José de Nazaret, hombre de fe y confianza

En este año dedicado a san José por el papa Francisco, vamos a profundizar en torno a algunas reflexiones que acerca del esposo de María y padre terreno de Jesús nos han dado los tres últimos pontífices. Son reflexiones pensadas, sobre todo, para hacerlas presentes en nuestra vida diaria.

José es un ejemplo del hombre común y, sin embargo, tal como apuntaba el cisterciense Bernard Martelet (1902-1988) en José, el hombre de confianza, tiene un lugar destacado en el centro de la historia, sobre todo si entendemos que en la historia hay un antes y un después de Cristo. No deja de ser paradójico, porque no tenemos constancia ni de su lugar ni de su fecha de nacimiento. Vivió casi toda su vida en una ciudad sin historia y su país era una lejana y oscura provincia del Imperio romano. Pertenecía a la estirpe del rey David en una época en la que sus descendientes eran pobres y habían caído prácticamente en el olvido.

Por su tierra habían pasado las invasiones de caldeos, persas, griegos y romanos. Nada se sabe de los descendientes de David en las luchas heroicas de los Macabeos y, en la época en la que nació Jesús, el único rey de Judea era Herodes el Grande, que ni siquiera era judío, aunque se vanagloriaba de haber ampliado y embellecido el templo de Jerusalén. Sabemos también que José no escribió nada y que, aun siendo artesano, no realizó ninguna obra de arte. Tampoco conservamos un mueble o un objeto fabricado por él y, además, los Evangelios apenas le dedican una docena de versículos. Sin embargo, estos pasajes dan idea de su grandeza, pues, como señala Martelet, de su taller de artesano salió Cristo, constructor del universo. El custodio de Jesús tiene mucho que enseñar a los cristianos de todos los tiempos.

San Juan Pablo II firmó el quince de agosto de 1989 una carta apostólica sobre san José con el título de Redemptoris custos. El documento, entre otros aspectos, subraya la fe de José, que es a la vez una participación en la fe de María. Al igual que ella, acepta la invitación del ángel: “Hizo como el ángel del Señor le había mandado” (Mt 1,24). Dios le ha elegido por ser un hombre justo, y podríamos añadir que por ser un hombre fiel. Fiel en lo pequeño, en lo cotidiano, aunque no llegará a ver los grandes signos de la vida pública de Jesús. Hay quien piensa que esos signos le habrían producido una satisfacción capaz de confirmarle en su misión de tantos años, pero Dios suele poner el acento en otras coas. Hace de la vida de José, tal como señala el Papa, “una participación en la fe”, y bien podrían aplicársele las palabras de Isabel a María: “Dichosa tú que has creído” (Lc 1,45). Por lo demás, toda fe auténtica lleva a un desbordamiento de la vida interior. En efecto, tal como se subraya en la carta, las almas sensibles al amor divino ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida interior, y así lo recalcó, por ejemplo, santa Teresa en el libro de su vida: “Quien no hallare Maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino”.

Con todo, habrá que insistir que la vida interior no está reñida con la vida activa. Sobre este particular, Juan Pablo II nos recuerda que José ha experimentado tanto el amor de la verdad (caritas veritatis) como la exigencia del amor (necessitas caritatis). En eso consiste la fe viva, pues, sin obras, sería una fe muerta. El problema de muchos cristianos es que no logran dar el paso de una fe entendida como mera creencia a otra fe basada en la confianza. La fe entendida como confianza lleva a aceptar incluso los acontecimientos más desconcertantes. El ángel indica a José que no tema recibir a María, su mujer, pues el Hijo que espera es obra del Espíritu Santo (Mt 1,20).

Un peregrino que abraza la realidad y la voluntad de Dios

Una de las mejores homilías sobre san José la pronunció el entonces cardenal Joseph Ratzinger en Roma, en el oratorio de las Hermanas de la Madre Dolorosa, el diecinueve de marzo de 1992. Empieza con una anécdota: la de fijarse en un relieve procedente de un retablo portugués de la época barroca. En ese relieve, José duerme, pues el Evangelio de Mateo nos cuenta hasta cuatro sueños en los que el santo patriarca percibe, y cumple inmediatamente, la voluntad de Dios. Pero lo llamativo de esta obra es que José está vestido con el atuendo de un peregrino, con unas botas altas que indican que está preparado para un viaje largo y difícil.

