El legado de Francisco: el Papa de las periferias
La noticia de la muerte de Francisco ha dejado un sabor amargo. Se cierra un pontificado especialmente fructífero y activo, que ha actualizado la Iglesia católica y, que, la vez, no ha estado exento de polémicas y crisis.
El documento de la Comisión Teológica Internacional La sinodalidad en la vida y misión de la Iglesia (2018) ha sido clave para comprender el legado de este primer Papa latinoamericano. Se iniciaba con una expresión de Francisco de 2015: “El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”, en la que se dejaba entrever sus intenciones de aggiornamento eclesial, que estaban ya expresas en la exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013), publicada al empezar su pontificado y que marcarían el programa de la Iglesia católica a lo largo de estos años. Francisco ha sido un pontífice audaz que se ha atrevido a abordar temas propios de nuestra época. Supo escuchar los signos de los tiempos emergentes que son hoy las heridas del mundo: la amenaza ecológica, la crisis migratoria, la brecha generacional entre el mundo colonial y el poscolonial, el aumento de la brecha entre ricos y pobres, la polarización social y política, etc.; todo ello en un mundo centrado en el desencarnado capitalismo de consumo de objetos y personas.
Primero se atrevió a reorientar la Iglesia hacia una serie de reformas que daban continuidad a las intuiciones del Concilio Vaticano II. El primer llamamiento indicaba la base de la reforma: era imprescindible una conversión pastoral a partir de dos claves: la escucha y la corresponsabilidad. Es decir, era imprescindible volver a la fuente del aggiornamento conciliar, que era una nueva concepción de las relaciones internas de la Iglesia. Esto significaba afrontar las crisis con las que no había podido lidiar Benedicto XVI: las polémicas y escándalos de corrupción y chantajes en la Curia, la ocultación de informes sobre abusos sexuales desde la década de los noventa y el blanqueamiento de estos casos en múltiples diócesis del mundo, y la constatación de una estructura de gobierno del Vaticano fracturada, desorganizada y enfrentada. Francisco afrontó este enorme desafío con transformaciones internas tan importantes como la reforma de la Curia, que tardó casi nueve años en llegar, de la mano de la constitución apostólica Praedicate evangelium (2022).
Pero no solo era una cuestión de gobierno curial, sino un movimiento de toda la Iglesia: el llamamiento a la conversión pastoral se concretó, a través del documento citado, en el impulso a una “inercia sinodal”, más lenta de los que muchos deseaban, pero real. A lo largo de todos estos años nos hemos acostumbrado a pequeños cambios y discretas innovaciones en distintas áreas de la teología y la organización eclesiástica y eclesial. Por ejemplo, nos hemos acostumbrado a breves motu propio del Papa que han modificado o añadido algunos elementos del derecho canónico (por ejemplo, la modificación del canon 230 para ampliar la participación ministerial de las mujeres), o a la reorganización en la estructura de la Curia, con el objetivo de una mayor eficiencia. El último cambio significativo ha sido el nombramiento de Simona Brambilla, una religiosa, como prefecta del Dicasterio los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.
Esta y otras reformas se han acompañado con su gran apuesta, el Sínodo sobre la Sinodalidad, celebrado entre 2021 y 2024, bajo una palabra principal: la “corresponsabilidad”. Esta palabra contiene la intención de Francisco de volver a la noción de pueblo de Dios del Concilio a partir de la dignidad que confiere el bautismo a cualquier creyente, sea hombre o mujer. A partir del bautismo, Francisco impulsó una fuerte conversión eclesial y pastoral para combatir y mitigar el clericalismo que afecta a jerarquía y laicado, y que es el principal mal de la Iglesia en la actualidad y que provoca todo tipo de abusos de poder, discriminaciones y desigualdades. Además, se ha profundizado en el desarrollo de una nueva comprensión de Iglesia docente y discente, donde la confianza fraterna y eclesial y el reconocimiento y protagonismo del sensus fidei fidelium (que recuerda la infalibilidad de las intuiciones de los fieles, discernidas desde el Espíritu) son fundamentales para la toma de decisiones y la gobernanza de la Iglesia. Esto ha potenciado la promoción el liderazgo de los laicos y laicas, y su participación más activa y corresponsable tanto en cuestiones de autoridad.
Ha sido un pontífice audaz que se ha atrevido a abordar temas propios de nuestra época.
