El rito del bautismo es una puesta en escena del nacimiento del “hombre nuevo”. El bautizado recibe la unción con el santo crisma y el ministro le reviste con una túnica blanca: “Eres ya nueva criatura y has sido vestido de Cristo; recibe, pues, la blanca vestidura, que has de llevar limpia de mancha ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo, para alcanzar la vida eterna. Ayudados por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna”. En el rito se revela cuál es la finalidad de todo el proceso: “Alcanzar la vida eterna”, “el hombre nuevo” y “la vida en Cristo”.
Siglos después, tres santos educadores asumen la finalidad última del proceso catecumenal en la estructura de la escuela. San José de Calasanz escribe en las Constituciones de la orden que la finalidad de las Escuelas Pías es que los “alumnos alcancen la vida eterna con la ayuda de la piedad cristiana y las letras humanas”. San Juan Bautista La Salle anima a los maestros a trabajar para “hacer santos a los niños, de modo que alcancen el estado de varón perfecto y la plenitud de Jesucristo; que vayan creciendo en todo según Jesucristo, el cual es su cabeza” (MR 205,3). San Juan Bosco repetía a sus alumnos que todos pueden ser santos, basta con quererlo, porque es una realidad posible siempre que practiquen la piedad y cumplan los mandamientos.
Es evidente que el objetivo de “alcanzar la santidad” excede el período de tiempo que los alumnos están en la escuela. Al egresar del sistema escolar, el proceso educativo debe seguir a lo largo de la vida. Los santos educadores sabían bien que, si se construyen en la escuela buenos fundamentos en los alumnos, se ha de prever “un feliz transcurso de su vida”. De adultos, cada cual será responsable de su propio crecimiento personal con la ayuda de las herramientas que ha recibido en la infancia.
El Concilio Vaticano II recoge la larga tradición educativa de la Iglesia forjada a través de los siglos. “La educación cristiana […] no persigue solamente la madurez de la persona humana, sino que busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más conscientes cada día del don de la fe, mientras son iniciados gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en el espíritu y en verdad, ante todo en la acción litúrgica, adaptándose a vivir según el hombre nuevo en justicia y en santidad de verdad, y así lleguen al hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo y contribuyan al crecimiento del cuerpo místico” (Gravissimum educationis 2).
Una buena cosecha
Las instituciones de Iglesia debemos profundizar con valentía y creatividad en el fin último de la educación en la familia, la escuela, la catequesis. Honestamente, pienso que nuestra sociedad secularizada ha puesto límites a la excelencia humana arrinconando la dimensión religiosa. Así como se educa en diversas competencias necesarias para alcanzar madurez humana, los niños también tienen derecho a ser educados en el sentido cristiano y a conocer la bondad que supone imitar a Jesucristo. Ya es propio del ejercicio de su libertad, desarrollar la vocación cristiana y querer vivirla en plenitud.
Evidentemente, hay una crisis de sentido y de transmisión de la fe. Muchas familias tienen vergüenza de hablar de Dios y de rezar con los niños; en muchas escuelas cristianas la propuesta pastoral es tan débil que tiene escaso impacto en la experiencia de los alumnos y la catequesis de iniciación que se ofrece en las parroquias no está teniendo los frutos esperados porque muchos la viven como un rito social sin incidencia en la vida. En un momento de gran crisis social y religiosa del siglo XVI, san Felipe Neri renovó la catequesis en Roma y fue inspiración para otros grandes educadores. Escribió con sabiduría que “es posible restaurar las instituciones humanas con la santidad, pero no restaurar la santidad con las instituciones”. Si sembramos en los niños la vocación a ser santos, seguro que recogeremos una buena cosecha de hombres y mujeres que devolverán a la educación cristiana su belleza original.
Si sembramos en los niños la vocación a ser santos, seguro que recogeremos una buena cosecha

