El futuro tiene un nombre: esperanza
El acontecimiento pascual que este mes vamos a celebrar y que durante cincuenta días prolongamos hasta Pentecostés nos mueve siempre a poner la mirada en la esperanza que brota de la resurrección.
En medio de nuestras dificultades personales, comunitarias y sociales, surge una luz de esperanza que nos muestra que la muerte no es el final. Nos permite volver a confiar en que hay un futuro posible. “Para nosotros los cristianos, el futuro tiene un nombre, y este nombre es esperanza. La esperanza es la virtud de un corazón que no se cierra en la oscuridad, no se detiene en el pasado, no se apaña en el presente, sino que sabe ver el mañana”, decía Francisco en un encuentro sobre la doctrina social de la Iglesia. A tal respecto, Ángel Sixto Rossi, arzobispo de Córdoba (Argentina), expresaba en una jornada de educadores en febrero de este año que “sentirse llenos de esperanza no significa ser ingenuos y optimistas e ignorar la tragedia que afronta la humanidad; la esperanza es la virtud de un corazón que no se encierra en las tinieblas, que no se detiene en el pasado, que no vive solo en el presente, sino que es capaz de ver un mañana; la esperanza es la puerta que se abre hacia el futuro”.
La propia dinámica pascual nos hace poner la mirada en el ayer, en el hoy y en el mañana. En cada eucaristía decimos “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”, haciendo como comunidad eclesial este ejercicio de mirar el pasado, manifestar la realidad de un presente en el que vuelve a suceder el hecho salvífico y expresar la esperanza en el reino definitivo. Por eso que la memoria ocupa un lugar importante en la construcción de la esperanza. En esa misma conferencia, Rossi citaba una canción de un autor argentino, Julián Zini, que en uno de sus versos hace referencia de manera poética a la importancia de la memoria para fundar la esperanza: “¡Qué linda es la gente que tiene memoria, seguro que tiene esperanza también! ¡Qué lindo este pueblo que mira su historia, se junta y celebra cantando su fe!”. Pero la memoria a la que se alude no debe ser confundida con la nostalgia, porque un signo claro de la nostalgia es que deja al corazón con tristeza.
Pensando en la educación y especialmente en el rol de los educadores, aparece la necesidad de dejarnos animar desde este espíritu. Nos toca a nosotros ayudar a los niños y los jóvenes a que mirando la senda recorrida se animen a caminar confiados hacia un futuro que creemos que será mejor. Es por eso que para lograr agrandar el horizonte de nuestros alumnos, debemos cuidarnos como educadores de evitar caer en la tentación de la nostalgia de esos tiempos pasados que a la luz de las dificultades de hoy nos parecen mejores, de decir, que “con los chicos y familias de antes sí se podía trabajar” y tantas otras frases por el estilo que nos salen en los momentos en los que la tarea se nos presenta más ardua. Como dijimos, ese sentimiento nos llena de melancolía y dolor por lo que no volverá, y si queremos ser testigos de esperanza para nuestros alumnos, necesitamos poder mostrar que este tiempo presente es el mejor que nos toca porque es en el que el Señor nos puso para llevar adelante nuestra misión.
Una expresión de esperanza
Asimismo, la educación misma es una expresión de la esperanza, ya que el acto educativo se convierte en perspectiva real de alcanzar una meta que permite no solamente el progreso intelectual sino también el crecimiento personal y la posibilidad de desarrollar un proyecto de vida. Y para muchos será la llave para poder superar las desventajas sociales de origen que sin estas herramientas se convertiría en un objetivo muy difícil de alcanzar. La invitación de este año de ser peregrinos de esperanza se vuelve para nosotros educadores en una oportunidad privilegiada para que tratemos de pensar juntos cómo podemos seguir desplegando y profundizando en nuestros proyectos educativos el valor de la confianza que como expresión concreta de la esperanza contribuye al crecimiento y desarrollo integral de todos los que forman parte de nuestras comunidades.
¡Que en esta pascua nos renovemos en esta virtud para animarnos en este caminar! Porque el futuro tiene un nombre, y este nombre es esperanza.
La invitación de ser peregrinos de esperanza se vuelve para nosotros en una oportunidad privilegiada.

