¿Dónde están los jóvenes?
Acaba de celebrarse en octubre la decimosexta Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que ha tenido como tema principal la sinodalidad, participación activa y consciente de todos los miembros de la Iglesia.
Seguramente, en estos días estemos todavía tratando de asimilar todo lo que nos dejó la primera sesión de la decimosexta Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, el sínodo sobre la sinodalidad que nos ha propuesto el papa Francisco como un tiempo de escucha y discernimiento. Por su propia naturaleza, el sínodo es una invitación a caminar juntos; por eso, sabemos que la experiencia de estos días es un momento especial en este itinerario que comenzó hace unos años y que continuará en 2024. En la etapa continental del sínodo, que sirvió como preparación a lo vivido durante el mes de octubre en Roma, se realizaron en América Latina encuentros regionales en los que participaron hombres y mujeres de todo el continente. En la reunión de los países del Cono Sur que tuvo lugar en Brasilia del seis al diez de marzo de este año, los jóvenes presentes representando a cinco países expresaron su deseo de vivir la sinodalidad y, desde ese espíritu, compartieron con toda la asamblea una reflexión sobre el lugar de los jóvenes en la Iglesia.
El punto de partida fue la pregunta que escucharon en esa reunión, y que muchas veces se puede llegar a formular en ámbitos eclesiales: “¿Dónde están los jóvenes?”. Frente a ese cuestionamiento, la primera respuesta que los jóvenes dieron fue hacer visible que ellos estaban ahí y que, además, podían contarles a los adultos presentes por qué sus amigos y amigas se fueron de la Iglesia. Entre los motivos que presentaron como causa de este alejamiento aparecían el hecho de ser feminista, el sentir que la Iglesia les cerró la puerta cuando atravesaban situaciones difíciles, que los adultos les hicieron sentir que sus palabras no valían por ser jóvenes, sufrir abusos de conciencia y manipulación, que no fueron respetadas sus identidades y culturas, no apreciarse amados a causa de sus opciones sexuales, el escándalo de los abusos, sentirse usados, entre otras cosas. A los que hemos trabajado toda la vida para anunciar el Evangelio a los jóvenes, tanto sea en los ámbitos comunitarios, pastorales o educativos, seguramente nos entristece que estas vivencias negativas hayan hecho experimentarse fuera de la Iglesia a aquellos que alguna vez se sintieron dentro o que quisieran formar parte de la comunidad, pero no encuentran su lugar.
Espacio para todos
En el otro gran evento que vivimos en este año, la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Lisboa, el papa Francisco, conocedor de esta realidad, dejaba en una simple palabra la clave para poder volver a tender puentes con estas realidades juveniles. La palabra es “todos”. Y nos decía: “Amigos, quisiera ser claro con ustedes, que son alérgicos a la falsedad y a las palabras vacías: en la Iglesia hay espacio para todos, para todos. En la Iglesia ninguno sobra, ningún está de más, hay espacio para todos. Así como somos. Todos. Y eso Jesús lo dice claramente cuando manda los apóstoles a llamar al banquete de ese Señor que lo había preparado. Dice: vayan y tragan a todos: jóvenes y viejos, sanos y enfermos, justos y pecadores. Todos. Todos. Todos. En la Iglesia hay lugar para todos. Padre, pero hoy soy un desgraciado, soy una desgraciada, ¿hay lugar para mí? Hay lugar para todos. Todos juntos, cada uno en su lengua… cada uno en su lengua repita conmigo: todos, todos, todos. No se oye, otra vez: todos, todos, todos. Y esa es la Iglesia, la madre de todos. Hay lugar para todos. El Señor no señala con el dedo, sino que abre sus brazos; es curioso, el Señor no sabe hacer eso, sino que hace esto. Nos abraza a todos”.
En este tiempo sinodal, podemos hacer nuestra la plegaria que elevaron los jóvenes que en Brasilia hablaron sobre la realidad de sus amigos que se fueron de la Iglesia, para que cada uno desde nuestro lugar hagamos posible el sueño de una Iglesia para todos: “Sopla fuerte para que la Iglesia no se olvide de las y los jóvenes, que pueda abrazar su vida como viene, con sus sueños y anhelos, y acompáñalos en la tarea de contagiar e impulsar con sus vidas la sinodalidad”.
En la Iglesia hay espacio para todos, para todos. En la Iglesia ninguno sobra, ninguno está de más».

