuídate” o un “cuidaos mucho”, en vez de (o junto con) los besos o abrazos de rigor entre personas próximas. Equivale al “cura ut valeas” o, más abreviado, al “valeas” o “¡vale!” latino al término de una carta, significando: cuídate para estar bien, que sigas bien, que tengas salud, o al más simple aún “salud”. El cuidado se ha erigido en eje de una ética. El “ama a tu prójimo como a ti mismo” ha venido a concretarse en “cuida de tus próximos como de ti mismo”, “cuida a otros como querrías que te cuidaran a ti”. Es cuidado de los más vulnerables: niños, adolescentes, ancianos. Lo es de la salud física y también de la mental, la anímica.

Seguramente nunca como ahora, frente al virus, cuidarse a uno mismo es el modo mejor de cuidar a los demás, y a la recíproca. A los descerebrados que se aglomeran en festejos hay que reprocharles que en su irresponsable descuido del autocuidado están poniendo en riesgo a los demás, no ya al resto de descerebrados del fiestón, sino a muchos otros de su entorno en una potencial cadena de transmisión. Una ética del cuidado implica, además, un gran respeto y reconocimiento (y no solo retórico, sino económico) de los “cuidadores”, sea de la salud o de concretas personas que necesitan especial cuidado: personal sanitario, asistentes de ancianos en residencias y en hogares, cuidadoras de niños, etc. En estos últimos apartados entran muchos trabajadores procedentes de otros países y sin los cuales no podría mantenerse una sociedad de cuidados. Ahí el cuidado de los demás se extiende a un cuidar a los cuidadores, en particular a aquellos que han venido de otro lugar, quizá con otro idioma, también ellos por eso mismo vulnerables y necesitados de mayor esmero en el cuidado.

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