Supo escuchar los signos de los tiempos
La brecha generacional
El segundo ámbito que Francisco abordó fue la brecha generacional, desde dos aspectos. El primero, el diálogo intergeneracional entre las personas que pertenecían todavía a la época de la modernidad, un tiempo que se desvanecía con la entrada del siglo XXI, y las generaciones jóvenes que crecían y eran educadas en le época de la pluralidad con ritmos y comprensiones de vida diferentes. Esta brecha, que hace difícil el diálogo, se abordó en el Sínodo de los Jóvenes, donde por primera vez se escuchó la voz de estos en un formato de sínodo renovado, más abierto, con más voces, más plural. Las conclusiones se materializaron en dos documentos: el documento final del sínodo, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, y la exhortación apostólica Christus vivit (2019). No se trata de documentos pastorales dirigidos solo a los jóvenes y agentes de pastoral. En sus reflexiones se puede percibir claves eficaces para cualquier cristiano que quiera situarse en un nuevo marco social y cultural para dar un mejor testimonio.
La segunda brecha que abordó fue una mucho más profunda si cabe: responder a la pregunta de cómo abordar las cuestiones de Iglesia en un mundo poscolonial, donde las necesidades de cada iglesia local son diferentes y deben abordarse, no desde la visión impuesta de Roma, europea y blanca, sino desde los contextos concretos de cada lugar, sus formas de pensamiento y su creatividad propia. La oportunidad que visibilizó este desafío fue el Sínodo de la Amazonia, donde las necesidades de la comunidad cristiana eran un clamor sordo desde varias décadas. De esta manera, se instaba a la Iglesia universal a pensarse desde la tensión universal-local y se la invitaba a aprender a contextualizar lenguaje, formas de organización, celebraciones y liturgias, etc.; se la invitaba a empoderarse en la toma de decisiones para dar respuestas comprensibles y cercanas a las situaciones de las distintas geografías de la Iglesia. Todo ello se materializó de nuevo en dos textos: el documento final del sínodo titulado Amazonia: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral y la exhortación apostólica Querida Amazonia (2020), dos textos que aunaban la voz del pueblo y la voz del Papa.
La cuestión ecológica
Tercero, se atrevió a iniciar un diálogo que había estado ausente dentro de la Iglesia católica: la crisis ecológica. Solo abierto por las teólogas ecofeministas décadas atrás, afrontaba la verdad de una crisis ecosocial que mostraba el deterioro del mundo y que subrayaba la confluencia entre el sufrimiento del planeta y el sufrimiento de los muchos millones de pobres. De esta reflexión surgió Laudato si’ (2015), una encíclica que, con el tiempo, creemos, será una de las más importantes de la doctrina social de la Iglesia.
En el contexto de estas dos anteriores brechas, se puede entender el concepto que acuñó de las “periferias”: recuperar la Iglesia para una práctica pastoral centrada en salir hacia las fronteras del mundo, las físicas (Gaza, Melilla, Tijuana, etc.) y las simbólicas (la generacional, la digital, la cultural, etc.). Francisco defendió la importancia de la cooperación entre pueblos y culturas, con una preferencia por las que están en situaciones más extremas. Por eso, dirigió la institución universal hacia esas periferias geográficas, nombrando nuevos obispos en América Latina, Asia y África, al tiempo que empujaba las acciones pastorales de la Iglesia hacia una política abierta hacia las periferias existenciales: los rotos, los abandonados, los que sufren. Si no hay corresponsabilidad, no hay “discipulado de iguales”, como anunciaba Pablo: “Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28).
La fraternidad
El cuarto abordaje, también en la misma línea, se centró en el diálogo como forma de encuentro entre personas y culturas. Se materializó en la carta encíclica Fratelli tutti (2020), una llamada a afrontar la insolidaridad del mundo polarizado. En un mundo crispado social y políticamente, marcado por el consumo y el descarte, el miedo se olvida de los más desfavorecidos, ocupado en organizarse en grupos que se enfrentan. Así se fragmenta la realidad y se imposibilita la vida para muchos otros. La encíclica es una llamada a recuperar la fraternidad, el tema básico, fundamental de la teología cristiana. Francisco nos recordó que no es una cuestión teórica, sino el estilo de vida cristiano. El mundo solo puede redimirse de sus heridas reconstruyéndose y sanándose a partir de la amistad social, los derechos de los pueblos, los intercambios empoderantes y enriquecedores, el reconocimiento de la diferencia del otro, en un ejercicio de diálogo difícil y lento que requiere la colaboración de todos y todas.
Puertas por abrir
El tiempo de Francisco se ha quedado corto: hubiera faltado una siguiente encíclica para abordar el tema de las mujeres en la Iglesia, pues es uno de los signos de los tiempos del siglo xxi. En este tema Francisco no fue aperturista. Se mostró en un lenguaje ambiguo. A la vez que alababa el trabajo de las mujeres dentro de la Iglesia y defendía la necesidad de su presencia en lugares de liderazgo y gobernanza donde no habían estado nunca, cerró el tema del diaconado femenino después de dos comisiones fallidas, pese a que este tema, la participación de las mujeres y su presencia en los ministerios laicales y ordenado, fue el más ampliamente recogido en el sínodo (de hecho, el capítulo nueve, sobre las mujeres, es el más largo del documento final de la segunda parte).
