Aportación para la Comisión Internacional Los futuros de la Educación. Horizonte 2050. UNESCO

Carlos Esteban, respondiendo a la invitación de la UNESCO, trasladó algunas consideraciones que sitúan la enseñanza de las religiones en el corazón de los futuros de la educación. La Comisión Internacional dará a conocer su Informe definitivo para inspirar el futuro de la educación en siglo XXI en el mes de Noviembre de 2021.

Comprometidos con los futuros de la educación

Una de las iniciativas que impulsan el nuevo humanismo de alcance global, seguramente la más emblemática, es la propuesta Los futuros de la educación. Aprender a transformarse. Es una nueva invitación de la UNESCO que “tiene como objetivo repensar la educación y dar forma al futuro. La iniciativa está catalizando un debate mundial sobre cómo hay que replantear el conocimiento, la educación y el aprendizaje en un mundo de creciente complejidad, incertidumbre y precariedad”.

Felicitamos por esta iniciativa a Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO, y a Sahle-Work Zewde, Presidenta de la República Democrática Federal de Etiopía y líder de la Comisión Internacional que elaborará el informe para noviembre de 2021. Deseamos que resulte beneficioso para la educación en el mundo y agradecemos su compromiso de “estudiar detenidamente las aportaciones recibidas a través de los procesos de consulta. Esta inteligencia colectiva se plasmará en el informe mundial y en otros productos del conocimiento relacionados con la iniciativa”.

Por nuestra parte, acogiendo su llamada a participar en el proyecto, nos sumamos presentando esta aportación. Lo hacemos con el fin de “pensar juntos y forjar los futuros que queremos”. Compartimos nuestra perspectiva con la esperanza de que todas las colaboraciones de individuos, redes y organizaciones “alimentarán el trabajo de la Comisión Internacional y darán forma al debate mundial”.

Nuestra aportación a la Comisión Internacional, tras un análisis de la realidad global con sus debilidades y fortalezas, contiene dos ejes que, para nosotros, serán imprescindibles en los futuros de la educación. Ambos están en línea con la perspectiva humanista de la UNESCO y merecen un refrendo mundial para una inclusión de “todos, sin excepción” (Informe GEM 2020).

  • La dignidad humana, el concepto más revolucionario del siglo XX, está dotado de tal fuerza transformadora que su sola invocación ha servido y sirve para superar los numerosos obstáculos que padece el progreso ético de la humanidad. A este valor supremo están subordinadas ideologías y religiones.
  • Los valores e ideales, las creencias y convicciones, deben formar parte de la educación y son necesarios en los procesos formativos para alcanzar el más alto de sus fines: despertar y cuidar la dignidad. El pleno desarrollo y bienestar humanos reclaman contextos de diversidad cultural y de soberana libertad.

Persisten inhumanos problemas en la educación de nuestro mundo

“Nunca había sido tan crucial convertir la educación en un derecho universal y una realidad para todos. Nuestro mundo en rápida mutación se enfrenta constantemente a desafíos considerables, desde las innovaciones tecnológicas desestabilizadoras hasta el cambio climático, pasando por los conflictos, el desplazamiento forzado de personas, la intolerancia y el odio, que agravan aún más las desigualdades y tendrán repercusiones en los próximos decenios. La pandemia de COVID-19 ha evidenciado y ahondado aún más estas desigualdades, así como la fragilidad de nuestras sociedades” (Informe 2020 del GEM).

Como denuncia este estudio, millones de personas todavía están perdiendo la oportunidad de aprender. Solo el 18% de los jóvenes más pobres terminan la escuela secundaria; en 20 o más países, principalmente del África Subsahariana, prácticamente ninguna joven de zonas rurales termina la escuela secundaria; más de 263 millones de menores de 18 años en todo el mundo no están escolarizados.

