Socialdemocracia, neoliberalismo y populismo

En esta entrada, se presentarán tres grandes ideologías que se diferenciarán no solo por su definición de la libertad y su postura frente al Estado, sino también por el papel que jugarán el poder y el Estado en la consecución de sus fines y, en última instancia, en el mantenimiento de la vida libre de las personas.

Socialdemocracia

Las exigencias marxistas de la revolución del proletariado y del uso de la fuerza si fuera preciso encontraron oposición dentro de las filas de izquierdas. Se considera al político alemán Eduard Bernstein (1850-1932) como el padre fundador de la socialdemocracia. Frente a una dictadura del proletariado y una destrucción del Estado, el político alemán consideraba que la democracia representativa era la mejor forma de gobierno y de organización. Esta inclinación y defensa de la forma política liberal que llevaban a cabo los teóricos y políticos socialdemócratas les valió que Marx les espetara que se habían alineado con los intereses de los “pequeños burgueses”, y que preferían reformar la situación de dominio de la burguesía hacia una forma más tibia y representativa, pero dentro del mismo marco burgués, antes que hacer la revolución.

A pesar de desmarcarse de los grandes dictados del marxismo, los socialdemócratas en su origen siguieron estando muy inspirados por esta teoría política, pero la corriente revisionista encabezada por Bernstein apostaba por superar el Estado capitalista mediante una reforma antes que hacerlo a través de una revolución violenta. Tampoco abandonaron su aspiración a la consecución de un Estado socialista, pero apostaban por usar los propios aparatos del Estado para tal fin en vez de destruirlo como pregonaban otros teóricos de la izquierda marxista. Tras un primer período de inspiración marxista, en 1959 tuvo lugar un acto en el que se rompió con el marxismo.

El Congreso de BadGodesberg del Partido Socialdemócrata Alemán, celebrado en 1959, reconoció la obsolescencia del marxismo ante la nueva situación y drama en la que se encontraba Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Motivados por el desastre europeo y ante las expectativas de poder llegar al poder, los socialdemócratas firmaron el divorcio con el marxismo, abrazando sin tapujos la democracia liberal y la economía de mercado, pero con un marcado carácter social, pues, al mismo tiempo que reconocían y defendían la propiedad privada y el libre mercado, también apostaban por un control público de la actividad económica mediante la planificación estatal, en aras de alcanzar la igualdad social, el pleno empleo y una distribución más equitativa de la riqueza corrigiendo los efectos del mercado.

Buscarán dentro del libre mercado la justicia social e intervendrán mediante políticas públicas en la búsqueda del bienestar social a través de los impuestos. El modelo de economía social de mercado fue instaurado e institucionalizado en la nueva Europa de la posguerra, siendo uno de los grandes logros de la socialdemocracia y, al mismo tiempo, su sentencia de muerte por éxito según algunos.

Neoliberalismo

La globalización, la defensa a ultranza de la desregulación y la no planificación económica en beneficio del libre intercambio y del libre comercio, casi sin controles, nos presentaron un nuevo paradigma político, pero, sobre todo, económico, que le declara la guerra precisamente al consenso alcanzado en la posguerra y a propósito de ella. Pero ¿por qué dirán los autores neoliberales que un mercado sin regulación genera más libertad y beneficios?

En su obra Camino de servidumbre (1944), el economista austríaco laureado con el Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek (1899-1992) nos ofrece una revisión y justificación históricas de la actualidad de su momento desde su perspectiva neoliberal. Señalaba que el socialismo en Europa había impuesto la batalla por su propia libertad, la libertad económica, y que las libertades individuales y clásicas habían sido abandonadas (o incluso socavadas) para erradicar la pobreza y las desigualdades económicas y sociales. Sin embargo, esta práctica no convencía a los neoliberales pues, como señalaba Hayek, “esto no haría más que agrandar la tragedia si se probase que lo que se nos prometió como el camino de la libertad sería de hecho el camino de la esclavitud. […] Por desgracia, no podemos extender indefinidamente la esfera de la acción común y mantener, sin embargo, la libertad de cada individuo en su propia esfera”. Con la libre competencia y la libertad para comprar y vender a cualquier precio, sin restricciones de acceso y sin intervenir en el precio o en la planificación económica, recuperaríamos el individualismo ansiado por los neoliberales. Frente a esta planificación y excesiva intervención estatal, según los neoliberales, estos abogarán por permitir que cada individuo (con límites) tome él mismo sus propias decisiones buscando sus intereses, pues es él, y no el Estado, el que sabe lo que le conviene y lo que le interesa. Así, como señalaba Hayek en su enmienda, “no es solo que carezcamos de una escala de valores que lo abarque todo; es que sería imposible para una mente abarcar la infinita variedad de las diversas necesidades de las diferentes personas que compiten por los recursos disponibles y asignar un peso definido a cada una”. Por ello dirá Hayek que una planificación económica óptima que responda en su totalidad a las preferencias de todos los individuos es algo evidentemente inalcanzable e imposible.

En la práctica y con el objetivo de alcanzar el crecimiento económico, la reducción del déficit público y un aumento de la inversión y la iniciativa privadas, los neoliberales abandonaron el intervencionismo del Estado del bienestar y su planificación económica. El presidente norteamericano Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher fueron los principales defensores y ejecutores de esta corriente política, con políticas tales como la reducción de impuestos, el recorte de ayudas públicas, la facilitación del despido y la privatización de empresas para que las propias leyes del mercado y de la economía trabajaran libremente y alcanzaran su equilibrio, lo cual redundaría en beneficio de la competitividad y el crecimiento económicos.

El modus operandi del populismo consiste
en simplificar la sociedad y el espacio político reduciéndolos a dos grandes grupos opuestos

Populismo

Si hay un consenso entre los estudiosos que han intentado definir el populismo es considerar al populismo como algo más complejo que una simple ideología, se trataría más bien de una dimensión de la cultura política en general. Nuestra obra de cabecera será La razón populista (2005), del teórico político y profesor argentino Ernesto Laclau (1935-2014), a la que llegué por recomendación de Antonio R. Rubio Plo. El modus operandi del populismo consiste en simplificar la sociedad y el espacio político reduciéndolos a dos grandes grupos opuestos: el pueblo y la oligarquía, los trabajadores y los explotadores, el pueblo y la casta, etc. Se trata de categorías generales, imprecisas, que buscan aglutinar a toda la gente, borrando sus diferencias individuales para reforzar su única cosa en común, según ellos: el poder oligárquico como origen de sus males.

Sostendrá Laclau que, para que surja ese pueblo, las demandas aisladas y heterogéneas tienen que pasar a ser una demanda global. Para ello, el teórico argentino prescribe dos precondiciones necesarias: en primer lugar, la formación de una frontera interna antagónica separando “el pueblo” del poder y, en segundo lugar, la aglutinación de todas las demandas en una demanda única, la demanda de ese “pueblo”. Se trata, pues, de un movimiento vago, impreciso, multiclasista, guiado muchas veces bajo un liderazgo carismático que se convierte en el altavoz de las demandas y los derechos de la gente frente a los grupos de interés privilegiados, que se muestran contrarios a los intereses del pueblo e incluso de la nación.

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