Por: Junkal Guevara
Participio todos los días en la eucaristía que se celebra en una conocida iglesia del centro de Granada. Convoca casi siempre al mismo grupo: profesionales y empleados que entramos a trabajar temprano nos damos cita en la celebración. No somos amigos y nos conocemos, pero nos vemos todos los días “en el mismo sitio y a la misma hora”. Desde los tiempos de la COVID-19, el momento de la paz se ha convertido en algo así como una escena de los Bridgerton; la gente se vuelve educadamente y hace una inclinación de cabeza. Pero no se toca. Nada de contacto físico; nada de darse la mano como antaño. Ya me tenía la cosa pensativa hace mucho tiempo, porque, cinco años después de la pandemia, mantenemos la distancia social en la eucaristía, aunque seguimos atropellándonos en el bus, en el metro, en la feria, en las rebajas, etc.
En fin, que una buena mañana, un feligrés que no forma parte del grupo cometió el terrible desliz de brindar la paz dándole la mano a una de las personas que asiste regularmente, pero le negaron ese saludo de paz. Vamos, que se quedó con la mano “colgando”, porque, además, fue un rechazo muy evidente y potente. Tengo que decir que me quedé estupefacta. De verdad, ¿qué podía pasar cinco años después si, excepcionalmente, esa mañana, y solo esa, le hubiera brindado un apretón de manos por la paz? Porque, de verdad, seguimos con el postureo de la inclinación de cabeza, mañana tras mañana. Y, claro, me vinieron todos los demonios de la distancia social de los cristianos que me desesperaron durante la pandemia. Más allá de la prudencia más o menos lógica de aquellos días, pensé entonces mucho en la distancia social de los cristianos, distancia que siempre pasa por el cuerpo. Y me daba por recordar a esos santos de los que hacemos memoria: Juan de Dios, que murió de la pulmonía que contrajo al tirarse a las aguas heladas del Genial para salvar a un muchacho; Luis Gonzaga, que murió contagiado de peste por atender a los enfermos; los cristianos de Alejandría durante la conocida como “plaga de Cipriano”, de los que nos queda la memoria de Dionisio, que dijo de ellos: “La mayoría de nuestros hermanos cristianos mostraron un amor y una lealtad sin límites, sin escatimarse y pensando solo en los demás. Sin temer el peligro, se hicieron cargo de los enfermos, atendiendo a todas sus necesidades y sirviéndolos en Cristo, y con ellos partieron de esta vida serenamente felices, porque se vieron infectados por otros de la enfermedad”.
Cuando nos preparamos para celebrar la Pascua, por cierto, aquello de lo que hacemos memoria en la eucaristía, quizá deberíamos examinar que el seguimiento de Jesús también pasa por el cuerpo. ¡Y vaya si le pasó a él por el suyo! Que dar la vida por los amigos, que es lo que hizo Jesús, pasa por el cuerpo; pasa también por contagiarse, porque nuestra vida no es más valiosa que la de los otros. Que “cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva”. Y que eso es tal cual, físico; si no, volvemos al docetismo antiguo, un movimiento heterodoxo que consideraba que la humanidad de Jesús era pura apariencia, disfraz, porque Dios, con toda seguridad, tomaba distancia social; no se abajaba, no tomaba la carne. La encarnación no es una idea; es tomar la carne, que no siempre está desinfectada, y asumir su gloria y debilidad para darla por otros. Eso es lo que hizo el Señor a quien seguimos, al menos los que madrugamos para ir a la eucaristía temprano.
Pasar por el cuerpo
A lo mejor, queridos maestros y maestras, podríamos hablar este año de la Pascua con los chicos “haciéndola pasar por el cuerpo”, ese cuerpo que tanto hace sufrir a muchos adolescentes que se ven rechazados por su talla, su pelo, la textura de su piel. Aprovechad la Pascua para interpretar eso que nos propone la LOMLOE: “Contribuir al bienestar físico, mental y emocional propio y de las demás personas, desarrollando habilidades para cuidarse a sí mismo y a quienes lo rodean a través de la corresponsabilidad”. Que ni en la eucaristía ni en la ley hay ninguna “distancia social”.
Que dar la vida por los amigos, que es lo que hizo Jesús, pasa por el cuerpo; pasa también por contagiarse