Quedan además algunas otras puertas que abrir a partir de lo propuesto por Francisco y el sínodo. Por ejemplo, es necesario seguir profundizando en la teología de la vocación, para salir de la dualidad clero-laicado, que no solo invisibiliza a la vida consagrada (y otros modelos de vocación de nuestro tiempo) en la institución eclesial, sino que además favorece la desigualdad y el abuso de poder dentro de la institución. Necesitamos repensar una posible re-ordenación de las vocaciones desde la dignidad del bautismo y no desde las condiciones sexuales (hombre/mujer, célibe/casado). Necesitamos una comprensión de la vocación más creativa y flexible, de tal manera que se integren soluciones novedosas a situaciones flexibles en lo vocacional. Es inevitable aquí un esfuerzo canónico por comprender una realidad más cambiante y orgánica de la vocación adecuada a los cambios sociales de la pluralidad cultural.
Otra puerta que se debe abrir es uno de los grandes silencios del pontificado de Francisco, la deliberada ausencia de una reflexión sobre la estructura jerárquica de la iglesia. Es decir, si estamos hablando de una sinodalidad de pueblo de Dios en camino que nos dignifica e iguala a todos por el bautismo, ¿de qué manera se articula la estructura jerárquica en este “ser” de la Iglesia? Si hablamos hoy de corresponsabilidad de todos los miembros de la iglesia, ¿en qué medida una jerarquía determina la participación en la deliberación y la discriminación por participación en el ministerio ordenado? Dado que todavía la diferencia sexual, a través del canon 1024 del Código de derecho canónico, sexualiza las vocaciones y la participación en la jerarquía de la Iglesia, ¿cuáles deben ser los pasos para una plena sinodalidad estructural?
Por último, la reacción a los abusos sexuales cometidos en el interior de la Iglesia destapa una problemática mucho mayor, que es la experiencia de sufrimiento de muchas personas que no se han sentido escuchadas y acompañadas por la Iglesia. Ante un sufrimiento interno de muchos miembros de la Iglesia, hay que preguntarse de qué manera esa escucha cristológica, a la que apelaba la asamblea del sínodo (en el número 16d del documento final), es fuente de reparación para muchos fieles que han sido mal-cuidados y mal-tratados, y que necesitan perdonar y reconciliarse con una Iglesia más humilde y discente. No tenemos estructuras internas de reconciliación y reparación (más allá del sacramento) en la organización de la Iglesia. Necesitamos crearlas. Sin duda es un camino necesario, complejo y que aún se está empezando a intuir. Seguramente el lector pueda añadir más puertas que abrir, participando así del sensus fidei de la Iglesia. Sigamos, pues, caminando activamente, y sinodalmente, más allá del próximo nombramiento papal, con la esperanza de que el Espíritu siga soplando para hacernos una mejor Iglesia que sirva mejor al mundo.
Francisco ha sido un hijo del Concilio Vaticano II y un continuador de las posiciones de Pablo VI sobre la misión evangelizadora de la Iglesia. Su pensamiento, influido por la “teología del pueblo” (una variante argentina de la teología de la liberación latinoamericana), ha puesto en el centro a los excluidos y el diálogo entre culturas desde las periferias y no desde las élites de este mundo. Su lenguaje ha sido directo y sencillo, a menudo poco protocolario y afable, propio de esta tradición teológica de la que formaba parte. Esto le provocó en ocasiones conflictos y desencuentros con algunos sectores de la Iglesia. Se puede ser cercano y a la vez riguroso, un difícil equilibrio entre la teología fundamental y la teología práctica, que se recibe en forma de don que no todo el mundo puede reclamar como propio.
¿Tiempo de continuidad?
A cinco meses del final del Sínodo sobre la Sinodalidad 2021-2025 y en este triste momento de duelo por la partida de Francisco, la sensación que tienen muchos creyentes es de cierta expectación sobre si se dará continuidad a las reformas del primer pontífice de las periferias, refrendadas por el Sínodo sobre la Sinodalidad. Estamos viviendo un momento histórico de tránsito, me atrevo a decir a riesgo de equivocarme, tan importante como el de la reforma de Gregorio VII, en el siglo xi, aunque necesitaremos cien años más para dar un balance más certero. Con algo más de distancia, podremos ver si esta sensación, que mezcla incertidumbre y esperanza, queda satisfecha con nuevas decisiones institucionales, con nuevos programas eclesiales y prácticas sinodales en la misma línea que ha inaugurado Francisco, en el camino de construir una Iglesia del siglo XXI más sinodal, más evangélica.