Según UNICEF, de mantenerse la tendencia actual, la educación primaria universal se conseguirá en 2042, el acceso universal al primer ciclo de secundaria se alcanzará en 2059 y, al segundo ciclo, en 2084. Otros datos dolorosos son que casi mil millones de habitantes de nuestro planeta siguen siendo analfabetos, y casi un tercio de los adolescentes del mundo han sufrido acoso escolar recientemente (Informe 2019).

A estos inhumanos datos añadimos la fragilidad antropológica que se percibe en los fines de la educación, sobre todo en los países más desarrollados. También una decadencia de las humanidades en sus los sistemas educativos más centrados en la empleabilidad que en el aprender a vivir. Todo ello ha derivado en un cierto pragmatismo más centrado en el aprender a hacer que en el ser. Por ello, denunciamos que enseñar el cómo, pero no el porqué y el para qué, nunca será una idea inocente; sin el humanismo no sabremos dónde ir, solo podremos bajar la cabeza y obedecer órdenes, como en los mundos de George Orwell o Aldous Huxley (Esteban Garcés, 2020)

Este utilitarismo y economicismo ha invadido espacios en los que no debería haber entrado nunca, por ejemplo, los centros educativos, pero también en la cultura y la política (Nuccio Ordine, 2013). Este escaso interés por los bienes del espíritu ha pasado de ser una debilidad pedagógica en la escuela a ser una fragilidad antropológica en la sociedad. Este filósofo y profesor de literatura de la Universidad de Calabria denuncia de que con el dinero podamos comprar casi todo, jueces, parlamentarios, cadenas de televisión. Pero, hay algo que, sin embargo, no se puede alcanzar con todo el oro del mundo: el conocimiento; y algo que está es todos los seres humanos: su dignidad.

Señales de esperanza para la educación en el mundo

Junto a estos dolorosos datos de la educación en el mundo, nosotros percibimos motivos para la esperanza y para creer en el futuro. Además de la iniciativa Los futuros de la educación. Aprender a transformarse, de la UNESCO, observamos otros signos que apuntan a un nuevo humanismo. Este giro antropológico reivindica poner a la persona en el centro de la educación con perspectiva global y propone la dignidad humana como eje de la educación del futuro. Citemos algunas iniciativas que nos acercan hacia un nuevo renacimiento y hacia la construcción de la casa común de la humanidad.

Tras la experiencia de las evaluaciones internaciones PISA centradas en competencias matemáticas y en ciencias, y en la comprensión lectora, la OCDE ha comprobado que sus prioridades han resultado no ser tan decisivas en la formación para la vida. Con su insistencia en la empleabilidad quedaban demasiadas preguntas sin responder y ha sido necesario impulsar la incorporación de una nueva competencia global. Esta iniciativa se inserta dentro de la estrategia The Future of Education and Skills OECD Education 2030 Framework y pretende reorientar la reflexión educativa hacia las destrezas básicas que realmente se necesitan para la vida. Con esta propuesta se contribuirá a un cierto equilibrio humanista esencial para los fines de la educación y se transformará una percepción social más holística de la educación (OCDE, 2018).

Otra apuesta esperanzadora es la Agenda 2030 y su compromiso con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Compartimos la urgencia de erradicar la pobreza y la injusticia en todas dimensiones y formas; compartimos su prioridad con las personas y el planeta. Supone un nuevo marco mundial para redirigir a la humanidad hacia un camino sostenible, hacia una casa común. La Declaración de Incheon concluyó un compromiso histórico entre naciones para transformar vidas mediante una nueva visión de la educación más inclusiva y equitativa (Foro Mundial sobre la Educación, 2015).

A estas cuestiones candentes sumamos el renovado planteamiento sobre la educación de la ciudadanía que se está configurando con una perspectiva mundial. Desde 2012 se viene promoviendo formalmente la iniciativa de Naciones Unidas La educación ante todo (UNESCO, 2014, 2015 y 2017). Se trata de una propuesta en clave de ciudadanía global que nosotros compartimos y a la que añadimos el enfoque de una educación transformadora para hacer posible otro mundo más equitativo y sostenible que nos permita incluir a todos y todas, sin exclusión alguna.

