El amor pedagógico y otros dones
La relación pedagógica está formada por una serie de elementos que emergen en el encuentro entre educando y educador. El primero es el reconocimiento del educando como ser humano valioso y singular, que provoca algunas actitudes gratuitas que se dirigen hacia él: un compromiso genuino del educador por su bienestar y su desarrollo integral, un interés auténtico por su progreso académico y personal, interés en su equilibrio emocional y corporal, así como una preocupación por su integración social. Esto supone entender los tiempos y ritmos de aprendizaje de cada estudiante. Cuando sucede esto en el entorno educativo, se ha producido una relación educativa. Es una relación generosa, en muchas ocasiones gratuita, que aspira a contribuir al desarrollo en plenitud de la persona a la que se acompaña. Esta relación, el amor pedagógico, es afectiva, ética y estética, pues se expresa en distintas dimensiones de la persona y se consolida cuando el educando reconoce esta relación y devuelve al educador ese reconocimiento en forma de respeto y compromiso. Ese compromiso se concreta en un esfuerzo personal por poner en juego aquellas potencialidades que pueden fructificar. Por tanto, a diferencia de otras formas de amor, el pedagógico se caracteriza por ser exigente con el educando, porque vislumbra las posibilidades del educando y lo conduce con amabilidad y generosidad por el camino que el propio educando va construyendo con su esfuerzo. Cuando hablamos del amor pedagógico no hablamos de sentimientos, sino de relaciones de escucha, acompañamiento y exigencia por parte del educador, y de esfuerzo, reflexión y equilibrio que el educando orienta hacia su crecimiento integral. El amor pedagógico es un don y un compromiso mutuo en una relación en la que la asimetría no invalida ni el respeto ni el deseo de plenitud.

