Nadie es perfecto

Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48)”. ¿Hay que ser perfectos o aspirar a ello? Por supuesto, nadie puede serlo como el Padre celestial. Pero Baudelaire lo prescribió en modo laico: “Hay que hacer a la perfección todo lo que se hace”. A contramano de ello, el muy católico y siempre paradójico Chesterton dijo que “lo que es digno de ser hecho, es digno de ser mal hecho”. Un escritor prolífico y muy leído entre los católicos medio siglo atrás, José María Cabodevilla, al comienzo de uno de sus libros, Señora Nuestra, citó a Chesterton para justificarse por osar escribir imperfectamente sobre la perfecta Virgen María.

La aspiración a la perfección (a cierta perfección) es como la aspiración a la sabiduría, de la cual pensadores griegos se proclamaron no poseedores de ella, sino solo amantes, filósofos (“filosofía” significa ‘amor a la sabiduría’). Fanatismo de la perfección es el perfeccionismo. Aplicado a los demás es intolerante: no acepta el menor defecto en el prójimo, denuncia la paja en el ojo ajeno mientras no advierte la viga en el propio. Aplicado a uno mismo es compulsivo, neurotizante, patológico. El perfeccionista pierde el tiempo y el norte al entretenerse en minucias de perfección, sufre mucho al contemplar una arruga o un grano en la piel, en la del alma. Aspirar a la perfección, sí; pero ¿exigirla? ¿En otros? ¿En uno mismo? Es melancólica, y no cómica, la gloriosa sentencia final de Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959): “Nadie es perfecto”. La perfección, como la felicidad, solo se alcanza alguna vez como por añadidura a una obra, a un trabajo, y a menudo como por azar. Desconfiemos de las hipérboles, consintiendo a la imperfección, aceptándola en uno mismo y, sobre todo, en los demás.

Revista RyE   N.º 360   Mayo 2022
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