También la creciente atención a la educación intercultural apunta a un nuevo humanismo en la educación. La vemos expresada en documentos institucionales de la Unión Europea (Competencias para una cultura democrática, 2014), en la UNESCO (Competencias interculturales, 2017), y en la OSCE (Principios orientadores sobre la enseñanza acerca de religiones y creencias en las escuelas públicas, 2008). En todos ellos se subraya la necesaria atención educativa a los valores e ideales, a las creencias y convicciones, que son ineludibles para despertar la dignidad humana y desplegar las identidades personales y el diálogo social.

Aprender a ser: la dignidad en el centro. La acertada prioridad de la UNESCO

Una educación centrada en el aprender a ser persona constituye la respuesta fundamental a la pregunta sobre el sentido de la educación. Es muy relevante tomar conciencia de la pregunta, pero más relevante es la respuesta, centrada precisamente en el aprender a ser y en la dignidad humana. Por ello, compartimos la mirada de la UNESCO a la educación del siglo XXI cuando apuesta por el aprender a ser como uno de los pilares de la educación. Así lo viene proponiendo en sus tres últimos informes mundiales más emblemáticos desde hace medio siglo.

El Informe Faure fue visionario al poner el acento de la educación en aprender a ser. Muchos argumentos que hoy nos parecen innovadores estaban allí indicados. “¿No ha llegado el momento de exigir algo muy distinto a los sistemas educativos? Aprender a vivir; aprender a aprender, de forma que se puedan ir adquiriendo nuevos conocimientos a lo largo de toda una vida; aprender a pensar de forma libre y crítica; aprender a amar el mundo y a hacerlo más humano; aprender a realizarse en y mediante el trabajo creador” (1972).

El Informe Delors añade que “una nueva concepción más amplia de la educación debería llevar a cada persona a descubrir, despertar e incrementar sus posibilidades creativas, actualizando así el tesoro escondido de cada persona”. Es muy claro cuando afirma que “la finalidad de la educación es el pleno desarrollo del ser humano”. Y hace una aportación irrenunciable cuando propone los pilares del conocimiento: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser (1996)

El informe de Irina Bokova, con el título, Replantear la educación. Hacia un bien común mundial, refuerza la prioridad educativa del ser, tanto en su dimensión individual como social: “En el mundo aumentan las aspiraciones a los derechos humanos y la dignidad. Las sociedades de todo el planeta exigen nuevas formas de educación más allá de la alfabetización y la adquisición de competencias básicas centrándose en nuevos enfoques del aprendizaje que propicien una mayor justicia, la equidad social y la solidaridad mundial” (2015).

Compartimos esta mirada a la educación del siglo XXI, centrada en el ser y en la dignidad humana, que reclama valores e ideales, creencias y convicciones, como necesarios para la formación integral porque “el mundo, frecuentemente sin sentirlo o expresarlo, tiene sed de ideales y de valores, la supervivencia de la humanidad depende de ello” (Informe Delors,1996).

Educar la dignidad reclama los valores e ideales, las creencias y convicciones

Educar es proponer una utopía centrada en la dignidad humana de todos

La educación del futuro debe repensar sus objetivos. Más allá de la transmisión de conocimientos, deberá despertar en todos los estudiantes la dignidad humana, desplegarla en su identidad personal y a vivir con otros, ahí están las raíces de su vida Este cambio es más radical de lo que pudiera parecer a primera vista y, quizá, por esto, aunque se habla de ello, no acaba de implementarse.

Así lo explica Ruiz Tarragó: La modernidad líquida ha cambiado el panorama de estabilidades y certezas que antes poseía el mundo de la educación. Construir esta utopía pasaría por ser capaces de diseñar y poner en marcha, de manera pausada, participativa y humilde, una renovación pedagógica que superara unas disfunciones que cada día que pasa son más manifiestas (La educación que queremos, 2018).

