Algo parecido pasó con los discípulos que volvían a Emaús (cf. Lc 24,1-35). Tampoco entendían bien el sentido de lo que había sucedido en Jerusalén, la muerte de Jesús: “Nosotros esperábamos que fuera el libertador de Israel”. Los dos relatos representan la situación de la persona que no tiene claves para interpretar el sentido de la realidad cuando se oculta a los sentidos. Felipe explica al etíope las palabras de Isaías y Jesús desveló a los discípulos “lo que decían de él las Escrituras”. La comprensión de la Palabra ilumina su entendimiento para comprender el verdadero sentido de los acontecimientos vividos. El discurso de Pedro en Jerusalén (Hch 2,14-41) es un claro ejemplo de cómo entender el mesianismo de Jesús a la luz de la historia de salvación contenida en el Antiguo Testamento. Después de su “caída del caballo” camino de Damasco, Pablo es instruido por Ananías. Seguidamente se lanza a la predicación de la Palabra de Dios formando comunidades cristianas. En Corinto “permaneció un año y seis meses enseñando la palabra de Dios” (Hch 18,11), y así en otras ciudades. Afirma que “toda escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para persuadir, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para hacer el bien” (2 Tim 3,16-17).
Felipe, Pablo y el mismo Jesús aprendieron a leer con los libros sagrados y, con ello, adquirieron una particular interpretación del origen y vocación del ser humano, la misión de Israel, el sentido del amor, el sufrimiento y la muerte. Reforzados por los consejos de sus padres e inmersos en las tradiciones culturales propias, adquirieron herramientas para entender la propia vocación y el sentido de la realidad. En los inicios de la Iglesia, el catecumenado se convirtió en una escuela donde los catecúmenos eran iniciados en los misterios de la fe a través de unas imágenes bíblicas que fácilmente podía comprender y aplicar a su vida existencial. El estudio sapiencial de la Biblia y la tradición eran fundamentales para configurar la identidad cristiana del catecúmeno.
Una buena educación cristiana en la escuela y la familia debe considerar con seriedad cómo introducir el estudio de la Biblia como herramienta para comprender la realidad. La educación integral no se reduce a la enseñanza de unas disciplinas académicas y unas habilidades para el trabajo y para la convivencia. Hoy, el sistema educativo está especialmente enfocado para que los niños tengan las competencias para sobrevivir en la dura competencia laboral que los espera. Con carácter marginal, se plantea la formación ética, filosófica y religiosa. Y la familia ha omitido esta responsabilidad, por lo que tenemos toda una generación que no ha recibido una transmisión efectiva de la herencia cultural y religiosa.
Una iniciación experiencial
Un gran desafío que tiene la educación actual es cómo enseñar a los niños a desvelar los misterios ocultos que tiene la dinámica ordinaria de la vida, es decir, que descubran cuál es el sentido de la vida, de la historia y de la relación del ser humano con la naturaleza. Entender el misterio requiere un cambio de conciencia, un proceso de iniciación experiencial en el que se une lo racional, lo emocional y lo volitivo: la cabeza, el corazón y las manos. Debemos enseñar a los niños a pensar más intuitivamente usando el lenguaje simbólico a través de la poesía, la narración y la expresión artística. Antes de usar los argumentos racionales, los seres humanos descubrieron el valor de los mitos y parábolas para explicar la realidad. Una educación con alma debe considerar la narración y el mito como parte fundamental de su didáctica. Y una educación cristiana debe incluir el estudio de la Biblia como parte esencial de su currículo. Ya hay buenas experiencias en la escuela y la familia, pero haría falta seguir avanzando para que no sean solo una anécdota, sino que estén en el corazón del proyecto educativo.
La Palabra de Dios es una lámpara para nuestros pasos, una luz para caminar por la apasionante aventura de vivir y, sin duda, una inspiración valiosa para transformar nuestra educación.
Entender el misterio requiere un cambio de conciencia, un proceso de iniciación experiencial

