HACIA UNA RENOVACIÓN SABIA Y VALIENTE DE LA ERE

En la anterior entrada, reflexionaba, a partir del foro para el nuevo currículo que estaba teniendo lugar, sobre la necesidad de hacer una reflexión sabia y valiente sobre la ERE. Una vez concluido el foro, llega el momento no solo de seguir reflexionando sino de ir poniendo las bases de una renovación sabia y valiente de la ERE, siguiendo el deseo expresado en el documento Veritatis gaudium (VG 3) que ya comentamos en la anterior entrada y que seguirá siendo el centro de la reflexión de esta.

Según el documento, esta renovación sabia y valiente tiene que corresponder a la propuesta misionera de una Iglesia en salida (VG 3) para que pueda responder al cambio de época que se está dando.

Como ya dijimos, este documento, aunque está dirigido a las universidades y facultades eclesiásticas, puede ser de gran ayuda para orientar la renovación de la ERE en el ámbito escolar.

En esta entrada, voy a comentar los cuatro criterios fundamentales que, según el documento, deben guiar esta renovación y que se encuentran en el número 4 de Veritatis gaudium ya que considero que pueden servir para la renovación del nuevo currículo de la ERE.

El primer criterio “prioritario y permanente es la contemplación y la introducción espiritual, intelectual y existencial en el corazón del kerygma”. La ERE debe partir de esta experiencia del kerygma, del acontecimiento de la revelación de Jesús, y realizar una reflexión y contemplación del mismo. De alguna manera, para situarse en el ámbito académico, la ERE debe ser teología, que se adentra en el kerygma; y el profesor de religión, un teólogo. La teología, como disciplina académica, puede dialogar con otras disciplinas. Por ello, no debe hacerse de la clase de religión una prolongación de la catequesis sino un lugar de reflexión teológica que, siguiendo los pasos de su propio método, es capaz de dar razón del kerygma y de ponerlo en diálogo con las otras materias académicas.

El segundo criterio es “el diálogo a todos los niveles [para] promover una verdadera cultura del encuentro”. Desde esta afirmación, se puede concebir no una ERE cerrada sobre sí misma sino una ERE abierta a las demás disciplinas y a un encuentro que favorezca el crecimiento común. Lejos de aislarse en la autorreferencialidad de la propia materia, el documento trata de abrir los estudios eclesiásticos y, en consecuencia, la ERE a una salida de sí que dialogue con los demás estudios: lo que hemos llamado una “ERE en salida”. De aquí se sigue la necesidad de revisar el currículo tanto en su composición como en su metodología. Aunque este documento es el del 27 de diciembre de 2017, la reforma de la LOMLOE puede ser la ocasión para poner en marcha estos criterios que fueron presentados hace ya más de tres años.

No se puede desperdiciar esta ocasión para renovar la ERE y configurarla de tal manera que se pueda apreciar su validez académica y su necesidad dentro de los planes de estudios al nivel de las otras materias. De ahí la urgencia con la que el documento invitaba a esta revisión: “de esto se deriva que se revise, desde esta óptica y desde este espíritu, la conveniencia necesaria y urgente de la composición y la metodología dinámica del currículo de estudios que ha sido propuesto por el sistema de los estudios eclesiásticos, en su fundamento teológico, en sus principios inspiradores y en sus diversos niveles de articulación disciplinar, pedagógica y didáctica. Esta conveniencia se concreta en un compromiso exigente pero altamente productivo: repensar y actualizar la intencionalidad y la organización de las disciplinas y las enseñanzas impartidas en los estudios eclesiásticos”. Como decía, los cambios a hacer, como consecuencia de la implantación de la LOMLOE, son la ocasión para esta revisión tanto en la composición como en la orientación de la ERE.

El tercer criterio es consecuencia del segundo: “la inter- y la trans-disciplinariedad”. Si el segundo criterio llamaba al diálogo en todos los niveles y a crear una cultura del encuentro, esto, en el ámbito académico, se puede realizar en la interdisciplinariedad y en la transdisciplinariedad. La inter y transdisciplinariedad devuelven el saber a su visión unitaria. Lejos de la atomización a la que ha llevado la especialización iniciada con la Ciencia Moderna que ha parcelado el saber en ámbitos independientes, se necesita una visión unitaria del mismo que sea capaz de dar respuesta a la situación de nuestro mundo. Ya Juan Pablo II, en Fides et ratio 85, exponía su convicción de la necesidad de llegar a una visión unitaria y orgánica del saber. O Benedicto XVI, en Caritas in veritate 33, llamaba a ensanchar la razón (ambos textos son citados en Veritatis gaudium). No se puede aquí abordar ampliamente esta cuestión, pero se debe tener en cuenta que con la Ilustración la racionalidad se redujo a un modelo de razón (la empírico-crítica-matemática) que se concretó en la racionalidad científica dejando fuera de la misma otras dimensiones de la racionalidad. Este reduccionismo epistemológico supuso un reduccionismo antropológico y ontológico ya que todo aquello que no fuese alcanzado por esta razón quedaba fuera de lo racional e, incluso de lo real y reducía, al mismo tiempo, la comprensión del ser humano.

No se trata solo de poner en diálogo las distintas materias (cosa que no es poco) para comprender desde distintos puntos de vistas un objeto de estudio; sino de alcanzar una visión holística y global del saber (transdisciplinariedad). Como dice el documento “la interdisciplinariedad: no sólo en su forma «débil», de simple multidisciplinariedad, como planteamiento que favorece una mejor comprensión de un objeto de estudio, contemplándolo desde varios puntos de vista; sino también en su forma «fuerte», de transdisciplinariedad, como ubicación y maduración de todo el saber en el espacio de Luz y de Vida ofrecido por la Sabiduría que brota de la Revelación de Dios”.

Por lo tanto, es ensanchar la razón para tener una visión global del saber frente a un saber fragmentado. Es dialogar entre todas las disciplinas para profundizar en la comprensión de la complejidad de lo real. De alguna manera, es una vuelta a un saber humanista que huye de la atomización. Esto no solo supone un cambio del currículo y su metodología sino, sobre todo, un cambio en el educador que tiene que ponerlo en práctica. Es salir del solipsismo en el que, a veces, los docentes nos encontramos cuando cerramos la puerta de nuestra aula y olvidamos otras materias, otros docentes, otras parcelas de la realidad y a un alumno que no vive la vida tirando de materias separadas sino como una unidad existencial en la que vivir y situarse.

Algunos ejemplos de este diálogo de la ERE con otras materias, se han indicado en la propuesta que Antonio Roura ha llamado “fusión curricular”, como se publicó en algunos números de Religión y Escuela.

El cuarto criterio es consecuencia del anterior: “crear redes”. Para poder realizar esta transdisciplinariedad hay que crear redes entre profesores, colegios, instituciones, familias y sociedad.

En VG 5, se pide la creación de centros de investigación donde estudiosos de diferentes disciplinas y convicciones religiosas puedan dialogar con libertad y transparencia. También la ERE debe situarse en este diálogo académico con otras disciplinas y hacer su aportación específica al saber y a la educación de la persona. Es salir de sí y “así los estudios eclesiásticos serán capaces de dar su contribución específica e insustituible, inspiradora y orientadora, y podrán dilucidar y expresar su tarea de modo nuevo, interpelante y real. ¡Siempre ha sido y siempre será así! La Teología y la cultura de inspiración cristiana han estado a la altura de su misión cuando han sabido vivir con riesgo y fidelidad en la frontera” (VG 5).

Esta puede ser la conclusión: vivir con riesgo y fidelidad en la frontera para llevar a cabo una renovación sabia y valiente.

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