Una transformación significativa y sostenible del futuro de la educación solo es posible a partir de un gran relato, de una utopía que alimente las expectativas holísticas de la comunidad educativa y del mundo. Solo una utopía puede empujar la educación y el mundo hacia una buena vida para todos y todas.

Pues bien, para educar el ser, para poner en el centro de la educación la dignidad humana como valor supremo, para acompañar los procesos formativos de cada persona, entendemos que es completamente necesaria la presencia en los procesos formativos de valores e ideales, de creencias y convicciones, porque son los que vertebran la identidad personal que cada uno conforma libremente como resultado de la educación.

Para que la educación del futuro contribuya a aprender a vivir debe suscitar preguntas existenciales que, más allá de responder al cómo son las cosas, se interrogue sobre los porqués y los para qué. Son precisamente estas preguntas las que se responden con los valores y creencias que acumulan las civilizaciones humanas.

Desde una utopía centrada en la dignidad humana de todos y de todas, en la casa común de la humanidad, miramos el futuro con esperanza y orientamos la educación hacia la transformación del mundo. Creemos, como decía Nelson Mandela, en la educación como el arma más poderosa para mejorar el mundo. A través de la educación podemos dejar atrás la injusticia, la violencia y hacer de este mundo la casa común. “No hay motivo para que haya pobres en el mundo y espero que llegue un día en que podamos crear un museo de la pobreza, de forma que los niños se pregunten cómo pudo existir y porqué la aceptamos durante tantos años” (Muhammad Yunus, Premio Nobel de la Paz, 1998).

Educar es hacernos responsables de la diversidad y la casa común

La educación del futuro requiere un nuevo humanismo que mantenga juntas la unidad y la diversidad, la igualdad y la libertad, la identidad y la alteridad. Hay que sembrar la idea a todos los estudiantes de que unidad y diversidad no se excluyen, más bien se necesitan. De lo contrario, nos encontraremos ante una unidad asfixiante, que elimina la alteridad, haciendo imposible la existencia del otro.

Los procesos educativos deben empoderar a las nuevas generaciones de la responsabilidad en el cuidado de la casa común, de las personas y de la naturaleza. Como dice Hannah Arendt: “la educación es el momento que decide si amamos lo suficiente al mundo como para responsabilizarnos de él y salvarlo de la ruina. En la educación se decide también si amamos tanto a nuestros hijos al punto de no excluirlos de nuestro mundo y los preparamos para la tarea de renovar un mundo que será común a todos” (Arendt, 1961).

La educación que queremos en el futuro debe asumir un liderazgo capaz de transformar las sociedades. La educación es un bien público, y como tal ha de ser inclusiva, equitativa y participativa, debe estar orientada al bien común y debe preparar para la vida a todos y todas, sin excepción. “No existe una fuerza transformadora más poderosa que la educación para promover los derechos humanos y la dignidad, erradicar la pobreza y lograr la sostenibilidad” (UNESCO, 2015).

Promover la educación integral reclama poner un acento especial en aquellas dimensiones menos visibles en la escuela porque no se ven reflejadas en los rankings o no se evalúan en las pruebas estandarizadas. Además del ámbito cognitivo, deben cuidarse otros, por ejemplo, el ámbito vital de cada persona: la construcción moral, las actitudes y de los valores en el desarrollo libre del alumnado, las creencias y convicciones, o la necesidad de avanzar en una ética del cuidado.

Es necesario, por tanto, fortalecer una formación ética y en valores. Este será el principal aprendizaje de las personas: elegir el modo de vida que realmente queramos para nosotros. Esta necesaria formación moral debe atender al menos estas prioridades:

  • Aprender a ser es una formación ética que permite alcanzar el mayor grado posible de autonomía y, a la vez, de responsabilidad.
  • Aprender a convivir juntos es una formación ética que impulsa la creación de vínculos entre las personas y las culturas.
  • Aprender a habitar el planeta es una formación ética que contribuye a cuidar la ciudadanía global y la naturaleza.

