Los inicios de curso siempre se acercan con el aroma de la novedad, de los comienzos esperanzados, de las expectativas de seguir mejorando, tanto en lo personal como en la tarea educativa que, coralmente, venimos desempeñando. El profesor de Religión, a pesar de la incertidumbre personal que suele generar el suspense de mantener las horas lectivas o los grupos de alumnos, es consciente de que, cada septiembre, por lealtad con cada uno de los alumnos que ha escogido la materia, tiene que acoger como única la tarea de contribuir, con la riqueza que en la escuela genera el encuentro del Evangelio con la cultura, a que el alumno sea capaz de conocerse a sí mismo, a los demás, a la naturaleza y al Trascendente. Afirmar la centralidad de la persona nos obliga a sacudirnos la comodidad de las rutinas aprendidas y a caminar, con ojos nuevos, al lado de nuestros alumnos. Nunca es la misma tarea, ni los mismos alumnos, ni el mismo currículo. En cada inicio, la responsabilidad de la labor docente exige volver la vista a la propia vocación, a la vida de cada alumno y al currículo para comprender lo mucho que está en juego en el arte de educar. Los profesores somos, o estamos llamados a ser, un acontecimiento en la vida de los alumnos que los ayude a construir una visión del mundo.
“Solo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación”, decía Benedicto XVI. Más allá del adiestramiento curricular, la educación, en la visión cristiana, es caminar al lado de nuestros alumnos con la seguridad de que en cada vida se está fraguando la posibilidad de una vida plena al servicio de los demás. Este curso que ahora comienza vendrá marcado por la celebración, el año 2025, del Jubileo de la Esperanza convocado por el papa Francisco. Es esa esperanza la que debe renovar el sentido de nuestra entrega. Así, aunque la tarea continúa, siempre es nueva.
La responsabilidad de la labor docente exige volver la vista a la propia vocación, a la vida de cada alumno

