De nuevo el informe Pisa
El nuevo informe PISA recién presentado es una buena ocasión para un diálogo que vaya más allá de los lugares recurrentes a los que estamos acostumbrados
De nuevo, el informe PISA ha suscitado reacciones varias y variadas, algunas de ellas tan penosas que han merecido rápidas rectificaciones. A veces da la impresión de que aquí de lo que se trata es de quedar bien: no se analiza críticamente la situación de la educación de una manera abierta y libre, simplemente se buscan explicaciones y justificaciones. En cualquier caso, me llama poderosamente la atención la ausencia de la “voz del profesorado” en el debate. Tertulianos, falsos expertos y creadores de opinión nos apabullan con sus análisis, pero no veo en qué lugar y en qué momento los profesores debaten y se posicionan. ¿Alguien sabe si se están organizando en los centros educativos debates en profundidad sobre los datos de PISA? No me refiero a esas tertulias rápidas de sala de profesores en las que a menudo reiteramos nuestras visiones sobre la educación. Me refiero a tiempos y espacios para debatir con un sencillo guion. En primer lugar, deberíamos plantearnos qué mide realmente PISA y qué no mide. Es evidente que PISA mide la competencia lectora de los alumnos, pero no mide, por ejemplo, la calidad de la relación profesor-alumno en un centro ni la calidad de una buena educación vocacional. Quiero decir con esto que PISA incide directamente en los resultados del aprendizaje en elementos clave como son la lectura, las matemáticas o las ciencias, pero no desde un punto de vista teórico comprobando “lo que saben”, sino evaluando la capacidad que los alumnos tienen de poner en juego, instrumentalmente, esas competencias. Por eso, cuando algunos dicen que el sistema se ha relajado y es un coladero, yo lo puedo suscribir, pero no para aumentar la cantidad de contenidos que “tienen que saber”, sino para reorientar esa exigencia. Seamos claros: los alumnos no leen en la escuela. Recientemente un grupo de profesores de lenguas de un centro me decían que piden a los alumnos que lean en casa porque, en las pocas horas de clase, no les da tiempo a ver todo lo que tienen que ver. Y yo me pregunto: ¿qué es todo eso tan importante que tienen que ver en las horas lectivas? ¿De verdad con más horas lectivas de ese estilo nuestros alumnos sacarán mejores puntuaciones en PISA? Rotundamente no. Seamos sinceros, nuestros alumnos no escriben en la escuela y, seamos sinceros, los profesores no corregimos. Por tanto, ni la lectura ni la escritura se sitúan en el universo del alumno como algo que “va para nota”. Eso sí, en esas horas lectivas introducimos trabajo cooperativo e incluso la gamificación para intentar motivar a los alumnos.
¿Con más horas lectivas de ese estilo nuestros alumnos sacarán mejores puntuaciones?
PISA mide lo que mide. Y cuando me dicen que tenemos malos resultados, pero tenemos una escuela con más equidad, es como si me dijeran que usted tiene colesterol, pero razona muy bien. PISA nos está diciendo que nos apeemos del activismo sin sentido producto de la constante presión por la innovación meramente didáctica obsesionada por el cómo y sin haber definido ni el qué ni el para qué. Que venga Aristóteles por favor: necesitamos más causa final y menos causa eficiente. Sin tener clara la causa final de nuestras intenciones educativas, todo proceso de aprendizaje que intentemos desarrollar con nuestros alumnos está abocado al fracaso. La causa final nos conduce de manera natural a una “esencialización” de lo que tenemos que enseñar. Que venga también Mies van der Rohe: menos es más. Un último apunte. Entre las causas de los malos resultados, algunos han apuntado al uso y abuso de las pantallas. Y yo me pregunto: ¿quién ha introducido ese uso y abuso en la escuela? ¿No habremos sido los profesores? ¿De verdad tenemos que esperar a que desde fuera nos hagan prohibir ese uso y abuso? ¿Cuánto tendremos que esperar para que de verdad asumamos de manera proactiva nuestro lugar y nos empoderemos? ¿Cuándo vamos a dejar de quejarnos y vamos a ocupar la posición que nos corresponde? ¿Cómo es posible que a estas alturas todavía no hayamos definido con claridad por qué modelo digital optamos, sin esperar a que padres e instituciones nos digan, de nuevo, lo que tenemos que hacer?

