La obsesión estética
En los grandes mensajes publicitarios se nos presenta, por activa y por pasiva, la perfección masculina y la perfección femenina. Todo cala en el imaginario colectivo.
El culto al cuerpo es un fenómeno que emerge con fuerza en nuestra sociedad. El deseo de tener un físico esbelto, esculpido a imagen y semejanza de los grandes iconos del cine y de la música pop, es una motivación para la práctica deportiva. Algunos lo confesarán; otros, no, pero la razón estética activa la práctica deportiva, porque se considera que, a través de ella, uno puede esculpir el cuerpo según su voluntad, liberarse de aquellas áreas de grasa o zonas de flaccidez que deslucen la imagen corporal y conseguir modelar el propio físico según el arquetipo que se impone desde los medios de comunicación social y, particularmente, desde la publicidad. Cuando falla la actividad física, existe el recurso a la cirugía plástica, a la intervención a través del bisturí, pero ello requiere un poder adquisitivo que no todos los ciudadanos poseen.
En los grandes mensajes publicitarios se nos presenta, por activa y por pasiva, la perfección masculina y la perfección femenina a través de cuerpos deslumbrantes. Todo ello cala, de un modo progresivo e inconsciente, en el imaginario colectivo. Se impone, de este modo, una tiranía estética que violenta el propio cuerpo y que, en algunos casos, acaba generando patologías y desórdenes de tipo alimentario que tienen sus consecuencias en el plano psicológico y emocional. La presión no solo afecta al género femenino, también al masculino, aunque, por razones culturales e históricas, la coerción es más intensa en la esfera de lo femenino. Esta violencia simbólica y subliminal sobre el cuerpo que han denunciado, con razón, las filósofas y antropólogas ecofeministas de tercera generación, es una vulneración de la propia libertad e introduce una relación entre el yo y el propio cuerpo caracterizada por la conflictividad.
Como apuntan los psicólogos y sociólogos, la mayoría de ciudadanos y ciudadanas no se gustan, no se sienten bien en sus propios cuerpos; en algunos casos, no se aceptan, se odian por el cuerpo que tienen; desearían ser diferentes de quiénes son, viven en tensión con su dimensión corporal. Ello no es un fenómeno universal, sino un rasgo característico de nuestra cultura masas.
Suplicio, sacrificio, no liberación
En este contexto, el deporte se convierte en una tarea puramente instrumental, en un medio para conseguir el codiciado cuerpo. No es vivido como una práctica de liberación, sino como un suplicio. Dentro de esta lógica, la práctica deportiva es vivida como una forma de sacrificio, como un castigo de los dioses o, peor todavía, como una penitencia que hay que pagar para poder expiar los pecados de la vida excesiva (la hybris lo llamaban los griegos), del parasitismo y de la comida rápida. En tal caso, el deporte no obedece a un acto libre, ni es el resultado de una decisión que emerge de las profundidades del ser humano. No es un modo de festejar la vida, ni de celebrarla en buena compañía, sino todo lo contrario; es el precio que hay que pagar para ser aceptada o aceptado socialmente; el peaje que se debe cotizar para poder presumir de un cuerpo bello según los cánones estéticos establecidos. Se vive como una condena, como una larga Cuaresma.
La obsesión por la imagen no es una cuestión baladí en nuestra sociedad. Afecta, de un modo creciente, a una población cada vez mayor y no solo a ciudadanos adultos, sino también a jóvenes, a adolescentes y a niños. Como consecuencia de ello se genera una industria orientada a este fin. Una constelación de profesionales, de empresas, de productos y de comerciantes está al servicio de este fin y, dentro de este abanico de objetos de consumo, están también los grandes centros deportivos, privados y públicos, que, en los últimos años, han experimentado un gran crecimiento de audiencia. En ellos, las máquinas para hacer ejercicio enmascaran el motivo por el cual muchas personas acuden a ellos diariamente. Es solamente una manera de socializar, de mostrar los modelos de ropa y zapatillas que se han comprado, de lucir el cuerpo para aquellos que pueden y de trabajar para poder lucirlo aquellos que todavía no pueden.
No es un modo de festejar la vida, ni de celebrarla en buena compañía, sino todo lo contrario