El imperativo de ponerse en marcha, aunque no con la agitación con la que vive su existencia el ser humano contemporáneo, pues esa inquietud impide que “la voz suave del Dios próximo pueda hacerse oír”. Íntimo recogimiento y prontitud. Vida contemplativa y activa están profundamente unidas en la vida del cristiano. Podríamos añadir que, en caso contrario, la contemplación sería estéril, pues no vendría avalada por los buenos propósitos. Son “las obras son amores” del refranero castellano. Por otra parte, un activismo, en el que la espiritualidad ocupe un lugar secundario, termina por ser agotador y cae en la trampa de la “eficacia”, en la que todo se cuantifica por los resultados tangibles.

Otro aspecto de esta homilía es el elogio que se hace de la disponibilidad de José, “porque se halla preparado para dejarse conducir, aunque la dirección no sea la que él quiere. Su vida entera es una historia de correspondencias de este tipo”. Observamos un rasgo de madurez en esta actitud. José abraza la realidad, y abrazar la realidad no es convertirse en prisionero de los acontecimientos. Ser su prisionero equivale a dejarse invadir por el miedo, y el miedo siempre es paralizante. El miedo al futuro, a lo desconocido es una cadena que llevamos siempre adosada. También es frecuente que nos hagamos ilusiones, tracemos una película de nuestra vida. Tal como expresa Ratzinger, a José le pasó lo mismo: “De improviso, la idea que se había hecho de una vida discreta, sencilla y apacible, resulta trastornada cuando se siente incorporado a la aventura de Dios entre las personas”.

Añade, poco después, el futuro Benedicto XVI: “La vida de este hombre no ha sido la del que, pretendiendo realizarse a sí mismo, busca en sí solamente los recursos que necesita para hacer de su vida lo que quiere. Ha sido el hombre que se niega a sí mismo, que se deja llevar adonde no quería. No ha hecho de su vida cosa propia, sino cosa que dar. No se ha guiado por un plan que hubiera concebido su intelecto, y decidido su voluntad, sino que, respondiendo a los deseos de Dios, ha renunciado a su voluntad para entregarse a la de otro, la voluntad grandiosa del Altísimo. Pero es exactamente en esta íntegra renuncia de sí mismo donde la persona se descubre”.

La cita me sugiere una pregunta: ¿en qué consiste la auténtica felicidad del ser humano sobre la Tierra? En la mentalidad corriente de quienes entremezclan individualismo y una constante actitud de competición de unos frente a otros, la felicidad pasa por alcanzar los objetivos que se han marcado a sí mismos, para luego fijarse otros nuevos en el contexto de una rueda interminable. Todo lo contrario de esta mentalidad es considerado como necedad o alienación. Pero no se es más hombre, ni más mujer, por construir un refugio exclusivo a medidas de las propias ambiciones.

Existe una conocida expresión evangélica, la misma que recordaría Ignacio de Loyola a Francisco Javier en sus años estudiantiles de La Sorbona: “¿De qué le sirve a la persona ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16,26). No ha perdido su actualidad. Hay traducciones de este pasaje que cambian la expresión “alma” por “vida”, aunque no son excluyentes. Perder el alma pasa por perder la vida.

Joseph Ratzinger hace alusión en su homilía a las ideologías que quieren construir un paraíso en la Tierra. Suelen plantear a la Tierra y a la sociedad entera un grado de exigencia, que podríamos calificar de inmisericorde, y estas son las consecuencias: “Queriendo tener el cielo ya en la Tierra, esperamos y exigimos todo de ella y de la actual sociedad. Pero, en su intento de extraer de lo finito lo infinito, el ser humano pisotea la Tierra e imposibilita una ordenada convivencia social con los demás, porque a sus ojos cada uno de los otros aspectos aparece como amenaza u obstáculo; y porque arranca del mundo material y del biológico algunos componentes que necesitaría preservar para sí mismo. Tan solo cuando aprendamos nuevamente a dirigir nuestras miradas hacia el cielo, brillará también la Tierra con todo su esplendor”. Estas palabras se ajustan perfectamente a la imagen del José peregrino, y de todos los cristianos que peregrinan porque tienen una meta a la que llegar. Los cristianos no somos “turistas”, tal como ha señalado en alguna ocasión el papa Francisco. Nuestras vidas no están destinadas a ser errantes. Vagar sin rumbo no trae una mayor libertad sino un vacío en el corazón.

