Asumir lo inesperado

Hace mucho, conocí a Marcos, un joven de veintiún años al que sus padres le habían inculcado la idea de que triunfar en la vida pasaba por el éxito académico. Asumió este consejo con tal convicción que renunció a otras actividades.

En el segundo año de universidad, comenzó a sentirse mal y le diagnosticaron una leucemia muy agresiva que se lo llevó en poco tiempo. En su convalecencia, nos confesó con una mezcla de rabia y tristeza: “Siento que me han engañado. He renunciado a muchas actividades por tener un buen nivel académico y, ahora, ¿de qué me sirve? No sé cómo afrontar  hora este momento”. La enfermedad inesperada dejó al descubierto una grave carencia en su proceso formativo. Ni él ni sus padres se preocuparon por cultivar otras dimensiones. La sociedad presiona a los jóvenes para que se preparen para el competitivo mundo del mercado laboral que exige unas determinadas competencias. Pero se ha olvidado que deben enfrentarse con la experiencia de la contingencia en un mundo complejo, plural y fragmentado. Lo contingente es lo que no se puede dominar, lo imprevisto; lo imprevisible y lo impredecible. Es aquello que escapa al propio control y que no se puede resolver técnicamente. En definitiva, lo que está sujeto al impacto de acontecimientos imprevistos. Por mucho que se planifique la educación, siempre hay sucesos inesperados que no se eligen y vienen dados por la propia dinámica de la vida. Así sucedió con la leucemia que sorprendió a Marcos. En el momento del dolor, el joven se sentía vacío.

La dinámica de lo inesperado nos recuerda el relato evangélico de las vírgenes prudentes (Mt 25,1-13), que esperan vigilantes la venida del novio con las lámparas llenas de aceite. Saben que vendrá de modo inesperado como un ladrón en la noche, y deben estar preparadas. La venida del novio supondrá una experiencia de encuentro, un acontecimiento que transformará sus vidas. Estar preparadas supone tener las lámparas encendidas y con aceite en la reserva. De este modo, podrán percibir la llegada del novio. La luz les permitirá ver lo que está oculto en el suceso inesperado.

Llenar de aceite sus lámparas

Los educadores hemos de preparar a los niños para que puedan acoger, asumir e integrar los acontecimientos que irrumpen en sus vidas de modo inesperado. Desde una perspectiva religiosa, hay que enseñarles a descubrir en los acontecimientos la presencia de Dios. La misteriosa realidad irrumpe con sorpresa en sus vidas, también en las nuestras. Un ejemplo claro y reciente lo tenemos en la pandemia, que no estaba planificada ni querida, pero que tenemos  que aceptarla e integrarla en nuestra experiencia de vida. Esta epidemia está cambiando la dinámica tradicional de la escuela, las relaciones en familia, el tiempo de ocio, las comunicaciones, la vivencia de la fe. Se trata de enseñar a los alumnos a descubrir el sentido de los sucesos que ocurren y usarlos como energía para el crecimiento personal. Cuando descubren un significado a una experiencia que tan tenido, se convierte en un acontecimiento que genera un cambio, un “maestro interior” que los guía en el camino de la vida. El significado es la luz que se mantiene encendida gracias al aceite que se ha guardado en las lámparas.

Desde la más tierna infancia, hay que proporcionar a los alumnos el aceite para que mantengan siempre sus lámparas encendidas. El aceite es el medio que los ayuda a desentrañar el sentido que puede tener un suceso, y les ofrece claves de interpretación de la realidad. Los educadores deben ofrecer a los alumnos criterios que les ayuden a dar un sentido a la fragilidad de la condición humana y a los sucesos inesperados. Las culturas más sólidas son las que ofrecen un sistema educativo que asume la condición humana en su integralidad, incluida la dimensión religiosa. Llenar de aceite las lámparas de nuestros alumnos es mostrarles relatos potentes que dan sentido a los grandes desafíos que presenta la vida. Los cristianos encontramos en los relatos bíblicos una luz que nos ayuda a interpretar con sentido los sucesos inesperados. Si el joven que murió de leucemia hubiera tenido una formación más integral, quizá habría enfocado su vida de otro modo y aceptado con paz el abrazo de la muerte. Formarse para el “buen vivir” es estar preparados para asumir lo inesperado y usarlo como energía de humanización.

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