En definitiva, la educación de futuro nos exige prestar atención a esta formación moral para formar a ciudadanos globales comprometidos en la conquista de un mundo más justo y sostenible.

Educar es cuidar lo emocional y lo espiritual

Las recientes aportaciones de la neurociencia y el interés por el bienestar integral han confirmado la necesidad de prestar más atención a la educación emocional como elemento clave del proceso educativo. El ser emocional no es lo opuesto al ser racional, sino algo complementario y significativo. El cerebro emocional y el cerebro cognitivo, aunque con funciones diferentes, se relacionan continuamente y, unas veces uno y otras veces otro, toman las riendas de nuestra vida.

La educación del futuro debe ser capaz de reconocer esta dimensión emocional de todo ser humano, educarla y tenerla en cuenta en todas las interacciones que se producen en el aula desde la emoción hacia la cognición. Debe tener en cuenta el mestizaje de lo emocional con lo racional, emoción y cognición constituyen una misma realidad personal indisoluble.

También se confirma cada vez más que la inteligencia espiritual es una realidad latente en todas las personas, una realidad antropológica que debe ser educada para que despliegue todo su potencial. Más allá de las religiones, todo ser humano tiene un sentido y unas necesidades de orden espiritual que pueden desarrollarse tanto en el marco de las tradiciones religiosas como fuera de ellas. Esta inteligencia espiritual se define como la capacidad para comprender la vida humana, es lo esencial que hace emerger la cuestión del sentido de la vida, de cuyas respuestas dependerá, en buena medida, la realización y felicidad humanas.

La educación del futuro, que favorece el desarrollo de la persona en todas sus dimensiones, debe cuidar en mayor medida esta realidad antropológica. Más allá de una formación ética cívica, la educación del futuro debe aspirar a nutrir de sentido la vida para contribuir a la mayor realización humana posible. Serán necesarias las creencias y los valores, que tienen esa capacidad nutricia. Por supuesto, en una buena educación se proponen, pero no se imponen.

La pedagogía de la interioridad converge aquí como el lugar íntimo de la persona donde se asiste a todos los acontecimientos de la propia vida. En ese interior acontece un diálogo protagonizado por ese yo, que confronta deseos, afectos, pasiones, emociones, sentimientos, valores e ideales, creencias y convicciones. El resultado de estos diálogos es el que determina las decisiones personales y la conducta humana, en definitiva, ese resultado conforma la identidad personal.

La necesaria presencia de las creencias y de los valores en la educación

La educación del futuro debe incorporar una enseñanza de las religiones, siempre en clave de pluralidad, para asegurar la propuesta de valores e ideales, de creencias y convicciones, en los procesos educativos. Todo proceso formativo que sea completo reclama la presencia de los valores y de las creencias que se deben proponer, conforme la diversidad de cosmovisiones y religiones, pero nunca se deben imponer.

Entendemos lo religioso como una dimensión antropológica y sociocultural presente a lo largo de la historia de la humanidad. Comprendemos que las religiones deben superar sus riesgos de fundamentalismo e intolerancia para proponer, desde la diversidad cultural de las sociedades, sus valores y creencias en una sana pedagogía, es decir, sin proselitismos.

La Resolución 1396 del Consejo de Europa dice: “Democracia y religión no tienen por qué ser incompatibles. Más bien al contrario. La democracia ha demostrado ser el mejor marco para la libertad de conciencia, el ejercicio de la religión y el pluralismo religioso. Por su parte, la religión, por su compromiso moral y ético, por los valores que sustenta, por su enfoque crítico y su expresión cultural, puede ser un compañero válido de una sociedad democrática”. La Recomendación 1720 del Consejo de Europa reitera que es necesario “el conocimiento de las religiones”. Y añade: “incluso en los países donde una religión predomina deberían enseñar acerca de todas las religiones”.

