Independientemente de la singularidad de cada persona y su momento vital, el proceso catecumenal ofrecía una propuesta definida de contenidos doctrinales, experiencias y compromisos. Se proponían retos que el catecúmeno debía pasar para recibir el bautismo y ser acogido en la Iglesia, siempre con la cercanía de los maestros que acompañan el proceso de cada persona. Con el bautismo masivo de los niños a partir del siglo iv, el catecumenado desapareció. Para recibir los sacramentos de iniciación ya no hacía falta pasar por un proceso de formación tan exigente como en los primeros siglos. Recientemente, el Concilio Vaticano II rehabilita el catecumenado: “Restáurese el catecumenado de adultos dividido en distintas etapas, […] que podrá ser santificado con los sagrados ritos, que se celebrarán en tiempos sucesivos” (Sacrosanctum Concilium 64). Años después (1972), se publicó el Ritual de la iniciación cristiana de adultos (RICA), con una propuesta educativa concreta para que los adultos reciban el bautismo.
A inspiración del catecumenado primitivo, el RICA propone un itinerario definido por etapas: “El primer grado, etapa o escalón es cuando el catecúmeno se enfrenta con el problema de la conversión y quiere hacerse cristiano, y es recibido por la Iglesia como catecúmeno. El segundo grado es cuando, madurando la fe y finalizado casi el catecumenado, es admitido a una preparación más intensa de los sacramentos. El tercer grado, cuando acabada la preparación espiritual, el catecúmeno recibe los sacramentos, con los que comienza a ser cristiano” (RICA 6). Durante el proceso, se proponen experiencias, escrutinios y ritos de paso.
El modelo catecumenal recuerda que el desarrollo pleno de la persona conlleva un proceso de formación por etapas donde se implican todas las dimensiones de la persona: la cognitiva (cabeza), la emocional (corazón) y la volitiva (manos). La propuesta de experiencias, junto con el acompañamiento de los maestros en la fe, hace posible el cambio personal que implica el bautismo.
El ser humano es proceso, vive en camino, instalado en el cambio y en evolución constante. Cada persona tiene su propio proceso condicionado por la herencia, el contexto social y cultural, los acontecimientos que vive, las personas que conoce y los obstáculos que encuentra en el camino de la vida. Cada proceso personal es original e irrepetible, subjetivo, y solo se puede conocer si la persona lo comunica.
La palabra “proceso” viene de “procedere”: ‘ir hacia delante’ y ‘caminar’. Lleva implícito el significado de progreso, de futuro, de fin, y se refiere al camino que se sigue para llegar a él, que implica una serie de pasos sucesivos, ninguno de los cuales sería posible sin los anteriores.
Una fuerza transformadora
El itinerario es la manifestación exterior de un proceso, es observable, mensurable y objetivable. El proceso, sin embargo, es subjetivo y solo se puede conocer si la persona lo comunica e, indirectamente, a través de los datos del itinerario. Si la educación solo que queda en el itinerario, sería superficial y no produciría un cambio de vida.
Para que se dé un verdadero proceso educativo que forme a cristianos adultos y produzca un cambio real en las personas, se necesita: un itinerario claro por etapas donde se propongan experiencias de vida, se presenten contenidos y se desarrollen competencias destinadas a construir la identidad cristiana; un sistema de acompañamiento para que los alumnos puedan interiorizar la propuesta del itinerario donde se cuide la relación personal del educador con el educando; una comunidad cristiana de referencia que sea garante de todo el proceso educativo; y una participación coordinada de diversos escenarios educativos en el proceso: familia, escuela, iglesia, empresa y redes educativas que enriquecen el proceso.
Con estas condiciones, la educación cristiana será una fuerza transformadora, no solo capaz de generar un cambio en las personas, sino en toda la sociedad.
Si la educación solo que queda en el itinerario, sería superficial y no produciría un cambio de vida

