El final del proceso es una sucesión de ritos que expresan el contenido de la fe cristiana: identificación con Cristo, perdón de los pecados, comunión eclesial, vida eterna, nuevo nacimiento, etc. Este momento final requiere de una iniciación simbólica que se va aprendiendo durante el catecumenado con la ayuda de los catequistas. Cuando el presbítero, después de sumergir en las aguas al iniciado dice: “Ya eres una criatura nueva”; expresa que, gracias al proceso de iniciación, el catecúmeno ha experimentado realmente un cambio de vida. El rito (símbolo) tiene fuerza en la medida que se entiende y conecta con la experiencia vital.
Jesús usa los símbolos para enseñar su mensaje de salvación: agua, unción, imposición de manos, comida y bebida, entre otros. Él mismo se presenta como verdadero pan que alimenta, agua que sacia la sed, la luz que ilumina, el pastor que protege al rebaño y el médico que cura.
Los símbolos no son exclusivos del mundo cristiano. Todas las culturas y religiones se han configurado con narraciones y símbolos que muestran su origen, valores, creencias, organización social y educación. Por ello, los diferentes modelos educativos han incorporado las tradiciones simbólicas en su currículo para transmitir el sentido de la naturaleza humana, su relación con el mundo y con la trascendencia.
En una obra imprescindible, Antropología simbólica y acción educativa (1996), el doctor y profesor en filosofía Joan-Carles Mèlich escribe que “las figuras simbólicas no son creaciones arbitrarias del alma humana, sino los puntos de referencia necesarios, los valores que dan sentido y significado a las acciones sociales, y en nuestro caso a las acciones educativas”. Los símbolos tienen un carácter educativo en la medida que permiten expresar ideas complejas y aglutinarlas en un mensaje que es más fácil de trasmitir.
Los símbolos son necesarios para entender la naturaleza humana, la sociedad y la cultura; por consiguiente, también para aquellas realidades inexplicables con el lenguaje científico, como son el amor, la muerte, el sufrimiento, la fragilidad humana, la vida, etc.
Solo hay que hacer un recorrido por la historia para constatar cómo los ritos simbólicos unidos a la narración han permitido la supervivencia de las diferentes civilizaciones. Más aún, las que más han perdurado son las que han elaborado una cultura simbólica y narrativa más consistente. Aquellas sociedades que solo se han fundamentado en el interés económico han durado poco. Por ello, los grandes estadistas han entendido bien la función de la cultura y la religión como elemento que cohesiona las sociedades.
Un lenguaje simbólico
El modelo catecumenal es una inspiración para introducir el lenguaje simbólico como contenido educativo en los planes de estudio. Si el modelo educativo es de inspiración cristiana, las referencias habrá que buscarlas en la propia tradición, dándoles un sentido que conecte con la experiencia vital de los alumnos. Por ello, desde muy pequeños, los alumnos deben conocer bien el sentido de los ritos y símbolos cristianos para que vayan conociendo, a través de ellos, los misterios de la fe. Guardar y transmitir las tradiciones son la esencia de la cultura y, por tanto, de la educación. Vivimos una crisis cultural que se refleja también en un modelo educativo reducido a la enseñanza de competencias y habilidades técnicas, descuidando las materias de humanidades que dan herramientas para entender la compleja realidad que vivimos.
¿Tendrá el cristianismo la capacidad de regenerar la cultura como lo ha hecho en otros momentos de la historia? Ojalá que encontremos una simbología capaz de integrar la complejidad y diversidad que hay en nuestra sociedad tan fracturada y superficial. Sin duda, será la garantía de supervivencia de nuestra civilización.
Los símbolos tienen un carácter educativo en la medida que permiten expresar ideas complejas