La educación del futuro debe atender la convergencia que percibimos entre competencia global de la OCDE y la enseñanza de las religiones. Ambas se orientan a las destrezas básicas que se necesitan para la vida, los conocimientos y las actitudes necesarias para interactuar con la diversidad de culturas y cosmovisiones. Ambas pedagogías impactan en las identidades personales y requieren de valores y creencias para aprender a habitar el planeta.

La educación del futuro debe cuidar la concordancia de las propuestas educativas de la UNESCO con las finalidades educativas de la enseñanza de las religiones. Ambas perspectivas son afines en su compromiso con la formación para el bienestar personal y social. Pues bien, esta alta aspiración necesita de valores y creencias que las sabidurías religiosas pueden proponer en el proceso educativo.

La educación del futuro debe contemplar las sinergias que percibimos entre Agenda 2030, los ODS, y la enseñanza de las religiones. Ambas realidades comparten prioridades: la dignidad de las personas, el cuidado de las personas, el desarrollo sostenible y la prosperidad, la erradicación de la violencia y de la pobreza para construir la paz. Como vimos, la Declaración de Incheon respalda el firme compromiso de los países con esta educación inclusiva y equitativa.

La educación del futuro asumirá las propuestas de ciudadanía mundial cuyos argumentos se correlacionan con los aprendizajes esenciales de la enseñanza de las religiones en la escuela. La conexión entre ambas se percibe en sus objetivos de aprendizaje: reconocer y apreciar las identidades múltiples y nuestra humanidad común; adquirir y aplicar competencias sociales para el conocimiento cívico; reconocer y examinar creencias y valores; desarrollar actitudes de interés y empatía; y adquirir valores de equidad y justicia social (UNESCO, 2015).

La educación del futuro asumirá como responsabilidad propia las finalidades de la enseñanza de las religiones y los Principios de Toledo de la OSCE que desde 2008 priorizan la lucha contra la intolerancia y la discriminación. La OSCE solicita a los Estados que aborden políticas para despertar la conciencia pública que “mejoren el entendimiento entre las diferentes culturas, etnias, religiones o creencias, y fomenten el respeto mutuo y aspiren a prevenir la intolerancia y la discriminación contra cristianos, judíos, musulmanes y miembros de otras religiones”. En ambas propuestas se percibe su clara convergencia con el marco de la dignidad y los derechos humanos.

La enseñanza de las religiones es necesaria en la educación del futuro

Proponemos, en definitiva, que la educación del futuro incorpore una enseñanza de las religiones por sus contribuciones educativas necesarias para el pleno desarrollo de la dignidad humana. Solicitamos que esta enseñanza de las religiones, por realizarse en el marco de la institución escolar, esté abiertamente alineada con las finalidades propias de la escuela, es decir, que sea formación integral. Las sabidurías religiosas, por tanto, nunca deberán promover el proselitismo. Deberán estar comprometidas en la superación del fundamentalismo religioso y su intolerancia.

La enseñanza de las religiones, como toda la escuela, contribuirá al desarrollo holístico del ser humano y del planeta que habitamos. Por eso, la enseñanza de las religiones debe entenderse, esencialmente, como formación integral, contribuirá a la construcción de la identidad personal despertando su dignidad humana como valor esencial, desplegando todas las potencialidades de un proyecto vital que pueda realizar plenamente el bienestar personal y social.

La enseñanza de las religiones, en línea con la función cultural de la escuela, contribuirá a que los alumnos comprendan y se sitúen lúcidamente en la cultura. Además del conocimiento y aprecio de nuestro patrimonio cultural en sus diversos lenguajes artísticos, proponemos las explicaciones sobre su significado. Aportará una llamada al diálogo intercultural e interreligioso. También ayuda a que todas las identidades progresen hacia el pleno reconocimiento de la dignidad humana.

