A lo largo de todo su pontificado, Francisco mostró una especial visión por una educación integral y transformadora. La iniciativa del pacto educativo global, por ejemplo, supuso una invitación a todos los miembros de la comunidad educativa a renovar su compromiso por una educación centrada en la persona, solidaria con los pobres y promotora de una transformación cultural profunda. Asimismo, instó a los profesores de Religión a erradicar cualquier forma de violencia, recordando que la verdadera educación católica debe inspirar a imaginar y construir la paz desde el aula. Vinculó este compromiso con la pedagogía de la cercanía, evocando el ejemplo de Dios, que es “cercano, compasivo y tierno”. La educación, según el Papa, debe ser un espacio de diálogo, de escucha y de encuentro, tanto en la escuela como en la familia. Criticó la desconexión familiar provocada por la tecnología y subrayó que la familia es insustituible como primer ámbito educativo. También tuvo palabras para la educación católica, instando a ser parte de un proyecto de fraternidad universal. Invitó también a los maestros a ser “peregrinos de la esperanza”, fijando la mirada en Jesús como modelo y compañero de camino. Este horizonte implica no solo la transmisión de conocimientos, sino la formación de personas capaces de vivir en comunión y de comprometerse con la transformación social desde los valores evangélicos
Francisco pidió que las clases de Religión formen en la compasión y el servicio a los más vulnerables. Con ello, dejó claro que debemos rechazar la violencia y el individualismo, promover la esperanza y la cercanía y colocar a la familia y la fraternidad en el centro del proyecto educativo. Su mensaje interpela a toda la comunidad educativa a no perder la ilusión y a seguir luchando por una escuela y una sociedad más humanas, donde cada persona sea reconocida y acompañada en su dignidad y vocación.
Su mensaje interpela a toda la comunidad a no perder la ilusión y seguir luchando por una escuela más humana