Observamos un rasgo de madurez en esta actitud.
José abraza la realidad, y abrazar la realidad
no es convertirse en prisionero de los acontecimientos

A la felicidad por el don de sí mismo

“Levántate, toma al niño y a su madre (Mt 2,13). El papa Francisco ha escrito una carta apostólica, Patris corde, el ocho de diciembre de 2020, con motivo del ciento cincuenta aniversario de la proclamación de san José como patrono de la Iglesia universal. Esta cita del Evangelio de san Mateo aparece en el texto en diversas ocasiones. Es una carta que arroja bastante luz sobre san José, cuya presencia en los Evangelios es muy discreta hasta el punto de no pronunciar una sola palabra. Por eso ha sido frecuente en muchos autores de todos los tiempos hablar de los silencios de san José. Sin embargo, lo importante no fueron sus palabras sino sus actitudes y comportamientos. En efecto, las palabras tenían que dejar paso a la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14).

Recuerda el Papa al final de la carta que la misión específica de los santos no solo es la de conceder milagros y gracias, sino la de interceder por nosotros ante Dios. Con todo, si tenemos que pedir alguna gracia, deberíamos pedir aquella que resume todas, aunque no lo parezca y haya quien lo tome como un distanciamiento del mundo: nuestra conversión, tal como subraya el Papa. Convertirse es mucho más que cambiar de vida. No es como es un difuso propósito general de esos que se formulan al comienzo del año. Convertirse es ser imitadores de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, y saber descubrir la voluntad de Dios en la oración, las personas y los acontecimientos.

Nuestra imagen de san José está muchas veces distorsionada. Lo hemos imaginado a veces como alguien muy sacrificado, con pocas compensaciones humanas, con una vida oscura y sin brillo, poco envidiable. Sin embargo, san José no es feliz en “la lógica del autosacrificio”, en expresión del Papa. Su felicidad proviene del don de sí mismo y esto trae una consecuencia: “Nunca se percibe este hombre la frustración, sino solo la confianza. Su silencio persistente no encuentra quejas, sino gestos concretos de confianza”.

Del mismo modo, nuestra vida adquiere una tonalidad diferente si ponemos nuestra confianza en Dios, que nunca defrauda. La fe lleva a no dar excesiva importancia a las contrariedades externas e internas. Todo es pasajero, los males físicos o espirituales. No debemos caer prisioneros de las preocupaciones que nos desarman y vacían por dentro. Esto no se consigue con una mera fuerza de voluntad y de confianza en las propias capacidades. Solo se consigue acogiéndose confiado a las manos del Padre.

Llevemos a nuestra reflexión imágenes procedentes de los relatos evangélicos: el José que tiene que recibir a María embarazada, que sale de Nazaret para empadronarse en Belén, que solo encuentra un establo para el nacimiento de Jesús, que huye apresuradamente a Egipto en medio de la noche y que lleva una existencia ordinaria de carpintero en Nazaret, etc. En apariencia, todo es una mezcla de rutinas, tareas externamente incómodas y más de un sobresalto. Pero José confía en las promesas de Dios. La confianza cristiana es siempre activa. No consiste en ensimismarse en tareas personales o familiares, por muy legítimas que sean, y confiar, en abstracto, en la protección divina.

Esa mentalidad es propia de quienes entienden a Dios como alguien, o puede que incluso lo vean como algo, que es solo un Dios funcional, un Dios “tapagujeros”. Eso no es tener confianza en Dios, pues la auténtica confianza pasa por el don de sí mismo. “Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio”, añade Francisco, y concluye con unas palabras que dan que pensar: “Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe y virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y de la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración”.

Silencio creador

José es hombre de silencios, sin duda, aunque no es hombre de tristeza. El silencio creador no es propio de los tristes sino de los reflexivos, de los que no viven en torno a sí mismos si no que maduran su amor en el silencio. Si José hubiera estado dominado por la tristeza, habría sido incapaz de amar. Frente a lo que muchos creen, el amor no consiste solo en sentimiento, aunque el sentimiento, pues tenemos un corazón de carne, forma parte del amor. Además, el amor es determinación, similar a la que expresa Teresa de Jesús, gran devota del santo patriarca, en Camino de perfección: “Para alcanzar algo es necesaria una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar”. El cristianismo ha introducido en el mundo la gran aventura de amar. No cabe duda de que José fue uno de los primeros en vivir, con alegría y confianza, esa aventura.

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