La enseñanza de las religiones, en línea con la función social de la escuela, contribuirá a que los alumnos socialicen y se inserten críticamente en la sociedad. Además de la comprensión de los entornos locales, también será necesario comprender la dimensión global. Esta formación esencial, aprender a vivir juntos, hace referencia a la dimensión social de la persona. Nosotros sumamos el pensamiento crítico que empodera la libertad personal y la responsabilidad social.

La enseñanza de las religiones, en línea con las finalidades de la escuela, despertará la dignidad y cuidará la construcción de la identidad personal que, en su estrato más profundo está formada por ideas y creencias; acompañará el crecimiento interior nutriendo sus raíces con valores e ideales; inspirará el bien personal y el bien común propios de las mejores sabidurías religiosas; y alumbrará una madurez capaz de generar un bienestar completo y un sentido para la vida.

La enseñanza de las religiones, en definitiva, es necesaria en la educación del futuro porque nutre la formación integral con valores e ideales basados en la dignidad humana y la fraternidad universal haciendo posible que cada alumno sea soberano y libre a la hora de confirmar su identidad personal y su proyecto vital.

En conclusión, proponemos para la educación del futuro una enseñanza de las religiones caracterizada por sembrar aprendizajes invisibles, quizá inadvertidos, pero que son esenciales en el desarrollo de la dignidad humana y en la construcción de un mundo inclusivo. Estos aprendizajes esenciales son, básicamente, valores e ideales, creencias y convicciones, propios de las sabidurías religiosas.

Es imposible no percibir la llamada de la UNESCO a cuidar los valores y las creencias en los procesos educativos cuando decía: “el mundo, frecuentemente sin sentirlo o expresarlo, tiene sed de ideales y de valores que vamos a llamar morales para no molestar a nadie. ¡Qué noble tarea la de la educación de suscitar en cada persona, según sus tradiciones y sus convicciones y con pleno respeto de pluralismo, esta elevación del pensamiento y el espíritu hasta lo universal, y a una cierta superación de sí mismo! La supervivencia de la humanidad depende de ello” (UNESCO, 1996).

 

Breve apunte bibliográfico

  • UNESCO, Inclusión y educación: todos sin excepción. Informe GEM. 2020
  • UNESCO, Escuelas en acción. Ciudadanos del mundo para el desarrollo sostenible. 2017
  • UNESCO, Educación para el Desarrollo Sostenible. 2017
  • UNESCO, Educación para la ciudadanía mundial. Temas y objetivos de aprendizaje. 2015
  • UNESCO y otros, Declaración de Incheon. Educación 2030. 2015
  • UNESCO, Replantear la educación: ¿hacia un bien mundial? 2015
  • UNESCO, La educación encierra un tesoro. 1996
  • UNESCO, Aprender a ser. 1972
  • UNICEF, Para cada niño, reimaginemos un mundo mejor. Informe anual 2019. 2020
  • OCDE, Marco de Competencia Global. Estudios PISA. 2018
  • OSCE, Principios orientadores de Toledo sobre la enseñanza acerca de las religiones. 2008
  • Resolución 1396 del Consejo de Europa. 1999
  • Recomendación 1720 del Consejo de Europa. 2005
  • Hannah Arendt, Entre el pasado y el futuro. Madrid, 1961
  • Yunus Muhammad, Hacia un mundo sin pobreza. Madrid, 1998
  • Ordine Nuccio, La utilidad de lo inútil. Barcelona, 2013
  • Fundación SM, La educación que queremos. Madrid, 2018
  • Esteban Garcés Carlos, Clase de Religión en salida. Madrid, 2020
  • Esteban Garcés Carlos, Panorama de la Religión en la Escuela. Informe 2020. Madrid, 2020
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